«Lo mío ha sido como estar en una pastelería y no poder comer ni un trocico de pastel... tanto hijo de puta y ni una colleja he podido dar... estoy hasta por currar el sábado por la noche con lo del Barça... a ver si suena la flauta... He entrado a las 6 de la mañana para ver a los Mossos hincharse a dar palos durante seis horas, acabar saliendo por patas como niñas y los guarros (porque sí, ni en Gracia he visto tanto perroflauta), de vuelta a la plaza Catalunya». En estos términos se expresa en la red social Facebook un agente de la autoridad, el guardia urbano Ferran T.F. Sí, así narra su frustración uno de los policías que participó –aunque, por lo visto, no tanto como a él le hubiera gustado– el viernes en la ‘operación limpieza’ ordenada por Felip Puig para sacar a los ‘indignados’ de la Plaza Catalunya. Con esas palabras, por las que el Ayuntamiento de Barcelona le ha abierto un expediente informativo, sobran los comentarios. Sin embargo, y aun a riesgo de parecer redundante, me confieso alucinado. El pobre Ferran, muerto de la envidia porque a él no le dejan pegar porrazos a diestro y siniestro a un grupo de personas indefensas que no le han hecho nada ni a él ni a nadie. ¿Cómo alguien capaz de tanta violencia y tanto odio puede representar a la ley y portar armas? Este individuo es un peligro público. Y pensar que pagamos su sueldo...