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Laicidad y tolerancia

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Dánel Arzamendi | 24/04/2011 17:12

El fallido intento de organizar una procesión atea por las calles de Lavapiés, ha logrado reavivar el debate sobre el deseable equilibrio que debe derivarse del carácter aconfesional del Estado y el debido respeto hacia las creencias de todos los ciudadanos. La definitiva prohibición de la marcha ha supuesto un toque de atención para aquellos que pretendían ridiculizar impunemente la fe de sus conciudadanos, especialmente si tenemos en cuenta que la suspensión provino de la delegación del gobierno en Madrid, directamente dependiente del escasamente clerical ejecutivo de ZP.

Nadie discute el derecho de cualquier individuo u organización a defender y fomentar el ateísmo: lo que se cuestiona es el uso de la provocación y el insulto para alcanzar estos fines. Ciertamente, es muy difícil no entrever un afán ofensivo en una convocatoria prevista para el mismo día de Jueves Santo, por parte de unas agrupaciones que responden al nombre de Hermandad de la Santa Pedofilía o Cofradía del Papa del Santo Latrocinio, por no señalar otras denominaciones aún más injuriosas que me niego a reproducir en estas páginas.

Detrás de semejante alarde de tolerancia se halla la Asociación Madrileña de Ateos y Librepensadores. ¿Librepensadores? Probablemente, si dependiera de ellos, sólo concederían libertad de pensamiento a sus camaradas de trinchera, siguiendo la casposa senda anticlerical que ha caracterizado tradicionalmente a los españoles. Me viene a la memoria un repugnante artículo de Almudena Grandes en El País, ridiculizando a una de las miles de mojas violadas y asesinadas durante la Guerra Civil: «¿Imaginan el goce que sentiría al caer en manos de una patrulla de milicianos jóvenes, armados y –¡mmm!– sudorosos?». En fin… Este país está lleno de progresistas de pacotilla con un cable pelado en el cerebro, que cuando hace contacto al oír la palabra Iglesia, destapa su lado más oscuro. Su odio les hace incapaces incluso de sentir compasión por una mujer violada. Eso sí, jamás demostrarán esa incontinencia verbal contra otras religiones aparentemente más alejadas de sus postulados. ¿Por qué será? Así son de valientes…

En cualquier caso, nos estaríamos engañando si considerásemos estos sucesos un hecho aislado: el intento de boicotear la Semana Santa en Madrid no es más que una nueva batalla en la guerra declarada por aquellos que desean convertir el cristianismo en una realidad socialmente invisible. Desde luego, el empeño tiene su mérito, cuando el 73,2% de la población se declara católica (barómetro de marzo del CIS), y más de un millón de ciudadanos participan activamente en las procesiones que anteceden a la Pascua.

Para contextualizar los hechos, convendría recordar la agresiva campaña en contra de la última visita del Papa, o los asaltos a las capillas de varias universidades, vulnerando uno de los pilares fundamentales de nuestro modelo democrático: la libertad de culto. Me gustaría examinar el expediente académico de los atacantes, supuestamente universitarios, que parecen implorar un futuro profesional a sueldo de algún partido o sindicato. Los que hemos pasado por la facultad ya conocemos a este género de «estudiantes»…

De todos modos, no hace falta irse hasta Madrid o Barcelona para comprobar la insultante impunidad de los intolerantes. Recordemos la obra Revelación del polémico Leo Bassi, uno de los principales promotores de la frustrada procesión atea de Lavapiés. Este bufón del mal gusto representó su particular provocación en Reus, paradójicamente con motivo de las fiestas de San Pedro en 2006. En ella, entre otras sutiles lindezas, se disfrazaba de Papa para parodiar la consagración de un preservativo. ¿Ni siquiera Lluís Miquel Pérez es capaz de entender que estos actos son radicalmente incompatibles con el respeto que todas las creencias merecen en un sistema democrático? Lo digo porque esta incalificable farsa fue financiada con el dinero de todos los reusenses, motivo que animaría a más de uno a declararse insumiso fiscal.

La correcta gestión política de estas cuestiones no depende tanto de la fe de cada gobernante, sino de su consideración hacia las diversas mentalidades que conviven en la sociedad, siempre que éstas sean compatibles con los principios básicos de nuestro modelo de convivencia. Así, frente a la actitud del alcalde de Reus, su homólogo socialista en Tarragona se ha destacado por su acierto en estas lides, mostrándose siempre respetuoso hacia las creencias de sus vecinos, sean del tipo que sean. En ese sentido, a nadie deberían sorprender sus palabras del pasado domingo: «El laicismo es tolerante si es educado, y ha de entender la diversidad. El debate entre laicidad y Semana Santa es una barbaridad, una intolerancia vestida de tolerancia». Estas manifestaciones habrán escocido a algunos matacuras que anidan en su partido, acostumbrados a alardear de su animadversión hacia cualquier manifestación religiosa que se les ponga por delante. Porque, tras este discurso, parece imposible imaginar a Josep Fèlix Ballesteros respaldando una mamarrachada como la de Leo Bassi. Todavía hay clases.





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