El duro encontronazo televisado entre la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, y la presentadora de Los Desayunos de TVE, Ana Pastor, ha conseguido dar relevancia mediática a la campaña iniciada hace meses por el partido de Mariano Rajoy, con la que se pretende cuestionar la ecuanimidad informativa de la televisión pública. La sorprendente reacción de la periodista madrileña, defendiendo airadamente la honorabilidad de la empresa que le da de comer, acrecentó el recelo sobre una presentadora maniatada por su historial personal y profesional: proviene de la cadena SER, donde formó parte del equipo de Iñaki Gabilondo hasta el triunfo electoral de los socialistas, momento en que dio el salto a TVE, y está casada con el también periodista Antonio García Ferreras, director general de La Sexta. Aunque esta biografía haría sospechar al más ingenuo, lo cierto es que en las pocas ocasiones que he podido disfrutar del trabajo de Ana Pastor, apenas he percibido un talante especialmente partidista. También es verdad que un servidor, como todos aquéllos que padecen un horario laboral convencional, sólo ha podido seguir sus entrevistas con ocasión de alguna enfermedad, y cuando uno guarda cama no está para conspiraciones. En cualquier caso, todo apunta a que las quejas de la número dos del PP no se dirigían específicamente contra la mencionada presentadora, sino contra el fondo ideológico que subyace a la cadena pública globalmente considerada. Llegados a este punto, convendría plantearse dos asuntos fundamentales: por un lado, ¿tiene el PP autoridad moral para exigir imparcialidad a RTVE?, y por otro, más allá de la respuesta que merezca la primera cuestión, ¿es cierto que el ente público adolece de la necesaria neutralidad ideológica?
La primera pregunta no merece contestación. El simple recuerdo de los infumables servicios informativos de Alfredo Urdaci, la histórica condena de la Audiencia Nacional contra TVE por manipulación informativa, la vergonzosa payasada del Ce Ce O O, los nauseabundos programas de entrevistas de Carlos Dávila… En este contexto, causan verdadero sonrojo las declaraciones de Ana Mato del pasado jueves: «Nunca he visto tanta manipulación en TVE como ahora». A eso se le llama memoria selectiva… Hay que reconocer que la escasa ejemplaridad de Torrespaña no se inauguró con el desembarco de los hombres de Aznar, pues para entonces los modos soviéticos formaban ya parte del know how de la cadena. ¿Qué me dicen de los sectarios informativos de María Antonia Iglesias, de las subliminales siglas del PSOE sobreimpresionadas en los telediarios de Enric Sopena, de la incalificable RNE de Fernando Delgado, de los incontables programas encomendados a los fieles ramoncines de turno…?
Desde mi punto de vista, un análisis sosegado de la situación actual obliga a reconocer que la de Zapatero es probablemente la televisión pública más imparcial que ha conocido este país. Tampoco es mucho decir, la verdad, después de recordar los momentos estelares de aquel infecto panfleto progubernamental, o el dirigismo ideológico de los chiringuitos autonómicos que siguen manteniendo estos métodos bananeros, forzando el desarrollo de la autoestima identitaria de los ciudadanos en beneficio de los gobernantes del lugar, y enclaustrando de un modo localista las miras de los televidentes con un abanico de inquietudes que apenas sobrepasa una cobertura de cien kilómetros a la redonda. Aun así, reducir un problema no equivale a erradicarlo, y en ese sentido, no son pocos los espectadores que intuyen la persistencia de una manipulación mucho más sibilina en los medios de comunicación dependientes del ejecutivo central. Desde una óptica resultadista, esta estrategia provocaría unos abusos mucho mayores que los chabacanos métodos de toda la vida, aunque se evidenciaría que los responsables de la propaganda gubernamental nos tienen mejor considerados que en el pasado, al reconocer implícitamente que aquellos burdos sistemas de intoxicación ya no sirven para convencer a la ciudadanía actual. Menos es nada.
En cualquier caso, la indudable y progresiva moderación ideológica de TVE no ha sido fruto de la cándida mentalidad angelical de ZP, sino parte de una estrategia mediática perfectamente diseñada, donde el trabajo propagandístico acabaría en manos de una nueva cadena privada, apadrinada sin complejos desde la Moncloa: la Sexta. Este nuevo modelo tenía dos ventajas indiscutibles: por un lado, otorgaba a ZP un aura democratizadora como gran reformador de los medios públicos, y por otro, creaba una plataforma de promoción partidista que seguiría funcionando incluso después de perder las elecciones. El problema es que la cadena de Milikito, pese al faraónico poderío político y financiero que lo respaldaba, apenas ha logrado superar las audiencias de una televisión marginal, y sus únicos programas con índices razonables carecen de relevancia ideológica: fútbol, F1, etc. Cabe preguntarse si este fracaso sobrevenido puede haber animado a los responsables de la propaganda socialista a replantearse su encomiable estrategia de neutralidad en TVE.Podría ser. A medida que se acerquen las elecciones generales tendremos la respuesta.