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Elogio de los debates

Muchas cosas han cambiado las primarias del pasado fin de semana en Carolina del Sur. La más notable es la resurrección política de quien fuera speaker de la Cámara de Representantes entre 1995 y 1999, y hoy serio candidato en la carrera para la nominación republicana, Newt Gingrich. Dado por muerto hasta dos veces desde que empezó la contienda, Gingrich es un ejemplo de la importancia que tienen los debates electorales en democracia, a pesar de que aún hay políticos (y políticas) que lo nieguen

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GUSTAU ALEGRET | 24/01/2012 18:24

Hace tan sólo una semana, el considerado candidato oficialista del partido republicano, Mitt Romney, lideraba en solitario la carrera hacia la nominación y su estrella parecía imbatible… hasta el debate del jueves en la CNN. Durante las casi dos horas de programa, Romney estuvo poco brillante y confuso en algunos casos, a diferencia de los otros dos candidatos con opciones que quedan, Newt Gingrich y Rick Santorum (Ron Paul es una anécdota de color en esta carrera). Tanto Gingrich como Santorum se mostraron seguros y coherentes. Los dos llegaron con la lección aprendida y sus objetivos a batir claros: Romney y Obama. El debate fue sin duda una muy buena oportunidad aprovechada por ambos para mantener sus opciones en la carrera, sobre todo Gingrich, quien tras una larga vida política y unas maneras de profesor universitario, conoce a la perfección el arte del debate y la dialéctica.
Según las encuestas a pie de urna de medios estadounidenses, para casi dos tercios de los votantes de Carolina del Sur los debates fueron un factor importante para decidir su voto, de los cuales, la mitad optaron por Gingrich por considerar que su actuación había sido particularmente buena.
No es la primera vez que desde que comenzó la carrera por la nominación republicana, un debate hunde o ensalza a un candidato. Pasará a la historia el memorable momento del ahora ya retirado de la contienda Rick Perry, gobernador de Texas, quien el 9 de noviembre fue incapaz de enumerar las tres agencias gubernamentales que se proponía cerrar si llegaba a la Casa Blanca. Este error fue suficiente para que muchos lo consideraran poco preparado para ser presidente.
La historia no es nueva. En 1960, un joven senador de Massachusetts llamado John F. Kennedy cambió el curso de las elecciones gracias a su telegénico papel en el debate electoral contra un experimentado vicepresidente Richard Nixon, quien ninguneó la importancia del debate, constándole la elección que para muchos estaba garantizada. O cuando en 1984, la edad del entonces candidato Ronald Reagan (73 años) se convirtió en un tema de campaña para cuestionar su elección. Reagan lo zanjó en un debate con el conocido «quiero que sepan que no pienso hacer de la edad un elemento de campaña para sacar rédito político contra la juventud e inexperiencia de mis contrincantes». Ganó.
Los debates son un espectáculo útil que permite a los candidatos explicarse y a los electores votar con conocimiento de causa. En Estados Unidos, las normas de los debates televisivos garantizan el orden de las preguntas y respuestas con la suficiente flexibilidad para dejar fluir los temas y las réplicas, y sobre todo, para permitir una interesante interacción con el público presente que aplaude, abuchea, reclama más concreción a una respuesta o más tiempo para que un candidato se explique, marcando en cierto modo el ritmo de las exposiciones y condicionando el contenido. El exspeaker de la Cámara de Representantes estuvo sólido el jueves y consiguió una sólida victoria el sábado contra el pronóstico de hace tan sólo unos días. Puede que acabe no ganando la nominación, pero su éxito en Carolina del Sur revitaliza el debate como una herramienta que garantiza la democracia real.





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