En el laboratorio que prueba la próxima vacuna

Ciencia. La vacuna de la farmacéutica gerundense Hipra, que se ensaya en humanos, se probó antes con animales en un centro de biocontención de un campus de la UAB

Jordi Font Comas d’Argemir

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El laboratorio de IRTA-CReSA donde se ha probado la vacuna de Hipra.  FOTO: EFE

El laboratorio de IRTA-CReSA donde se ha probado la vacuna de Hipra. FOTO: EFE

Antes de los ensayos en humanos, la vacuna contra la Covid de la gerundense Hipra se probó en animales en el laboratorio de IRTA-CReSA, uno de los pocos de España que puede trabajar con virus tan contagiosos gracias al sistema de biocontención, que evita fugas. 

El prototipo de Hipra se perfila como la primera vacuna española en salir al mercado el próximo año: en agosto recibió luz verde de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS) para comenzar los ensayos con humanos y el Centro para el Desarrollo Tecnológico Industrial de España (CDTI) acaba de aprobar la financiación para una fase más del proceso, la IIb/III. Este ensayo clínico se pudo empezar después de haber superado con éxito las pruebas previas en animales que se realizaron en el Centro de Investigación en Sanidad Animal IRTA-CReSA.

Estas instalaciones, ubicadas en el campus Bellaterra de la UAB y donde trabajan unas 140 personas, albergan uno de los pocos laboratorios de alta biocontención de grandes dimensiones de España, indispensables para llevar a cabo investigación con animales manipulando patógenos altamente contagiosos y de transmisión aérea, como es el SARS-COV-2.

La investigadora Júlia Vergara-Alert trabajó en el estudio de la vacuna Hipra en hámsters y ratones transgénicos –a los que se introdujo el receptor que el virus usa para ingresar en el organismo y que no tienen de forma natural–, obteniendo buenos resultados. Vergara-Alert recuerda que pudieron ponerse a trabajar en el SARS-COV-2 desde «el minuto 1» de la pandemia porque en estas instalaciones ya habían estudiado otros «primos hermanos», como el virus causante del Síndrome Respiratorio de Oriente Medio (MERS-CoV), que transmiten los dromedarios a los humanos y que, pese a ser más letal que la covid, está muy focalizado en Arabia Saudí.

También pudieron ponerse manos a la obra enseguida por el conocimiento y práctica de la biocontención, que es imprescindible a la hora de trabajar un virus de transmisión respiratoria.

Un laboratorio de alta biocontención (nivel 3 sobre 4) consiste en un control estricto de acceso de personas: para entrar hay que quitarse toda la ropa, ingresar desnudo por una doble puerta y, una vez dentro, vestirse con un mono y unos zuecos; lo mismo para salir, con el añadido de una ducha con dos enjabonadas.

s trascendental el mantenimiento de presiones negativas, de manera que el aire de una habitación donde se manipulan patógenos no salga cuando se abra una puerta y se evite así la circulación de los mismos, lo que se refuerza con un minucioso sistema de renovación y doble filtrado absoluto del aire, con circuitos separados para cada sala de laboratorio.

Reducir los riesgos

Todo el sistema de presiones negativas está diseñado como una cascada, desde las zonas de menor a las de mayor riesgo de contaminación, con el fin de que, aunque pueda haber algún pequeño incidente, «quede reducido al mínimo, casi a cero, la salida de patógenos de la unidad», señala el virólogo Xavier Abad, responsable del área de biocontención.

Salvo las personas y el material imprescindible -que es sometido a meticulosos procesos de desinfección-, nada sale de la unidad, tampoco los animales, que son sacrificados y, posteriormente, sus restos son tratados: o bien se incineran o pasan por un digestor alcalino, un tratamiento químico y térmico intenso para su descomposición y descontaminación.

Los animales en el IRTA-CReSA varían en función de los proyectos en marcha en cada momento, pero los más habituales son cerdos, aves, terneros, cabras, ovejas, ratones o hámsters, que pasan temporadas cortas en la instalación –solo el tiempo que dura la investigación– en salas habilitadas.

Un veterinario supervisa que el animal tenga «el máximo bienestar posible» antes y durante del proceso; en el caso de que, por la inoculación de un virus, se observe «que llega a un sufrimiento que no se considera aceptable, se obliga al sacrificio», destaca Abad.

La investigación veterinaria ha sido siempre fundamental y la pandemia de la covid no ha hecho más que reafirmar la importancia de que la sanidad animal y la humana vayan de la mano, pues la covid es un ejemplo de zoonosis, es decir, una enfermedad que pasa de un animal al hombre o la mujer.

No es el único ni el último; se estima que el 70% de las enfermedades infecciosas que circulan entre los humanos han procedido del mundo animal.

«La pandemia ha puesto sobre la mesa el concepto de una sola salud; la salud de animales, humanos e incluso la ambiental es compartida, lo que pasa en un compartimento afecta al otro», indica en este sentido la directora del IRTA-CReSA, Natàlia Majó.
Majó prevé que esta vertiente de apoyo a la investigación biomédica incremente en el IRTA-CReSA, sin dejar de lado la investigación exclusivamente animal, básicamente del sector agroalimentario, que desarrolla desde hace dos décadas. 

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