La odisea de cruzar el centro urbano en coche durante el mediodía desaparece durante la noche. Tarragona late a velocidades diferentes, aunque en los barrios esta percepción no es tan evidente
Tarragona de día. Tarragona de noche. Una misma escenografía que se mueve a dos ritmos que nada tienen que ver. El bullicio de gente y coches que circulan por el centro de la ciudad, durante las horas punta, se va apagando a medida que se encienden las luces. Con la luna llena de fondo, ha desaparecido el ruido de los cláxons y las sirenas de las ambulancias son testimoniales.
El Diari ha recorrido en coche las calles de Tarragona en dos momentos del día: a las 13.00 del mediodía y a las 11.00 horas de la noche. Se ha escogido un recorrido que cualquier tarraconense puede hacer en su día a día. Desde el Balcó del Mediterrani hasta Campclar, siguiendo hasta el Hospital Joan XXIII y la Avinguda dels Països Catalans. El itinerario acaba en la Rambla Vella, donde el ccontador ha sumado ya más de 12 kilómetros.
Son las calles del centro de la ciudad aquellas que experimentan una transformación más significativa. Dos versiones de una misma Rambla que el viernes, a la una del mediodía, se preparaba para la feria de rebajas, en su tramo más próximo al Balcó del Mediterrani. Cruzar en coche esta arteria principal significa no quitar los ojos del volante. Hay coches en doble fila o peatones que aprovechan cualquier hueco para cruzar. Semáforos que cambian de color y los niños de las Teresianes que salen de clase para ir a comer. Con la excusa de los cinco minutos uno de los dos carriles de la Rambla es impracticable. Es el tramo que va desde la Escola Oficial d’Idiomes hasta la Plaça de la Imperial Tarraco, centro neurálgico de la ciudad y que en función de los semáforos puede llevar más de un minuto y medio cruzarla de un extremo a otro.
Después del estrés
Una vez en la Avinguda de Roma, y siguiendo hasta Campclar, el tráfico es más fluido. Uno deja atrás el ruido intenso, el ir y venir es constante, pero ha desaparecido la sensación estresante del inicio. En la calle Riu Segre el doble carril facilita la circulación. Habrá que ver dentro de unos meses, cuando, con la nueva Rambla de Ponent, los peatones ganen la partida a los vehículos. La calle Riu Segre perderá dos carriles y los vecinos auguran que se producirán atascos frente al colegio La Salle. De momento, no hay rastro de ellos y la salida hasta la T-11 se hace con la nueva rotonda que ha facilitado enormemente la movilidad de esta parte de la ciudad. Llegar hasta este punto ha supuesto más de un cuarto de hora a pleno día. De noche el tiempo de reduce y no llega a los diez minutos.
El recorrido sigue hasta el Hospital Joan XXIII, cruzando el Pont de Santa Tecla y llegando hasta la rotonda de la Rosa dels Vents. Una vista tuticolori durante la noche.
En la Avinguda Doctor Mallafré hay que reducir la velocidad de nuevo. Durante el día aparecen de nuevo los coches en doble fila y avanzar se ha convertido en un continuo acelerar y frenar. En este segundo tramo la diferencia de tiempo no es tan significativa. El viaje diurno supone 23 segundos más. El azar de los semáforos.
Otra de rotondas
Más rotondas, y la ruta sigue hacia la N-240 y Sant Pere i Sant Pau. Es un barrio tranquilo, por la noche todas las calles duermen pero durante el día la Avinguda dels Països Catalans despierta con la llegada de los universitarios del Campus Sescelades. El ir y venir es constante, pero el tráfico no es ruidoso.
El último tramo permite llegar de nuevo al centro de la ciudad. La entrada por la carretera de Santes Creus puede ser complicada en determinados momentos del día. Pero a la 1.30 horas del mediodía las ovejas ya están en su corral y hasta la Avinguda de Catalunya uno no es consciente de que está de nuevo en el centro de la ciudad. Cruzar de punta a punta esta calle se convierte en una odisea de semáforos que obliga a armarse de paciencia. La velocidad media durante el día no llega a los 25 kilómetros, con la luz de la luna puede llegarse a los 32 kilómetros por hora y el tiempo global se reduce en 10 minutos.
Por suerte, en este recorrido se ha dejado de lado la verdadera odisea que supone buscar aparcamiento. Y es que, estacionar el coche en Tarragona merecería otro capítulo aparte, y mucho más extenso.