La jornada electoral de la pasada semana ha cruzado las sedes socialistas como un tornado tejano. El desastre ha destruido el trabajo de años, y las víctimas comienzan a asumir que han perdido aquello que parecía inamovible. Mientras algunos buscan en los listados qué ha sido de sus seres queridos, los informativos confirman que grandes zonas del país han sido barridas por el ciclón electoral. Los mayores del lugar intentan convencer a los jóvenes de que deberán pasar varios años para que todo vuelva a ser como antes. Es hora de evaluar los daños y ponerse manos a la obra en una tarea de reconstrucción que promete ser titánica.
Mientras algunos representantes del PSOE continúan en estado de shock, el presidente Zapatero se ha comprado unas orejeras para evitar que la imagen de devastación le obligue a cambiar de rumbo. Ha decidido inmolarse por su proyecto, continuando un programa de reformas que aniquilará las posibilidades electorales de su sucesor. Seguirá trabajando al dictado de Bruselas y los mercados, en un intento por evitar pasar a la historia como el hombre que arruinó el país para siempre. Quizás ya sea demasiado tarde.
Sin embargo, algunos dirigentes socialistas tienen compromisos electorales a medio plazo, y no están dispuestos a ser enterrados vivos en la tumba del faraón ZP. Ha sido el lehendakari el primero en subirse a la parra, exigiendo un congreso extraordinario para fulminar el legado ideológico y personal del presidente. Hasta ahora, los barones socialistas observaban con pasiva inquietud los intentos de Zapatero por quemarse a lo bonzo, y ahora que el leonés ha sacado el zippo, temen que las salpicadura de gasolina terminen chamuscando sus valiosos mantos de poder territorial.
Los miedos de Patxi López están más que justificados, pues las urnas le obligarán a confrontar su decadente imagen política contra un PNV institucionalmente fortalecido, una izquierda abertzale electoralmente activa, y un PP disparado en las encuestas. El ambiente socialista se ha vuelto tan irrespirable que la propia Carme Chacón se ha visto obligada a dar un paso atrás en su meteórica carrera. La marca PSOE ha sido un lastre para los candidatos, que sólo han salvado los muebles gracias a sus propios méritos personales. Por ejemplo, la apabullante victoria de Àngel Ros en Lleida puede deberse, en gran medida, a su capacidad para diseñar un discurso netamente municipal, enfrentándose a las directrices en materia de veguerías dictadas desde el Olimpo barcelonés. Pero si ha existido un lugar en el que se ha votado en clave claramente personal, ese ha sido sin duda el caso de Tarragona.
Pocos dudan de que ha sido el tirón electoral de Josep Fèlix Ballesteros el factor que ha mantenido a flote la candidatura socialista. Pese a reducir el número de escaños por el efecto La Canonja, su triunfo ha resultado indiscutible, cuestionando el matemáticamente posible y políticamente previsible pacto entre PP y CiU. Aun así, el gran triunfador de la noche fue Alejandro Fernández, que obtuvo un respaldo electoral sin precedentes. Pese a navegar con el viento de popa, nadie puede negarle un protagonismo total en el éxito popular en Tarragona, convirtiendo al PP en la segunda fuerza política de una capital catalana, empatada con CiU, algo inimaginable hace un par de años. Por contra, los convergentes sufrieron el regusto agridulce de la jornada, perdiendo representación en unos comicios que tenían de cara. Eso sí, han logrado una posición muy ventajosa para la formación del próximo gobierno local, superando el grave hándicap de contar con una candidata primeriza. Probablemente, una vez asentada en el Ayuntamiento, Victòria Forns se convierta en un importante activo para CiU de cara al futuro.
El batacazo de la noche se lo llevó ERC, sin matices. Quiero pensar que el electorado quiso dar una bofetada a la dirección republicana en la cara de Sergi de los Ríos, pues no parece que su actuación personal mereciese semejante castigo. Lo de los republicanos ha sido ciertamente apocalíptico, pues sólo han salvado dos concejalías entre las cuatro capitales de provincia. Ahora toca esperar a una nueva mayoría absoluta del PP en las generales para volver a remontar el vuelo, como ya hicieron sus antecesores hace una década. Por último, hay que dar la bienvenida a ICV, que regresa al Ayuntamiento tras recuperarse del mezquitazo de la Rambla, aunque la aritmética electoral parece condenarlos a la oposición.
Aún no se sabe quién gobernará la ciudad, pues los resultados arrojan múltiples combinaciones posibles. Espero que se alcance un pacto firme para evitar un gobierno en minoría, que menoscabaría la fuerza y estabilidad que nuestro consistorio requiere en estas circunstancias. Es el momento de ponerse de acuerdo, por el bien de Tarragona, para afrontar con responsabilidad los complicados años que se nos vienen encima. Dicen que se negociará en clave local, sin interferencias externas. Ojalá sea cierto.