La opción de construir un tercer raíl de ancho europeo por las vías de la costa ha generado una polémica sobre el modelo urbanístico de TGN
¿Qué quiere ser Tarragona de mayor? El debate está abierto. La necesidad del Port de hacer llegar sus mercancías a Europa de una forma rápida para no perder competitividad y su apuesta por el llamado Tercer Fil, un raíl de ancho europeo que transcurriría por el actual trazado del tren, por la costa, ha sido el detonante de una discusión sobre el modelo de ciudad de Tarragona.
El primero en abrir la caja de los truenos fue el líder del PP en la ciudad, el siempre inquieto Alejandro Fernández, quien en una conferencia la semana pasada rechazó abiertamente el Tercer Fil y apostó por recuperar la fachada marítima. Alejandro, hábil con la palabra y astuto en sus intenciones, puso sobre el tapete la cuestión al preguntar a todos si Tarragona debía ser San Sebastián o El Ferrol.
Las reacciones no se hicieron esperar. Empresarios, políticos y no pocos analistas salieron con una sola voz en defensa del Tercer Fil, «a no ser que el PP se comprometa a tener lista en un plazo de cinco años la línea Reus-Roda», la alternativa de Alejandro a la línea de la costa. Pero no faltó quien secundara la propuesta del PP y criticara una nueva vía que hipotecaría para siempre a Tarragona, que tendría que renunciar a la fachada marítima.
Ni Donosti, ni El Ferrol
Basta un análisis mínimamente serio para comprobar que Tarragona no puede ser San Sebastián ni se asemejará nunca a El Ferrol. Sin embargo, la comparación lanzada por Alejandro ha puesto de manifiesto la necesidad que tiene la ciudad de definirse. Y en este sentido, la fachada marítima juega un papel primordial. Claro que a estas alturas nadie osa en Tarragona rechazar la posibilidad de acercar la ciudad al mar, la gran asignatura pendiente de una urbe que ha despreciado durante demasiado tiempo y de una manera incomprensible uno de sus mayores tesoros. Y es que si bien los ciudadanos de Tarragona han podido acostumbrarse, con franciscana resignación, a ver el mar desde el Balcó del Mediterrani, a los turistas no les cabe en la cabeza que esa barandilla ponga fin a su paseo y les impida llegar hasta la playa. Y, según Alejandro y sus seguidores, esto podría seguir siendo así para siempre si se construye una nueva vía por la costa, en lugar de sacar de allí las ya existentes.
Química y turismo, otra vez
Y el debate, centrado en estos términos, ha servido para reabrir una vieja herida que nunca cicatrizó del todo, la de la guerra entre el turismo y la química, dos sectores, muy a su pesar, condenados a entenderse.
Así al menos lo entiende el presidente de los hoteleros de Tarragona, Carlos Segarra, partidario de que «se agoten todas las vías posibles para que la solución que se adopte no perjudique a nadie ni hipoteque un modelo ideal de ciudad. No creo que nadie discuta a estas alturas que el turismo es el principal factor de crecimiento que puede tener nuestra ciudad. Sólo necesitamos que nos lo creamos y que lo defendamos hasta las últimas consecuencias».
Pero Segarra admite también que la realidad industrial de Tarragona es indiscutible; aporta riqueza y dinamismo empresarial a nuestra zona. Lo que deberíamos asegurar es que se cumplan los factores necesarios para una óptima convivencia y que podamos presumir de una industria modélica y puntera. De hecho, una de las opciones turísticas para Tarragona es el turismo industrial».
Se queja el hotelero de «la falta de unidad de criterio a la hora de abordar proyectos ambiciosos. Seguramente no queda ninguna ciudad mediterránea con un problema de fachada marítima como el nuestro pendiente de solucionar a estas alturas. Ha habido demasiados proyectos no materializados. Quizás es el momento de plantearnos cuáles son nuestros objetivos reales y de conseguir un unánime consenso de la sociedad civil y de los partidos políticos para conseguirlos».
Tampoco entra en la guerra el director general de la AEQT, Ramon Fontboté, quien asegura que «si se llevan bien, turismo e industria no son actividades incompatibles. Estamos de acuerdo en que Tarragona debe ser una ciudad magnífica, pero esto no debe ir en contra de la riqueza del territorio».Como director de la asociación que agrupa a las empresas del sector químico, Fontboté considera que «el territorio necesita una salida de mercancías lo antes posible», y añade: «Es cierto que la fachada marítima es la aspiración de Tarragona desde hace mucho, pero la línea de Constantí a Roda no estará hasta el 2020. A corto plazo, el tercer raíl es la solución más barata», concluye, insistiendo en que «no es cierto que una cosa hipoteque a la otra».
En efecto, Tarragona está obligada a buscar su modelo propio, un modelo que combine los intereses de la química con la calidad de vida que merecen sus ciudadanos y los encantos que atraigan a turistas. Y es que esta ciudad no se puede permitir el lujo de renunciar a la riqueza y los puestos de trabajo que aporta su industria ni a ser una urbe atractiva, estéticamente hablando.
Así las cosas, en lo que coinciden muchos analistas es que esta polémica, la de contraponer el Tercer Fil con la fachada marítima, «no obedece sino al intento de un político de desviar la atención de otros problemas que tiene la ciudad. Y es que a estas alturas parece una tomadura de pelo que alguien diga que la fachada marítima, que duerme el sueño de los justos y a la que nadie espera ni en ésta ni en la próxima década, corra peligro por instalar un raíl más en las vías. Si no lo instalamos, ¿nos garantiza alguien que la fachada marítima se hará de aquí a diez años?».
Sea como fuere, lo cierto es que Tarragona necesita definir cómo quiere ser. Y su modelo pasa, inexorablemente, por ganar el mar para la ciudad. Esto parece claro; la pregunta que queda en el aire es cuándo.