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Un rebelde aficionado a los golpes de efecto

John McCain, el candidato republicano a la presidencia, es un héroe de guerra con aversión a la autoridad que no se pliega a los jerarcas de su partido y al que le gusta el riesgo, en su vida personal y en la política

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César Muñoz Acebes | 04/11/2008 08:41

Estudiante mediocre, aficionado al juego y senador iracundo, McCain no es un candidato republicano convencional. Ha apostado su campaña a sus credenciales como independiente, en un año en que el público está cansado de la hegemonía republicana y de ocho años de George W. Bush en la presidencia.
McCain, de 72 años, nunca ha sido el hombre más popular entre los legisladores republicanos. «Él colaboraba con el otro partido (el Demócrata) y eso no se veía como algo positivo», afirma Roy Blunt, el «número dos» de los republicanos en la Cámara Baja.
Tampoco ha sido santo de devoción de la derecha religiosa y el deseo de ganársela le llevó en parte a escoger como candidata a la vicepresidencia a Sarah Palin, la gobernadora de Alaska.
McCain se la jugó con Palin, una desconocida con muy poca experiencia política, pero cuya oposición al aborto y al matrimonio entre homosexuales, y su afición por el rifle encantana la base más conservadora del partido.
La elección de Palin demuestra la afinidad de McCain por los golpes de efecto, esas decisiones radicales y súbitas del hombre que no teme el equivocarse, sino el no actuar.
McCain quiere que Estados Unidos se mantenga en Irak. «Prefiero perder las elecciones a perder la guerra», afirma McCain, quien sostiene que en Vietnam, Estados Unidos perdió porque sus líderes no enviaron suficientes tropas. Su participación en esa guerra fue uno de los puntos de inflexión de su vida.
En 1967 un misil derribó su bombardero en Vietnam y pasó los siguientes cinco años y medio en campos de prisioneros, donde las torturas no acabaron con su voluntad para insultar hasta la extenuación a sus guardianes.
McCain se negó a aceptar la liberación que le ofrecía el gobierno vietnamita en 1968, por la prominencia de su padre almirante.  Las normas militares estadounidenses obligan a que los prisioneros acepten salir libres en el orden en el que fueron capturados. Había más de 100 delante de él.
Cuando en 1973 pisó su país de nuevo, con muletas, McCain sufría las secuelas de sus heridas al caer del avión, la falta de cuidados médicos y las palizas. Hoy en día no puede levantar los brazos por encima de la cabeza y tiene una leve cojera.
Obsesión con el honor
En 1985 entró en el Senado, pero su ascenso político sufrió un grave revés tres años después, cuando fue parte de un grupo de senadores que presuntamente presionaron para que un donante recibiera trato de favor en una investigación. El comité que trató el tema absolvió a McCain pero dijo que había mostrado «un mal juicio de valor».
McCain, obsesionado con el honor, aseguró que eso era lo peor que le había «ocurrido en la vida». Incluidas las mazmorras vietnamitas. Desde entonces, gran parte de su trabajo como reformista en el Senado ha venido de una necesidad de redimirse a sí mismo. Quiere llevar su celo a la Casa Blanca. 





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