Fueron varias las ciudades estadounidenses que el pasado domingo vivieron la mayor fiesta popular que se recordaba desde el triunfo electoral de Barack Obama. El presidente acababa de confirmar por televisión la muerte de Osama Bin Laden, enemigo número uno de USA y responsable de las más atroces matanzas de la historia del terrorismo internacional. La primicia corrió como la pólvora por todo el planeta, pues con ella se clausuraba una incansable persecución iniciada antes incluso de los atentados del 11S. Según los mayores del lugar, no se veía un espectáculo semejante desde el anuncio de la muerte de Adolf Hitler en 1945. Se trataba de una gran noticia, sin duda, aunque determinados aspectos oscuros del ataque han logrado ensombrecerla.
En primer lugar, frente al enfervorizado entusiasmo de los más optimistas, todo apunta a que el asesinato de Bin Laden no significará la desaparición del terrorismo islamista, ni siquiera el inicio de su final. El difunto no era ningún cavernícola teocrático, sino un universitario adiestrado por la CIA en los años ochenta, cuya astucia está fuera de toda duda. Dedicó su inteligencia y su fortuna a la creación de una red terrorista descentralizada, una especie de franquicia asesina, capaz de subsistir a cualquier golpe asestado por el enemigo, incluido su propio fallecimiento. En ese sentido, según los estudiosos del yihadismo, pensar que su muerte vaya a provocar un debilitamiento sustancial de Al Qaeda, significa ignorar la organización interna de esta multinacional del horror. De hecho, ya se intuye el nombre de su sucesor, Aymán al-Zawahirí, un médico procedente de los Hermanos Musulmanes egipcios, responsable de la masacre en 1997 de sesenta y siete turistas extranjeros en Luxor, y considerado aún más peligroso que el propio Bin Laden por los expertos en terrorismo muyahidín. El domingo ganamos una batalla, no la guerra.
Por otro lado, la opacidad con la que se ha gestionado la información tras al ataque, ha logrado reavivar la imaginación de los aficionados a las conspiraciones. ¿Por qué se deshicieron atropelladamente del cuerpo? ¿A quién se le ocurrió alegar respeto por las tradiciones islámicas, cuando las autoridades musulmanas han negado este extremo? ¿Es cierto que se empleó sistemáticamente la tortura para encontrar la guarida del terrorista? ¿Se intentó detener a Osama con vida para entregarlo a la justicia? ¿Por qué seguimos considerando a Pakistán un país amigo si no nos atrevemos a informarle de las operaciones militares desarrolladas en su territorio? ¿Hasta cuándo seguirán contradiciéndose Leon Pannetta y Jay Carney? ¿Por qué no se aportaron imágenes, desde un principio, para evitar especulaciones? Afortunadamente, las incendiarias declaraciones de la propia familia de Bin Laden, presente en el ataque, descartan algunas imaginativas teorías, como el posible ocultamiento inmediato del cadáver para tapar los signos de tortura, o la anterior muerte del terrorista en Afganistán, cuyo actual descubrimiento animó a Barack Obama a apuntarse un tanto populista.
Por último, creo que no soy el único que ha sentido cierta inquietud moral al contemplar las celebraciones por la ejecución del criminal saudí. Ciertamente, la estampa no debería sorprender a nadie, en un país sembrado de individuos aficionados a brindar tras las ejecuciones de sus asesinos. Todos hemos percibido, yo el primero, un gran alivio al saber que este monstruo había muerto, pero una cosa es congratularse por el fin de una amenaza directa a nuestra seguridad, y otra participar en una fiesta carnavalesca por la muerte de un ser humano, bajo el discutible lema «justice has been done».
Nunca dejará de asombrarme la capacidad de algunos de nuestros conciudadanos por moldear sus fundamentos ideológicos en función de las circunstancias, obviando que los principios éticos no son un mero eslogan acomodaticio con el que pasearse por las tribunas o las redes sociales, sino el fundamento último de nuestro modo de actuar, que suele requerir en ocasiones un ejercicio de autolimitación perjudicial para nuestros intereses más inmediatos. Porque, para una persona contraria a la pena capital, la decisión de ejecutar a un asesino nunca debería ser fruto del ansia de justicia, sino un acto de legítima defensa frente a sus crímenes futuros.
La muerte de Bin Laden se justifica como una acción de guerra contra un enemigo letal declarado, no como un ejercicio de justicia extrajudicial de turbios fundamentos. En ese sentido, me llamaron la atención las declaraciones de la presidenta de la AVT, Ángeles Pedraza, cuando afirmaba que se alegraba de la muerte de Osama por los crímenes que había cometido. Dando por sentada mi solidaridad con esta señora, que perdió a su hija en los atentados del 11M, me gustaría decirle que yo también apruebo la muerte del fundador de Al Qaeda, pero no por su historial asesino, sino porque así se evitarán otras matanzas de ahora en adelante. Parece lo mismo, pero no lo es.