No sé ustedes, pero yo me estoy aburriendo como una ostra. Y eso que los procesos electorales suelen captar habitualmente mi atención, algunas veces porque la campaña ofrece dignos enfrentamientos políticos, y otras porque permite comprobar los abismos de mal gusto en que se puede caer por lograr un puñado de votos. En esta ocasión, para bien y para mal, todo apunta a que el tema no da para más, al menos en Tarragona.
Si echamos un vistazo al pasado, a estas alturas de campaña los principales partidos ya deberían haber montado sus concesionarios de motos en nuestras calles y plazas: uno te vende una nueva fachada marítima; el otro, un campo de fútbol; aquél, una nueva escuela de idiomas, y el de más allá, un gran museo arqueológico. Lamentablemente, a día de hoy, las arcas de las instituciones públicas están bajo mínimos (salvo, quizás, las de la Casa Real), y a nadie se le escapa que los próximos cuatro años serán un verdadero calvario para todos. En ese contexto, una clase política habituada a prometer lo que haga falta ni siquiera se ha atrevido a intentar vendernos la tradicional colección de motos. Hoy no cuela. Lo que decidiremos fundamentalmente en esta ocasión no será un proyecto de ciudad, sino el nombre de la persona que nos guiará durante esta travesía por el desierto. Es decir, a quién queremos más, a mamá o a papá.
La ‘pax romana’ instaurada acertadamente por nuestros civilizados candidatos tampoco contribuye a desperezarnos de la modorra electoral. No hace falta viajar muy lejos para observar contiendas electorales presididas por rivalidades viscerales, incluso dentro de los propios partidos, vulnerando la ‘omertá’ que impera de facto en nuestras organizaciones políticas. Pensemos en El Vendrell, donde el presidente local del PP se dedica a rajar del candidato de su propia formación, o en Reus, cuyo teniente de alcalde socialista afirma tajantemente que no votará al PSC el próximo domingo. Por el contrario, en la victoriana campaña tarraconense sólo ha chirriado el rifirrafe que ha mantenido la organización ciudadana Mou-te con los candidatos de ERC y PSC, a cuenta del polémico Moutímetre. Este colectivo, que agrupa a más de seis mil asociados, planteó una serie de preguntas a los cuatro principales candidatos a la alcaldía, que deberían ser respondidas, en directo y con público, en un conocido local de la Rambla Vella. Se trataba de trasmitir a la ciudadanía las diferentes propuestas electorales en cuatro sesiones diferenciadas, mediante un desenfadado formato basado en un medidor de aplausos que registraría el éxito de cada candidato. Todos los aspirantes aceptaron el reto, pero tras el turno del PP, Sergi de los Ríos y Josep Fèlix Ballesteros declinaron la invitación. Según Mou-te, esta espantada ha sido fruto del miedo de estos dos políticos a afrontar determinados problemas espinosos (capitalidad, veguerías, nomenclaturas, etc.) en un entorno que no fuera plácidamente cálido como un medio afín o un mitin de partido. Es decir, por el mismo motivo por el que Zapatero y Rajoy han concedido sus últimas entrevistas a la Sexta y La Razón, respectivamente. Por contra, el alcalde me facilitó una versión bien distinta, según la cual rechazaron la convocatoria porque inicialmente no fueron informados del original formato que iba a presidir estos encuentros. En cualquier caso, el recelo latente que existía entre Mou-te y los antiguos miembros del Tripartit parece haber estallado definitivamente, y sólo el tiempo permitirá saber si esta herida podrá cicatrizar algún día.
Más allá de este encontronazo, la campaña en Tarragona ha resultado bastante zen. Por si fuera poco, las encuestas auguran unos resultados similares a los de los últimos comicios, lo que hace perder bastante nervio a la contienda. El alcalde Ballesteros, pese a haber protagonizado una legislatura de perfil bajo que no pasará a la historia (ni para bien ni para mal), disfruta de un respaldo popular incuestionable, basado en su merecido tirón personal. Por su parte, Victòria Forns irrumpe por primera vez como candidata, y aunque tiene a su favor el descrédito de los antiguos miembros del Tripartit, comienza a sentirse perjudicada por los recortes de Artur Manostijeras, pese que la Generalitat, en una jugarreta un tanto infantil, haya decidido suspender el anuncio de nuevas restricciones hasta después de los comicios. Al menos llaman a las cosas por su nombre, a diferencia de ZP, que tacha de mentiroso a todo aquél que le atribuye recortes sociales. Al margen de si son medidas correctas o no, ¿cómo llama él a la rebaja en los sueldos de los funcionarios, la anulación del cheque bebé, la congelación de las pensiones…? Por lo que se refiere al PP, los sondeos auguran unos resultados espectaculares para Alejandro Fernández, cuyo previsible crecimiento electoral puede terminar convirtiéndose en la llave para desbancar a la izquierda del gobierno de la ciudad. La cruz se la lleva Sergi de los Ríos, que bastante tendrá con mantener su representación en el consistorio, maniatado por la actitud de la dirección de ERC ante cuestiones especialmente sensibles para la ciudadanía de Tarragona.
La suerte está echada, y a falta de otras emociones, se mantiene la intriga por unos resultados que prometen ser ajustados. Ya queda poco: en una semana sabremos el nombre de nuestro alcalde (o alcaldesa).