Según nos cuentan los historiadores, Alejandro Magno visitó Corinto a mediados del siglo IV a.C. con motivo de los Juegos Ístmicos, y allí conoció a un peculiar filósofo que pasaría a la historia como modelo de austeridad. Se trataba de Diógenes de Sínope, un conocido miembro de la escuela cínica, a quien encontró tranquilamente recostado tomando el sol. El joven rey macedonio, educado por Aristóteles, deseaba complacer al sabio: “¿Puedo hacer algo por ti?”. El excéntrico pensador, que para entonces ya era célebre por su radical desapego por los bienes de este mundo, le contestó: “Sí, muévete que me estás tapando el sol”. Mientras el séquito del poderoso conquistador se burlaba del anciano, el dueño del mundo antiguo comentó admirado: “De no ser Alejandro, habría deseado ser Diógenes”. Existen otras muchas anécdotas que definen a un personaje singular, que transitó por la vida poseyendo únicamente un bastón, una capa, un zurrón y un cuenco. Su extremo sentido de la renuncia le llevo incluso a prescindir de este último objeto, tras ver a un niño beber agua con las manos.
Un simple vistazo a la vida del filósofo obliga a peguntarnos por el genio que utilizó absurdamente su nombre para designar una patología psiquiátrica, diagnosticada por primera vez en los años sesenta, cuyo síntoma más llamativo consiste en la necesidad de acumular desperdicios y objetos inútiles. La elección de esta denominación fue ciertamente desafortunada, pues nada tiene que ver la privación voluntaria de determinados bienes para lograr la independencia de las necesidades materiales, con un trastorno del comportamiento que lleva al paciente a abandonarse de tal manera que acaba convirtiendo su domicilio en un auténtico vertedero.
El buen nombre de Diógenes merece un acto público de desagravio, que pasa por encontrar una nueva designación que describa de una forma más certera la tendencia irrefrenable a acumular basura en el propio hogar. A efectos meramente discursivos, me permito sugerir a la OMS que sustituya la denominación de la enfermedad, adoptando el nombre del personaje que ha alcanzado profesionalmente las más altas cotas cualitativas y cuantitativas en el arte de amontonar inmundicia: Paolo Vasile.
Hace casi una década, el consejero delegado de Telecinco y máximo representante en España de los negocios del rey del bunga-bunga, se declaró a sí mismo uno de los más fervientes defensores de los niños frente a los contenidos televisivos inadecuados en horario infantil. Planteó que el sistema más eficaz para preservar la inocencia de nuestros menores pasaba por un código de autorregulación como el que se firmó en 2004, según los criterios establecidos por el Consejo Audiovisual de Catalunya. Pese a sus denodados esfuerzos por lograr un canal cristalino e inmaculado, un análisis de su parrilla confirma que Telecinco se ha convertido, de lejos, en el mayor estercolero ético y estético de la televisión española. Es una verdadera pena que la sincera y abnegada batalla de este buen hombre por neutralizar los excesos televisivos, se vea empañada por unos subalternos que no comprenden su preocupación por los indefensos niños, y se empeñan en programar bazofia ilegal en cuanto se da la vuelta. ¡Cómo está el servicio!
Llegados a este punto, convendría preguntarnos de qué sirven todos los instrumentos de prevención de los que nos hemos dotado (el CAC, el Código de Autorregulación sobre Contenidos Televisivos e Infancia, etc.) si los padres nos vemos obligados a guardar el mando a distancia bajo llave las veinticuatro horas del día. Los cambios en las tardes televisivas han sido demasiado bruscos para nuestra generación, que ha visto cómo en apenas dos décadas Espinete y Caponata han cedido el testigo a los participantes en el aquelarre de Jorge Javier Vázquez.
Aunque a veces lo parezca, dudo que el consejo de administración de Telecinco esté formado por una piara de puercos mentales, ansiosos por revolcarse en una charca de excrementos televisivos. Más bien, tiendo a pensar que se trata de un grupo de contables bien remunerados que han olvidado su responsabilidad sobre los contenidos de la cadena, delegando su poder de decisión en un gráfico de Excel con dos únicas variables: gastos e ingresos. No nos encontramos ante un problema de libertad de información sino de mala praxis empresarial, que sólo podrá atajarse aplicando una tabla de sanciones que aumenten los gastos hasta que el resultado sea deficitario. Porque la historia demuestra que todas las normativas mercantiles terminan fracasando cuando el incumplimiento de la ley resulta rentable. ¿De qué han servido las condenas a Telecinco por sus programas del corazón, que apenas han supuesto 1,5 MEUR en los últimos cuatro años, cuando la cadena ganó sólo en 2010 más de 70 MEUR? ¿Acaso nuestro legislador se ha rendido al poder de Vasile, con el fin de evitar una guerra mediática de efectos electorales imprevisibles? Ha llegado el momento de demostrar que la clase política, además de intereses partidistas, también tiene conciencia. La pelota está en su tejado.