El siniestro, que conmocionó a la ciudad en 1998 y comportó una movilización vecinal sin precedentes, sigue presente para las víctimas, que explican cómo ha sido su recuperación
«Era un martes, había bajado a Tarragona a comprar y regresaba a casa para hacer la comida. Ví como se juntaban el camión y el autobús y después no recuerdo nada más hasta que me desperté en la cuneta de la carretera. Un joven que no conocía me sostenía la cabeza. Me dijo que no me moviera, que estaba perdiendo mucha sangre. No se despegó de mí ni un momento, me acompañó hasta el hospital de Santa Tecla... Siempre he querido dar las gracias a ese joven que no se cómo se llamaba».
Este es el recuerdo que guarda Rosa María Simó Abella, una de las personas que viajaba en el autobús de la línea 9 de la EMT que colisionó con un camión en la carretera Nacional 340 a la altura de La Móra el uno de septiembre de 1998. En el accidente fallecieron cinco personas y diez resultaron heridas. El suceso conmovió a la ciudad y suscitó una movilización vecinal sin precedentes para reclamar la gratuidad de la A-7. En menos de una semana se había convocado una multitudinaria manifestación y durante catorce meses se cortó la carretera todos los domingos.
La lenta recuperación
Para Simó la recuperación de las heridas fue un proceso lento. La fractura de siete costillas, dos vértebras y un traumatismo craneonecefálico le dejaron secuelas. «Ya han pasado diez años, pero mi vida nunca volvió a ser la misma, los dolores, la tristeza... Tampoco me he vuelto a subir a un autobús urbano, es superior a mí», cuenta.
La de Adelaida Cardona, otra de las heridas, tampoco fue una recuperación fácil. Pasó por las unidades de cuidados intensivos del Hospital Joan XXIII y de Bellvitge. En este último estuvo ingresada durante un mes. Las graves heridas que sufrió, especialmente el traumatismo craneal, le dejaron secuelas que le impidieron volver a trabajar. Tiene un 54% de invalidez, debe usar gafas porque tiene visión doble, tiene problemas en las cervicales y perdió la sensibilidad en el lado derecho del cuerpo.
Desde el punto de vista emocional, Cardona explica que, afortunadamente, no recuerda nada del momento del accidente, pues sólo se enteró de lo que había pasado cuando recuperó la consciencia en la unidad de cuidados intensivos del Joan XXIII.
Cardona, como el resto de las víctimas, recuerda la enorme repercusión que tuvieron los hechos y todas las manifestaciones que se convocaron. Pero entre todas recuerda especialmente una misa que se desarrolló en La Móra y a la cual acudió la hermana del camionero, también fallecido. Cardona no sabe de dónde sacó fuerzas para consolar a aquella mujer.
Por dos bandas
Pero a María Teresa Sevilla la tragedia le tocó por dos bandas, a la par que un arquitecto le llamaba por teléfono para decirle que se llevaba a su hija, de 11 años, al hospital con las dos piernas rotas, se cumplían los peores presagios. Su madre, Teresa Falagán, de 62 años, también pasajera del autobús, era una de las fallecidas.
La niña fue durante una temporada en silla de ruedas al colegio, pero nunca ha vuelto a hablar del tema. A María Teresa el dolor y la rabia le dieron fuerzas para no faltar a las concentraciones que se convocaron entonces.
Sevilla es la que se encarga, cada año, de poner las flores que acompañan a las cinco cruces en la carretera que recuerdan aquel fatídico día. Ella, que transita por allí todos los días dice que «el tráfico se ha multiplicado, los camiones pasan demasiado cerca».