El repentino levantamiento social de diversos colectivos descontentos ante el actual rumbo político y económico de nuestra sociedad, ha logrado arrebatar el protagonismo mediático a una campaña electoral que agonizaba de puro tedio. Las multitudinarias manifestaciones y concentraciones que se han sucedido en decenas de ciudades españolas, han sacudido la conciencia de un país amodorrado con un cóctel paralizante de ira estéril y conformismo apático. Habían sido muchas las voces que habían alertado sobre el posible estallido de una rebelión popular si nuestros mecanismos productivos y representativos terminaban arrojando a millones de ciudadanos a las tinieblas exteriores de una sociedad comandada de facto por un número cada vez más limitado de personas. Y finalmente ha sucedido.
Algunos comentaristas han objetado que esta revolución supuestamente espontánea está siendo aprovechada, cuando no directamente orquestada, por determinados partidos de extrema izquierda, mientras otros ridiculizan a los amotinados por su escaso amor al jabón y su obsesión por el diábolo. Pero la búsqueda interesada de un perfil descalificativo del manifestante medio podría terminar convirtiéndose en el árbol que nos impida ver un bosque de descontento que sería insensato despreciar. El levantamiento del 15M es un mero síntoma de un grave problema que va más allá de las rastas y los bongos, pues también afecta a parados de larga duración que no saben cómo alimentar a sus hijos, matrimonios de jubilados que apenas logran llegar a fin de mes, jóvenes universitarios que han terminado sus estudios en medio de la peor coyuntura económica posible, familias que han perdido sus hogares y afrontan su futuro con la espada de Damocles de una deuda remanente por pagar… Y todo esto mientras los gobiernos riegan con miles de millones las cuentas de los bancos, los eurodiputados exigen viajar en business class, los responsables del crack financiero se reparten primas de importes indecentes… Visto el panorama, resultan un tanto cínicas algunas críticas contra la movilización, lanzadas desde el pedestal de una exitosa carrera profesional, el cálido regazo de un partido que da de comer, o la cómoda tranquilidad de una vida resuelta.
No niego que, en otro contexto histórico, cabría adoptar el planteamiento ultraliberal que vuelca sobre los actos de cada individuo la completa responsabilidad sobre el propio destino. Esta óptica antropológica, marcada a fuego en la mentalidad norteamericana desde la misma independencia de los EEUU, ha sido certeramente analizada por el filósofo suizo Alain de Botton, y explica la actitud de los estadounidenses ante determinadas conquistas sociales que en Europa nos parecen irrenunciables, como la asistencia médica pública y universal. Sin embargo, dudo que nadie pueda negar que la actual crisis económica esté desbordando a millones de ciudadanos, sin que quepa atribuirles a ellos la responsabilidad total de la situación. Los extremismos nunca suelen dar en la diana, y tan absurdo es desembarazarse de toda culpa sobre la propia realidad, achacándolo todo a la sociedad o al destino, como injusto sería achacar globalmente a los más desfavorecidos su penosa situación presente. Las ridículas propuestas pseudosoviéticas de algunos colectivos acampados no deberían difuminar un problema de fondo alarmantemente real, algo que parecen no entender los representantes periodísticos de la derecha más cavernaria, la izquierda domesticada con cargo al presupuesto público, o los muyahidines del independentismo de la plaza de Sant Jaume.
Pero la problemática económica es sólo una parte del pastel, pues las movilizaciones también plantean una serie de propuestas de carácter político que muchos respaldaríamos sin la menor objeción: listas abiertas, mayor proporcionalidad electoral, limitación temporal de mandatos, eliminación de privilegios sociales para los diputados y senadores, despolitización del Poder Judicial, exclusión electoral de los imputados por corrupción, reducción de administraciones, etc.
Apuesto a que, si estas iniciativas se sometieran a referéndum, el triunfo sería arrollador. Gran parte de los ciudadanos, especialmente los que apenas conocimos la dictadura (cumpliré los cuarenta el próximo viernes) no alcanzamos a comprender por qué resulta tan difícil implantar estos mecanismos contrastados en democracias de larga tradición histórica. Probablemente se inmiscuyen intereses personales y colectivos de nuestra élite dirigente, y una asombrosa capacidad de los partidos para desconocer o despreciar las verdaderas inquietudes de la gente corriente.
Aprovechando que las bases normativas de nuestro modelo económico y social deberán ser redefinidas en los próximos tiempos, el gobierno que salga elegido dentro de un año tendrá una oportunidad histórica para asumir un calendario de reformas políticas que dignifique la calidad de nuestra democracia. Olvidemos las estrambóticas propuestas de los sectores descerebrados de los manifestantes, y asumamos lo positivo que hay en su manifiesto. La pregunta es evidente: ¿será capaz algún ejecutivo de interiorizar estos postulados, renunciando a parte de su poder? El levantamiento del 15M demuestra que algunos consideran imprescindible una revolución para lograr estas reformas, frente a otros que aún queremos creer que nuestra clase política conserva un mínimo de sensatez para atender las demandas de una sociedad sedienta de participación, pluralismo y transparencia. Sólo los partidos tienen en sus manos los resortes para abandonar el podio en la escala de instituciones peor valoradas del país.