¿Qué expone en el bar Melic de la Plaça de la Font?Fotos que hablan de la ciudad y las ciudades, de lo que percibo, la periferia, desde un puente a una escalera, o un contraluz con los edificios, un mensaje de amor, el espacio que ocupamos… da igual Bangkok, Tarragona, Barcelona, Reus…
Las marcas del lado urbano.La huella. Hago como un diario personal de mi tiempo, de mi momento, de mi punto de vista, de lo que me llama la atención. Cada uno tiene una visión única. El ser humano es una pieza única, irrepetible.
¿Cómo trabaja?Es intuitivo. En el bar, poniendo cafés, me di cuenta de que cada día pasaba gente. Y pensé: ‘Qué maravillosa oportunidad para proponer estar con ellos y reproducir lo que yo veo’. Cojo la cámara, veo algo y lo plasmo.
Es un estilo espontáneo, crudo, guerrero, hasta punki. Sí, soy yo. No es consciente. Lo de la periferia es simplemente ir a caminar… a lo mejor te encuentras una almohada abandonada por el tiempo, el barro… y eso me fascina. Me interesa dejar constancia.
La fotografía es el retrato de un momento. Es un diario personal. La cámara es una herramienta.
¿Qué es lo más raro que ha fotografiado?No saldrá nunca porque es horrible. Me da hasta miedo: es un animal que vi en Poblet disecado por el paso del tiempo. Le habían atado un alambre a las patas, era el rastro de que alguien había hecho algo terrible.
¿Y lo más bonito?La expresión de la gente. Me encanta la mirada, capturar el momento de llegar a un acuerdo, de que el otro esté dispuesto a que le haga un retrato. Para mí es como un regalo.
¿En cuántos países ha estado?Me fui a Madrid, venía de una trayectoria adictiva de los años 80, me gustaba esa farándula, fue una historia alucinante, muy punki. Fui a Irlanda, a Estados Unidos para poder hacer el Caribe... A final conocí a una bailarina de stripper y a unos japoneses y recorrí Florida. Vuelvo a Irlanda, voy a Ecuador, me voy con los indígenas y me fui a vivir a Miami, con múltiples trabajos ilegales fascinantes.
¿Ligados a la fotografía?Hice fotos para poetas que se reunían en Miami Beach, vendía flores, peluquería clandestina, chill out... me buscaba la vida.
¿Y ahora?Hago viajes de tres o cuatro meses. Ahora vengo de Tailandia y Bangkok. Me muero por Asia. Lo que tenemos como tercermundista no lo es. Se pueden hacer muchas cosas. En España la fotografía no se respeta. Aquí hay mucho fotógrafo cabreado… y lo entiendo.
¿Con qué me convencería de que la fotografía es arte?Tengo autores preferidos, que tienen un mundo artístico pero muy personal, muy vinculado a sus vidas. Y hay reporteros muy buenos, como Tino Soriano, con trabajos impresionantes que reflejan lo cotidiano.
¿Concibe la foto sin viajar?Sí, cada día… aunque sea me hago fotos a mí. También estoy en ello, en el paso del tiempo. No hace falta irse a Tailandia. Cada día vengo aquí a poner cafés y traigo mi cámara, mi compañera. El viaje te da el color, las expresiones... pero cada día aquí hay cosas que hacer.
¿Ser mujer afecta a su estilo?En muchos aspectos creo que sí. Se puede ser femenino y punki. Hay una sensibilidad diferente, ni mejor ni peor.