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La ciudad que borrarían del mapa

No gusta la localización del Palau, la reforma de la Mercè, la ausencia de continuidad en la Rambla o el párking del Miracle

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RAÚL COSANO | 04/02/2012 19:20
El arquitecto Climent, en la terraza del Palau. Al fondo, otra disonancia, los silos: ‘Rompen toda visual. Deberían estar más integrados’. - LL. MILIÁN

Hay fachadas que a uno se le atragantan o inmuebles que desconciertan al ciudadano. Construcciones aberrantes o simplemente mejorables, donde toda opinión cabe en virtud de la visión técnica del arquitecto o urbanista o, simplemente, del buen gusto. Pregúntese el tarraconense, si pudiera, qué edificios borraría del mapa de la ciudad. A varios arquitectos de la ciudad se les ha cuestionado en esa dirección y han respondido. Saben que hasta las firmas más insignes (por poner: de Foster a Calatrava) han sido polémicos y no siempre sus creaciones han logrado la unanimidad en las ciudades.

Josep Maria Garreta es responsable de buena parte de la Tarragona del último medio siglo. Sus edificios van del Port a la Diputació, pasando por el Nou Estadi. Su primera crítica va hacia la intervención en uno de sus ‘hijos’: la Residència de la Mercè. «El perfil de la fachada ha quedado desdibujado con la remodelación y han destrozado el skyline de la ciudad. Es irreparable. Han instalado los ascensores en un bloque vertical y se ha roto el perfil escalonado». Sólo hay que echar un vistazo desde el puerto o desde el Passeig de Sant Antoni para atisbar un sacrilegio que ha quebrantado la magia de una obra singular de la ciudad, «muy moderna y arriesgada para la época», como define Garreta. Enric Casanovas también coincide: «Es una mala interpretación del diseño del edificio».


‘Una terraza horrorosa’

Garreta sigue con su ‘inventario de los horrores’. «No me gusta el párking Jaume I, independientemente de todo lo que ha sucedido con el proyecto. Han destrozado una plaza que podía haber sido estupenda. Esas escaleras no llevan a nada, es una elevación que no respeta la visual ni el entorno. Impide ver, por ejemplo, el edificio del Rectorat».

Una de las construcciones que más recelo suscita es el Palau de Congressos, no tanto por su diseño, sino por su acabado y, sobre todo, por el emplazamiento. «Tiene problemas de accesibilidad. Se debería haber estudiado más el entorno a nivel urbanístico. Es una instalación poco visible, sin atractivo. La calle Pons d’Icart se debería haber peatonalizado para instalar un mirador», continúa Garreta, y la mayoría coinciden en que la terraza que hay sobre el párking de La Pedrera es una oportunidad perdida. «Está mal situado. En aquella terraza se podría hacer algo más ligero, alguna intervención muy suave, con algo de mobiliario urbano, más integrado», sugiere el arquitecto Xavier Climent. «Esa terraza es horrorosa, sin ningún tipo de tratamiento arquitectónico. Es una gran plataforma que no se ha tratado como una plaza o un elemento urbano, sino como un resto», lamenta Casanovas, que añade: «El Palau de Congressos y el Firal no tiene un vínculo. No están pensados de forma unitaria ni tienen relación con la trama urbana». Ahí habita una de las claves: la integración de la edificación en cuestión en el resto de la ciudad. «Siempre hay edificios mejorables, pero además del valor individual hay que tener en cuenta la relación y el paisaje urbano», cuenta Josep Llop, el presidente del Col·legi d’Arquitectes. En esa línea, Climent apunta otro despropósito: el de algunos bloques de la Rambla Nova: «Hay edificios fuera de ordenación urbanística, que algunas legislaciones urbanísticas antiguas permitieron, por ejemplo, el edificio del Banco Zaragozano o el número 7 de la Rambla. No es que sean feos o ilícitos, sino que desentonan porque surgieron como setas aisladas en un momento en el que la normativa se volvió más laxa. Rompen la armonía de un paisaje lineal. Se levantaron más plantas de las que debían ser».

Otro elemento disonante para Climent son los silos: «Son feos a matar y destrozan esta ciudad y cualquier otra. Son monumentales y aniquilan cualquier visual. Se entiende que, por sus características industriales, se necesitan volúmenes enormes pero se deberían buscar compensaciones, dedicando, por ejemplo, un 3% del presupuesto a mejorar la imagen».

Si la mirada traspasa lo arquitectónico para alcanzar a lo urbanístico, la preocupación de Casanovas es la Rambla Nova, una vía «que está quedando muerta, desestructurada, con desconexiones muy grandes y lugares inhóspitos. Falta una conectividad comercial, impulsar la unidad y la continuidad hasta Joan XXIII. No olvidemos que es el gran eje vertebrador de la ciudad y tiene puntos muy desconectados, como la Font del Centenari. Le falta darle ese toque familiar y amable», diagnostica Casanovas, que habla de la imprescindible conexión con el mar para revitalizar el tramo inicial que toca al Balcó hasta la urgente rehabilitación de fachadas «en un estado de deterioro brutal». «Es una Rambla que funciona a trozo, trinchada por circuitos de tráfico extraños. Tenemos que pensar en global, porque es una arteria que comercialmente se está quedando dormida».

El arquitecto tarraconense Carles Penalba se centra en el urbanismo. «Tarragona está desligada», admite. «El eje principal, que es la Rambla, tiene una barrera que es la Imperial. Es imposible seguir caminando sin pasar por un montón de semáforos». Incide, además, en la madre de todas las reivindicaciones: el empalme del gran paseo con el mar: «Se debe conectar con ascensores, que hoy en día se pueden integrar perfectamente en el paisaje urbano».


El aislamiento de Ponent

También ve primordial impulsar otro vínculo históricamente demandado: la ligazón del centro con Ponent: «Es una herencia que Tarragona no ha reivindicado. Se podrían pedir ayudas a la Generalitat o al Estado para procurar una especie de paseo que una. Esos barrios se construyeron ahí por el boom industrial de los 70 y, urbanísticamente, se ha castigado a la ciudad. Estamos hablando de una distancia de tres kilómetros que, en Barcelona, por ejemplo, no significa nada. Se trata de hacer un paseo cómodo».

 Si de edificios concretos se trata, Penalba lo tiene claro: «Una construcción que se debería eliminar con urgencia es el aparcamiento del Miracle. Es hasta ofensivo. Si hablamos todo el rato de conectar la ciudad con el mar, haría falta allí un espacio agradable y no algo oscuro como es ahora». No le desagrada el Palau, pero sí su ubicación y su rematado: «Esa terraza debería ser un espacio urbano, con algo más de atractivo, porque las vistas son buenas».

 A Penalba no le satisface el uso del edificio del bingo como tal (en el vial J. Bryant) pues podrían aprovecharse esas vistas para instalar algo relacionado con el turismo». Y puestos, casi cambiaría el párking del Miracle por la estación del AVE: «Ya no hay solución, pero al menos se debería implantar una conexión directa, fácil y rápida en tren».





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