Oriol Grau recuerda cómo la magia le insufló la vena artística, Natalia Rodríguez confiesa que sus medallas tiene el origen en su padre y Alex Cruz le dedica los goles al suyo, clave en su trayectoria
Salvador puso la semilla para que su hijo Oriol se dedicara al mundo del espectáculo. «Él tiene una capacidad innata que no ha explotado excesivamente. Ha hecho magia en los teatros y el concepto de estar por el público me viene de él», explica Oriol.
Siendo un niño no era difícil dejarse impresionar por los juegos que su padre hacía en casa. El reto era adivinar dónde estaba el truco. «Nos decía que nos fijáramos en la mano izquierda para ver si le podíamos enganchar. Aquello me marcó», cuenta Oriol, epatado cuando vio a su padre tragarse varias hojas de afeitar y un trozo de hilo de coser para, a continuación, sacarlo todo ligado. «Era algo impactante y años después vimos que aquello requería años de preparación».
Papá, quiero ser artista
Con ese caldo de cultivo, el gusanillo de la canción y la interpretación ya estaba instalado en Oriol. Al hijo le tocó negociar cuando dijo ‘papá, quiero ser artista’. «No gustó demasiado a la familia. Me dijeron que estudiara o que trabajara y que paralelamente me dedicara a lo que quisiera. Eso hizo que empezará algo más tarde en la interpretación. Ahí perdí algún tiempo».
Pero Oriol no se arrepiente. Hizo carrera como funcionario y se apuntó a la escuela de teatro, desfogando una vena artística que derivó en su rol de actor, cantante o director de teatro, hasta fundar su compañía y llegar a ser director de los programas de entretenimiento de TV-3, incluso con la colaboración de su padre.
En los años 90, Salvador, que tiene ahora 83 años, aparecía en el programa Sense Títol, realizando una minisección con el padre de Andreu Buenafuente. «Aquello estaba basado en Los Muppets y consistía en que cada padre criticaba al hijo del otro. Era una sección que duró varias temporadas y tuvo mucho éxito».
Años más tarde la satisfacción por ambas partes es más que intensa. «Sabes cuando un padre te mira a los ojos y ves que está orgulloso de lo que ha hecho su hijo», cuenta Oriol.
110 kilómetros en coche al día
Álex Cruz, ahora jugador profesional del Nàstic, tiene una deuda con su padre. Pepe (51 años) le llevó en coche durante tres años a los entrenamientos, recorriendo 110 kilómetros diarios seis días a la semana. «Si he llegado hasta aquí, en parte ha sido gracias a su padre, que me ha ayudado en lo deportivo y en lo personal. De pequeño me entrenó en el equipo de mi pueblo y se ha esforzado mucho por mí». Cuando Álex cumplió quince años, se fue a jugar al Vecindario y su padre le llevaba en coche desde su pueblo, hasta que pudo quedarse a vivir en casa de una tía y después se sacó el carnet de conducir. El ADN futbolístico lo tiene en la sangre. «Mi familia es muy futbolera y mi padre lo tuvo que dejar pero luego se dedicó a entrenar», explica Cruz. El sacrificio paterno bien vale todos los agradecimientos del mundo y Álex ya le ha brindado dos goles, ambos contra la UD Las Palmas –rival histórico del Vecindario–. Por supuesto, en casa de los Cruz (su familia se ha trasladado a Tarragona) no faltan los consejos. «Me ha enseñado a ir con humildad y a veces me corrige cosas de los partidos. Él está orgulloso de ver que he llegado a profesional».
El primer fan, en casa
Cuando Enrique Rodríguez veía competir a la pequeña Natalia ya lo pronosticó. «Me llamaba campeona del mundo y parece que lo que decía se ha ido cumpliendo», dice ella, que tiene 30 años, una hija y esta semana se ha coronado subcampeona del mundo de 1.500 metros. El primer fan estaba en casa. «Él estaba muy vinculado al deporte y a las carreras populares donde yo empecé».
Enrique (60 años) casi nunca da consejos, ni siquiera cuando Natalia tomó la decisión de dedicarse al atletismo. «Nunca me ha hablado del tema pero sé que ha vivido todo esto muy de cerca. Él competía a través de mí». Tal es la identificación de Enrique con su hija, que disfruta y sufre a partes iguales. «Cuando era muy pequeña, me acompañaba a todos los campeonatos. Ahora no viene porque son sitios que quedan muy lejos y un Mundial o unos Juegos son mucho lío», cuenta.
Enrique se queda en casa siguiendo la carrera por televisión, si sus nervios se lo permiten. «Una vez me caí en la última vuelta siendo júnior y desde entonces siempre ha tenido miedo a que me caiga. Lo pasa mal». Natalia sabe que su padre ha sido fundamental en su carrera: «Es un apoyo que a lo mejor no se nota en el día a día pero sabes que siempre está ahí». Así que un trocito de cada medalla siempre va para él.