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‘Nuestro sistema de salud tiene bolsas de ineficiencia’

Nacido en Ciutadella (Menorca) en 1955, Guillem López Casasnovas,  catedrático de Economía de la Pompeu Fabra es un fijo en casi todos los comités de sabios de España sobre sanidad, financiación y balanzas fiscales. Es presidente de la Asociación Mundial de Economía de la Salud y vocal del Consejo de Gobierno del Centro de Investigación en Economía y Salud (CRES) de la UPF

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NÚRIA PÉREZ | 01/10/2011 17:54

Es nuestro gasto sanitario superior al de otros países?
El total español se corresponde con nuestro nivel de renta, aunque  los  ratios difieren algo en el ámbito público y el privado. En Catalunya, dado nuestro mayor Producto Interior Bruto (PIB), sería esperable un mayor gasto público, mientras el privado sí es el que cabría esperar.

Al margen de la crisis global, ¿por qué hemos llegado a la actual situación de recortes?
Por la elevada y desordenada tasa de crecimiento registrada en periodo de bonanza y por la incapacidad de restringir con la crisis los gastos sin someterse a una mayor eficiencia o a las reducciones salariales necesarias para mantener las prestaciones y calidad de los servicios.

¿Qué piensa de la obligación de recetar medicamentos por principio activo?
Tendrá un escaso impacto, ya que el problema no son los precios, sino los niveles de consumo, que no han parado de aumentar sin pauta de coste efectividad conocida.
    
¿Y de los cierres nocturnos de CAP?
Si con una mejor coordinación los CAP se han podido cerrar sin efectos significativos, esta medida debería haberse aplicado antes.

¿Y sobre los recortes en las pagas extras, guardias y complementos de los médicos?
Muchos empleados en el sector privado firmarían eso, teniendo en cuenta que la contrapartida es mantener plantillas.

¿Es eficiente nuestro sistema sanitario?
Sí, en términos generales. No, si sacamos la lupa y analizamos algunas conocidas bolsas de ineficiencia, como la sobreutilización de urgencias y las excesivas consultas per cápita.

¿Cómo se puede lograr un sistema más eficiente?
Por un lado, transfiriendo responsabilidades no sólo de decisión clínica, sino también de organización y compromisos financieros a los profesionales. Por otro, buscando la complicidad ciudadana.

¿Alguna otra receta?
El sistema debe ser más flexible respecto a las nuevas necesidades sociales. Debe contar con un discurso de salud más que de actividad asistencial, adaptable a los retos tecnológicos o demográficos y con capacidad de respuesta (aportar soluciones) ante coyunturas cambiantes.

¿Cómo cuáles?
La crisis financiera, por ejemplo. Sin solvencia nunca habrá sostenibilidad.

¿Por qué los recortes se focalizan en salud?
A mi entender, no debiera pensarse sólo en sanidad, pese a su peso presupuestario.  La gestión sanitaria ha evolucionado más y mejor que la educativa o los servicios públicos en general. Los recortes deberían ser discriminatorios según su eficiencia y su impacto en la equidad.

¿Por dónde empezaría?
Los servicios que resulten menos eficientes deben ser los primeros en sacrificarse y los beneficiarios más frágiles, los últimos en verse afectados.

¿Cuáles son esos servicios menos eficientes?
Los relacionados con respuestas medicalizadas a problemas sociales, por ejemplo, ansiolíticos y los que implican una sobrefrecuentación  de servicios y un continuo peregrinaje del paciente por mala organización.

¿Cómo cree que afectarán los recortes anunciados a la calidad de la asistencia?
Ello va a depender de los profesionales. No se trata tanto de que los CAP estén abiertos por la noche sino de cómo y cuánto trabajan los profesionales por las mañanas, y por las tardes, por cierto…

¿Qué insinúa?
Que hay que mejorar la productividad.

¿Por qué sólo se habla de recortar gastos y no de intentar mejorar los ingresos?
Es una decisión política que los analistas académicos debemos tomar como dada.  Yo opino que se deben de hacer ambas cosas. El gasto social en España tiene dos alternativas: priorizar más, que quiere decir ser menos universalista, porque el «todo para todos» empuja el gasto a una velocidad que es muy difícil que la financiación a través de impuestos pueda seguir. La otra alternativa es acompañar los crecimientos del gasto que la sociedad demanda con una financiación adicional: donde no llegan los impuestos, que lo hagan las tasas. Un copago es una tasa, no un precio privado. En la universidad, la gente copaga entre un 15 y un 20% del coste de la matrícula y no pasa nada. Las mutuas privadas ganan  socios. ¿No es un indicador de que estamos dispuestos a pagar más en este ámbito?Sí, en la esfera privada, pero no en la colectiva. Esa falta de conciencia fiscal tan nuestra nos lleva a relacionar aún la sanidad con el seguro social, con una ingenua gratuidad, o con aquello de que pague otro.

¿Y cómo debería ser el copago?
Coherente con su finalidad. Su éxito radicaría en que no recaudase nada, ya que querría decir que ha evitado el consumo y la atención que los profesionales califican de innecesarios. En este sentido, el copago es cosa de médicos. Son ellos quienes deben identificar ese uso innecesario.

Médicos del sistema público remiten a sus consultas privadas. ¿Qué le parece?
No es óptimo, pero creo que especialmente hoy es inevitable, por lo que mejor es reconocerlo, identificarlo y regularlo para que el complemento privado no erosione el objetivo público sustancial.

¿Se ha apostado suficiente por la prevención como forma de reducir el gasto?
No. Nuestro sistema de pago de proveedores ha primado más la actividad que los resultados. Hemos apostado por actuar una vez dentro del sistema, en lugar de escuchar al paciente y buscar respuestas coordinadas con los que aún están fuera del sistema. Hace falta mayor educación y responsabilización ciudadana para un buen uso de los servicios.





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