Pirotècnia Catalana es una referencia en el mundo de los castillos de fuegos y las cargas para balls de diables
Rafel Villa -
21/07/2008 17:46
Cada año, antes de que empiece la temporada, Miquel Pujol hace listas de fuegos artificiales, combinaciones de diferentes tipos de efectos pirotécnicos que suponen un espectáculo completo con un presupuesto cerrado. Son listas largas y en las que Pujol intenta conseguir un equilibrio para obtener un resultado óptimo. Pero a la hora de la verdad raramente hace uso de las listas: cuando le llega un encargo, va al lugar donde debe realizarlo para ver las posibilidades y, sobre el escenario, idea el espectáculo más adecuado para el presupuesto que le han dado. «Nunca hago un castillo igual. Cada vez lo compongo de forma diferente. Incluso si tengo dos castillos en el mismo día y con presupuesto similar, procuro que no sean iguales. Por eso, en los lugares que me contratan cada año, estoy seguro de que no ofreceré el mismo espectáculo que el año anterior», afirma.
Miquel Pujol empezó muy joven a trabajar con su padre, Robert Pujol, en una empresa comercial que facilitaba parte de los productos que se requieren para la pirotecnia. Cuando su padre decidió en 1982 dar el paso de actuar exclusivamente de comercial a convertirse en productor, Miquel se convirtió en cofundador de Pirotècnia Catalana. Mientras que su padre se encarga de la parte económica y de normativa, Miquel es el creador, el que imagina los castillos y se encarga de montarlos sobre el terreno. Su eficacia debe ser extrema porque el producto no se puede probar previamente: tiene que funcionar a la primera. Si algo falla, ya no hay posibilidad de remediarlo.Un reglamento muy estricto. Los primeros tiempos siempre son difíciles. Para empezar, encontrar un lugar donde desarrollar la actividad no fue fácil. El reglamento que rige la pirotecnia es el de los explosivos y por ello, aunque el propio Miquel Pujol subraya que no es un almacén de dinamita ni un polvorín, sí que es preciso tomar medidas de precaucación importantes, separando las diferentes labores en edificaciones autónomas y con una cierta distancia entre ellas, adaptando el terreno... La empresa familiar de Vilanova i la Geltrú tuvo que desplazarse a Vimbodí, donde encontró 120 hectáreas y un ayuntamiento dispuesto a darles el permiso de actividad.Para abrirse camino, Pujol padre tuvo que arañar el mercado y encontrar clientes ofreciendo precio y servicio pero sobre todo intentando estar cerca del cliente. «Mi padre es amigo de todos y siempre hizo lo que conviniese, hasta la extenuación, para hacerse con el mercado, porque las empresas pirotécnicas que había estaban muy consolidadas», explica Miquel Pujol. En palabras de su padre, «se trata de estar próximo al cliente y de darle cariño, porque el producto es igual de una empresa que el de otra. Por tanto, en lo que hay que poner más empeño es en ir más allá en la relación con el cliente».
Buena parte del negocio de Pirotècnia Catalana se ha apoyado desde el inicio en los grupos de ball de diables, a los que suministra todo tipo de carretillas. El nacimiento de la empresa coincidió con el resurgir masivo de estos elementos festivos, algunos de los cuales han desaparecido y vuelto a resurgir a lo largo de estos años. Desde todas partes de Catalunya e incluso desde el País Valencià, las agrupaciones de diables vienen a comprar el producto a la pirotécnica de Vimbodí. «Todo ha mejorado desde que empezamos. El producto, el uso, el disfrute de la fiesta... Los diables son un elemento más de la fiesta popular, documentado desde hace centenares de años y está bien que se mantenga», argumenta Miquel Pujol.Otro de los puntos fuertes del negocio de Pirotècnia Catalana son los castillos de fuegos, habitualmente para organismos públicos, aunque también hay de vez en cuando empresas privadas que quieren un espectáculo para subrayar, por ejemplo, la presentación de un coche. Su ámbito de actuación se ciñe sobre todo a Catalunya.La tercera línea de trabajo es el encendido de edificios, con bengalas, cascadas, surtidores de fuego colgados de balcones y otros elementos de las fachadas. El uso de material es más limitado que en los castillos, pero Miquel Pujol conserva las notas de años anteriores para no repetir el espectáculo, sobre todo en poblaciones como Montbrió del Camp donde se ha convertido en tradición anual.