El presidente del Centre de Lectura de Reus nos habla de sus inicios en el mercado laboral
Sus amigos y familiares le pedían que les diera clases de repaso en verano para ayudarles a aprobar las asignaturas que les habían quedado para septiembre. Jordi Agràs sólo tenía 15 años, pero ya apuntaba maneras. Lo suyo era la enseñanza. En su etapa de estudiante en el instituto daba clases de Primaria, y cuando iba a la universidad, de Bachillerato.
Era un profesor estricto y metódico, como él mismo reconoce: «Mis alumnos tenían ganas de todo menos de estudiar, así que tenía que ser un poco duro con ellos para que se lo tomaran en serio», comenta el presidente del Centre de Lectura de Reus. De hecho, sus métodos eran muy efectivos ya que la mayoría de los chicos a los que daba clase aprobaba todo en septiembre.
No cobraba demasiado («tenía unas tarifas muy bajas por tratarse de gente conocida»), pero asegura que era más que suficiente para sufragar sus gastos, que no eran otros que salir de fiesta con los amigos de vez en cuando o comprarse ropa.
Agràs también aprovechaba los veranos para hacer labores sociales, como voluntario en campos de trabajo. Desde los 16 hasta los 22 años se pasaba los meses de julio y agosto de aquí para allá restaurando cosas, dando clases a niños, pescando... «Eran una especie de campamentos de ayuda humanitaria. Participé en diversos de ellos por Andalucía y Catalunya. Allí conocí a mucha gente con mis mismas inquietudes. Fue una experiencia muy gratificante», recuerda.
En uno de estos campos de trabajo se enroló en un barco de pesca de Tarragona con el que salió a faenar todas las noches durante dos meses. Estaba estudiando el doctorado y tenía que hacer un trabajo sobre sociología marítima. Y nada mejor que meterse en la piel de un pescador para conocer de primera mano la dureza de su día a día. Salían todos los días a las 22.00 horas y regresaban sobre las 08.00 horas.
Su salario: sardinas. «Descubrí que la pesca es una profesión muy dura. Sin embargo, tengo muy buenos recuerdos. La tripulación me trató como a uno más, y me iba a casa cada día con una bolsa llena de pescado. Ése era mi salario. Ese verano me harté de comer sardinas», afirma.
Antes de embarcarse en este pesquero tarraconense, Agràs estuvo a punto de enrolarse en un barco griego. Lo tenía todo listo, pero unos días antes de marcharse el armador le dijo que era mejor que no fuese con ellos. Aquel verano estalló la Guerra del Golfo. «Le estoy agradecido por no dejarme ir. En aquel momento, estar en un barco griego con tripulación turca viendo pasar a la flota norteamericana por tu lado era un espectáculo para ver por televisión y no desde la cubierta de un pesquero», señala.
Agràs se licenció finalmente en Derecho y empezó a trabajar en el despacho de su padre. Su primer caso fue contra la Seguridad Social por un tema de invalidez. Lo ganó y con su primer sueldo se compró una pieza de cerámica, que todavía conserva.