Qué puede asustar a un adolescente de 13 años cuya máxima preocupación es sacar adelante los estudios -para que sus padres no lo atosiguen- y estar todo el día en la calle jugando con sus amigos de toda la vida? Hasta el 23 de febrero de 1981, a punto de cumplir los 14 años, el único desengaño que me había dado la vida fue enterarme que los Reyes Magos no existían y que eran los padres los que, cada noche del 5 de enero, llenaban nuestra casa de juguetes.
Pero ahí estaba el teniente coronel Antonio Tejero para, con su pistola en alto y el ya mítico: «¡Quieto todo el mundo!», meterme el miedo en el cuerpo. No porque yo tuviese una percepción real de la gravedad de lo que estaba pasando, sino porque nunca había visto a mis padres tan preocupados, ni a mi abuela llorar como una desconsolada, ni a mis vecinos cargar como locos la despensa de comida ‘por lo que pudiera pasar’. En 1981 estaba a punto de entrar en mi casa la primera televisión en color, pero a Tejero, con su tricornio y ese aire chulesco de ‘perdona vidas’, tuve la suerte de verlo en blanco y negro. El mismo color de una época que estábamos intentando dejar atrás y a la que algunos se aferraban con las armas en la mano. Un año después, la silueta oronda y simpática de Naranjito (en color) fue suficiente para quitarme de la cabeza la figura en blanco y negro de los golpistas.