Generalmente, las sensaciones del aficionado de fútbol que mira el partido desde la grada son bien diferentes a las de los 22 protagonistas que hay en el terreno de juego. En el Camp Nou el culé sólo puede intuir ese olor a divertimento que transpira el equipo de Guardiola. Las cosas a ras de césped son bien diferentes. Y es bueno que así sea. Los jugadores deben aislarse de los sufrimientos y congojas que aquejan a aquellos que dedican su tiempo libre a acompañar (sea a 500 metros de casa o a 500 kilómetros) a su equipo para apoyarlo desde la grada. Sobre todo cuando la frustración y la desazón se instalan en ellos.
Porque si los futbolistas caen en los sentimentalismos de quienes le apoyan, de sus miedos, corren el peligro de sufrir las mismas sensaciones –como ocurrió en Girona cada vez que los locales pisaban el área grana– con un empeoramiento de los resultados. Evitarlo es, sin duda, una de las mayores funciones de los entrenadores. Cubrir al vestuario. Alejarlo. Encerrarlo psicológicamente y convencerles de que mientras hay vida, hay esperanza, que es lo último que se pierde.
El Nàstic aún está lejos de exhalar su última bocanada de aire en Segunda. Cierto que cada semana que pasa, las reservas de oxígeno van minvando. Pero las existencias siguen siendo, de momento, suficientes. Cuantos más nos lo creamos, mejor.