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Blade Runner revisited

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DÁNEL ARZAMENDI | 17/04/2011 17:11

Ha llegado a mis oídos el presunto interés de la productora Alcon Entertainment por llevar a la gran pantalla una serie de secuelas (o precuelas) del clásico de 1982 Blade Runner, una libre adaptación del prolífico Ridley Scott sobre una novela de Philip K. Dick: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Se trata de una de esas escasas películas de ciencia ficción que consigue esquivar con éxito la habitual superficialidad del género, al abordar sin complejos algunos temas teóricamente reservados a filmes de corte más clásico.

Todavía hoy, nuestros prejuicios culturales basados en un esnobismo sin fundamento siguen invitándonos a pensar que una obra ambientada en un contexto imposible o futurista no puede reflejar con profundidad determinados aspectos de la condición humana, tal y como lo haría una película de Bergman, Kurosawa o Kieslovski. Esta injusta presunción de trivialidad también campa a sus anchas en otros ámbitos como el terror o el humor, como si no pudiéramos encontrar notables ejemplos del mejor cine en estos infravalorados géneros: pensemos en La profecía de Richard Donner, El cabo del miedo de Martin Scorsese, o cualquiera de las grandes comedias de Woody Allen.

Como era previsible, la noticia sobre el proyecto ha provocado un aluvión de reacciones entre los amantes de esta singular cinta, incluidos aquellos que no somos expertos en el tema, pero que sabemos disfrutar de una buena película. Así, mientras algunos han recibido con ilusión la posibilidad de conocer más exhaustivamente la dudosa biografía de Rick Deckard, otros han considerado un verdadero sacrilegio la simple sugerencia de ampliar la trama. ¿Debe manosearse aquello que es perfecto tal y como está? ¿Alguien osaría colocar una zarza ardiendo de Damien Hirst junto al Moisés de San Pietro in Vincoli?

Dentro de la ciencia ficción, Blade Runner pertenece a ese grupo de películas que se atreve a pronosticar cómo podría ser nuestra vida corriente dentro de unas décadas, a diferencia de otros filmes dominados por la fantasiosa imaginación de sus creadores, caso de la deslumbrante trilogía original de Star Wars, o la controvertida Dune de David Lynch. Sin embargo, nuestra cinta pecó de optimismo tecnológico al reconstruir la cotidianidad en 2019, una fecha que ya se encuentra a la vuelta de la esquina, como previamente le sucediera a Stanley Kubrick en 2001, una odisea del espacio. Si alguien desea visualizar un futuro próximo creíble, recomendaría la soberbia versión norteamericana de Solaris, un inquietante remake de Steven Soderbergh protagonizado por George Clooney, sobre la obra homónima de Andréi Tarkovski.

Pese a su impaciencia futurista, Blade Runner posee evidentes virtudes cinematográficas que la convierten en una de las grandes películas de los ochenta: una brillante interpretación de Rutger Hauer, una trama suficientemente compleja para no aburrir pero suficientemente clara para no invitar a la desconexión, una inolvidable banda sonora de Vangelis, una sugerente indefinición en el personaje encarnado por Harrison Ford, unas incomparables localizaciones como el edificio Bradbury o la casa Ennis… Destaca la cuidada atmósfera del filme, que nos traslada a otras películas de Ridley Scott de aquella misma época, como Alien, el octavo pasajero o Black Rain: oscuridad, vapor, claustrofobia, neón, humedad…

Aun así, el factor que ha distinguido definitivamente esta obra de otras similares, es la infinidad de interpretaciones que su trama ha generado con el paso de los años. Así, mientras los espectadores menos imaginativos se mostraban incapaces de ver en la película nada más que una mera narración futurista del género negro, otros atisbaron una crítica feroz a la ausencia de límites éticos en los nuevos campos de investigación científica: inteligencia artificial, manipulación genética, etc.

Algunos fueron más allá, viendo en esta narración un críptico ensayo sobre los conflictos interraciales, mientras los más osados consideraron esta película una maravillosa metáfora sobre la rebelión del hombre ante una existencia aparentemente incapaz de colmar su íntimo deseo de inmortalidad. No en vano, el monólogo final de Roy perdurará para siempre como una de las secuencias más memorables de la historia del cine, condensando el dolor de quien se resiste a dejar de existir: «Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia…»

Habrá que esperar un tiempo para evaluar los posibles daños que las secuelas terminarán provocando en el imaginario de esta obra maestra. Ya se habla de varios candidatos para afrontar la titánica tarea que supondrá resucitar el universo de Blade Runner: David Fincher, Christopher Nolan o el mismísimo Ridley Scott. Habrá quien considere que el fichaje del director original debería garantizar un resultado mínimamente digno. Yo habría dicho lo mismo hace unos cuantos años… antes de que a los hermanos Wachowski se les ocurriera filmar dos nuevas películas con las que destrozar el legado de Matrix. Crucemos los dedos.





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