Hace cuatro días que Valls vive sumergida en una profunda resaca. Aquella que te deja diez días de frenesí, de pocas horas de cama y muchas de calle; de vivencias al máximo por aquello que «nadie sabe donde estaremos dentro de diez años!». Y debo confesarles que resulta duro volver a la realidad, no tanto por el cansancio acumulado en el cuerpo y sí, en cambio, por la intensidad vivida y el temor a diez años de sequera hasta que lleguen las próximas.
Seguro que podremos contar con los dedos no de una sino de hasta las dos manos los errores registrados durante las fiestas. Pero ¿no hemos disfrutado? Pues si su respuesta es positiva, solo puedo decirles que nos quiten lo bailado; que la vida sólo se vive una vez y en Valls la memoria es efímera durante nueve años.
De las fiestas me quedo con la limpieza en las calles -ojalá dure una década-; con el ambiente a cualquier hora del día -espero que también sepamos volcarnos en la calle durante los más de 3.000 días que nos esperan hasta las próximas fiestas-;com los auditorios llenos -ojalá podamos aprovechar la programación cultural, si se hace con esmero y sensibilidad de las artes y el saber-. Aunque sobretodo me quedo con el Pati, la calle de la Cort y la plaza del Blat iluminados y ahí si que cruzo los dedos para que la luz llegue en breve.