La dialéctica de porras y bongos entre los miembros de las fuerzas de seguridad y los grupos de acampados en Barcelona parece haber conseguido que millones de ciudadanos descubran una verdad contrastada empíricamente desde que el mundo es mundo: hay imbéciles en todas partes. Como demostración palpable de esta máxima intemporal, tenemos al policía que se lamentaba por no haber podido apalizar a los indignados de la plaza de Catalunya o a la banda de energúmenos que agredió a los diputados del Parlament. La capacidad de reproducción del homo stultus rivaliza con la del conejo, lo que nos exige la determinación de unas reglas objetivas de valoración que nos permita enjuiciar a cualquier colectivo que pueda albergar a esta especie en un momento dado. Porque, una vez analizados estos ejemplos sería tan absurdo considerar a la policía una panda de sádicos uniformados como colgar el sambenito violento a todo el movimiento del 15M de forma indiscriminada.
El moralmente injustificable y estratégicamente estúpido sitio del Parlament ha cargado de razones a aquéllos que siempre han pretendido criminalizar las acampadas, especialmente desde la órbita nacionalista, cuyos medios afines han ridiculizado sistemáticamente las demandas de los indignados barceloneses, entre otras cosas porque… algunos de sus representantes usaban el castellano. ¡Vade retro Satanás!
Y eso por no hablar de un reciente artículo de Josep Lluis Carod-Rovira, en el que sugiere que el CNI se había infiltrado en el movimiento del 15M con el objetivo explícito de difundir una imagen negativa de Catalunya ante el mundo. Uno de los principales síntomas de la cortedad de miras consiste en plantear como específicamente propio aquello que tiene un carácter global. Supongo que estos pensadores considerarán asimismo que los ataques contra Joan Lerma en Valencia o Cayo Lara en Madrid tenían también un sustrato anticatalán, obviamente. Y eso por no hablar de la batalla campal en Atenas por el nuevo plan de austeridad, o los graves disturbios en el centro de Londres por los recortes de David Cameron, todos ellos indicios evidentes de una campaña de desprestigio hacia Catalunya para limitar su autogobierno y menospreciar su cultura. En fin….
Aun así, existe un factor diferencial en los incidentes de la Ciutadella: la intromisión del grupo de salvajes antisistema instalados en Barcelona desde hace lustros, cuya actuación merece un castigo ejemplar, tal y como afirmaba recientemente Artur Mas. No hay concentración popular que desaprovechen para sembrar el terror callejero, ya se trate de una movilización para evitar un desahucio o una celebración por el último triunfo deportivo. Son los de siempre, una manada de expertos en convertir en un infierno cualquier evento ciudadano que se les ponga por delante. Afortunadamente, los portavoces de los acampados se desmarcaron de los altercados, pero su condena no fue aceptada por aquéllos que nunca han querido escucharles. Resultó especialmente inquietante la sonrisa de satisfacción de Felip Puig, responsable de una sospechosa falta de previsión policial que, casualmente, permitió desviar la atención mediática de las impopulares cuentas debatidas en el Parlament, y de paso justificó a posteriori el asalto a la plaza de Catalunya. Jaque mate.
Un dicho castizo afirma que en todos lados cuecen habas, y un simple vistazo a la hemeroteca acredita la veracidad de esta máxima. Recordemos las agresiones sufridas por Josep Piqué tras una manifestación organizada por militantes de las juventudes socialistas, los cuantiosos destrozos que se producen cada vez que la afición culé se echa a la calle o los frecuentes ataques de exaltados independentistas contra representantes de UPyD y Ciutadans. ¿Acaso las acciones de estos energúmenos desacreditan irremisible y globalmente a los colectivos a los que pertenecen? Resultaría incongruente que unos políticos habituados a reclamar de la sociedad que se diferencie a los gobernantes corruptos de los que no lo son terminasen metiendo en el saco de los violentos a todo el movimiento del 15M por las barbaridades cometidas por una pequeña e identificable parte de ellos.
Si yo fuera un acampado de Barcelona, ahora sí que me sentiría indignado, como víctima de una pinza formada por los defensores del poder establecido y los vándalos antisistema. Entre todos han puesto la puntilla a un oxigenante fenómeno social, cuya continuidad ya se veía amenazada por causas endógenas. Hace semanas que el movimiento mostraba síntomas de debilitamiento, al haber asumido un proyecto programático positivo pero cargado de tópicos, cuyas propuestas adolecían de concreción, con un respaldo social que no se debía a sus méritos, sino al desastre gubernamental, y que no ha demostrado excesivo celo a la hora de expulsar de su seno a los indeseables. Así es difícil lograr algo… o quizás no. Porque, ahora que lo pienso, ésta es la estrategia reciente de Mariano Rajoy, y no parece irle nada mal. Qué cosas…