Me pegaba. Sufrí mucho». Lo explicaba con la resignación de quien cree que se merece la condena de haber dado con un animal insatisfecho de sus propias impotencias, pero capaz de levantar la mano a la mujer que un día le prometió cuidarlo. La mujer se había librado de su carcelero. De su verdugo. Pasó por un centro de atención a mujeres y ahora intenta rehacer su vida. Pero los golpes y las amenazas todavía pesan como un lastre que la impiden caminar. «¿Encontraré a alguien que me quiera?», preguntaba clavando los ojos en los míos. Podrías ser tú. Como el náufrago en medio del océano que cansado de mover los brazos se agarra a cualquier madera que flota. Tiene hijos, pero las heridas y los miedos que deja un perfecto bastardo no se curan con facilidad. Nadie hizo nada. De nada sirvieron los gritos que ya ni intranquilizaban a los vecinos. Y bajo la lluvia de palos la mujer se sentía más sola que nunca, a pesar de estar rodeada de cientos de personas entretenidas frente a la televisión con ‘Gran Hermano’. Pero claro, quién se va a meter por medio en este país en el que si se te ocurre salir en defensa de una mujer porque un mal nacido la está apaleando te buscas la ruina. De nada servirán las campañas contra el maltrato de la mujer si cada uno de nosotros no deja de pensar en las consecuencias y no para la mano a los salvajes.