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Kabul ya es capital del emirato talibán

La conquista se produce sin derramamiento de sangre después de que el presidente Ghani abandone el país. El pánico se apodera de los cinco millones de habitantes de la ciudad y muchos buscan huir

MIKEL AYESTARAN

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Una patrulla talibán despliega su bandera tras tomar control de Jalalabad, en la provincia afgana de Nangarhar, ayer. FOTO: EFE

Una patrulla talibán despliega su bandera tras tomar control de Jalalabad, en la provincia afgana de Nangarhar, ayer. FOTO: EFE

La bandera blanca del emirato ondea en lo más alto del palacio presidencial de Kabul. Menos de 24 horas después de anunciar en un mensaje a la nación que había puesto en marcha «consultas» con líderes políticos y socios internacionales para encontrar «una solución política que aporte paz y estabilidad al pueblo afgano», el presidente Ashraf Ghani y su equipo más cercano de colaboradores abandonaron Afganistán.

Tras la toma de todas las capitales provinciales del país sin apenas resistencia en dos semanas, los talibanes cercaron la capital ayer por la mañana y anunciaron que estaban dispuestos a negociar una «transición pacífica», pero a las pocas horas sus tropas entraron en la capital y el presidente voló a un lugar seguro en Asia Central cerrando una etapa de dos décadas de experimento estadounidense fallido en Afganistán.

No hubo combates, no hubo resistencia de ningún tipo. La insurgencia recuperó el poder sin pegar un solo tiro, aunque esta victoria es el fruto de dos décadas de guerra en la que, pese a la superioridad militar del enemigo, nunca dejaron de pelear.

La imagen de la jornada la protagonizaron decenas de milicianos en el despacho de Ghani, en el corazón del palacio presidencial, el símbolo de un Afganistán de mentira que no aguantó ni siquiera hasta el 31 de agosto, fecha marcada por Washington para la salida de sus tropas. Mientras se sentaban en los sillones del despacho, los barbudos comparaban su éxito con el retorno del profeta Mahoma a la Meca y repetían: «Cuando Dios ayuda, el triunfo llega».

Ghani se fue, pero su gran adversario político y negociador jefe del Gobierno Abdulá Abdulá se queda, y en su página de Facebook colgó un vídeo para confirmar la salida del presidente del país. Abdulá dijo que espera que «este día y esta noche tan difíciles» pasen pronto y que la gente vea «días de paz», pero también lanzó un mensaje a su rival, de quien aseguró que «tendrá que rendir cuentas ante Dios».

Según los medios afganos, Abdulá y el expresidente Hamid Karzai estarían tratando de formar un Consejo de Coordinación para gestionar «una transferencia pacífica de poder». Fuentes talibanas aseguraron que están dispuestos a garantizar la seguridad de aquellos dirigentes que han decidido quedarse en el país.

Cerco insurgente

Tras la caída de Mazar-e-Sharif y Jalalabab, la toma de Kabul era cuestión de horas. Con las fuerzas insurgentes en la periferia de la capital, el pánico se apoderó de los cinco millones de habitantes de la ciudad que se abalanzaron a los bancos para intentar sacar dinero y al aeropuerto en busca de una salida.

El portavoz insurgente Zabihulá Muhayid explicó a través de las redes sociales que «todas las partes del país ya están bajo control del Emirato Islámico», e informó de que «hemos ordenado a todas las fuerzas que se coloquen a las puertas de Kabul, pero que no intenten entrar en la ciudad». Muhayid aclaró que, «dado que Kabul es una ciudad grande y densamente poblada, los muyahidines no tienen la intención de entrar por la fuerza, sino de hacerlo pacíficamente. Se están celebrando negociaciones para garantizar que el proceso de transición se complete de forma segura».

Los talibanes reclamaban en un principio «un Gobierno afgano inclusivo», pero tras la huida del presidente y, sobre todo, tras finalizar la evacuación de la Embajada de Estados Unidos, cambiaron de idea. Entraron en la capital, se hicieron con el palacio presidencial y pusieron guardas especiales a altos cargos como Karzai y Abdulá Abdulá. La fuerza adquirida en el campo de batalla restó importancia a la necesidad de un gobierno de transición y los insurgentes anunciaron la llegada inminente de sus líderes principales desde Pakistán y Catar.

En las afueras, grupos de vecinos gritaban «¡muerte a Ghani, muerte a Ghani!» espoleados por unos insurgentes que esperaban la orden para avanzar.

«Los talibanes no surgen de la nada y una de las causas de este avance tan rápido ha sido que siguen gozando de una fuerte red de apoyo social en todo el país. Con la victoria militar mucha gente a la que le daba miedo reconocerlo se suma también a la fiesta que supone la vuelta del emirato para sus seguidores», afirma Ahmed Waleed, uno de los directores del podcast AfghanEye, que realizó una emisión especial para seguir los acontecimientos en Kabul.

Evacuación y caos

Los mensajes de unos y otros sobre posibles acuerdos llegaron en mitad del ir y venir de helicópteros y vehículos blindados a la Embajada de Estados Unidos, en pleno barrio diplomático. Analistas como Frud Bezhan compararon la escena con la vivida en la retirada de Saigón en 1975, «todo un caos».

Fuentes oficiales estadounidenses señalaron a The New York Times que el enviado estadounidense a Afganistán, Zalmay Khalilzad, habría pedido a los insurgentes aplazar su entrada a la capital hasta que ellos terminasen la evacuación. Y esta fue la premisa que se cumplió. Los talibanes no avanzaron hasta saber que el embajador estadounidense ya estaba en la pista de despegue con la bandera nacional en sus manos.

Las referencias a Vietnam fueron constantes en toda la jornada y los analistas afganos no olvidaron las palabras del presidente Joe Biden del pasado 8 de julio cuando aseguró que «bajo ninguna circunstancia se verá a gente subida al tejado de la Embajada». Se equivocaba, porque apenas 40 días después los Chinook se emplearon a fondo para sacar a todo el personal en una jornada que pasará a la historia como un ejemplo del fracaso de estas dos últimas décadas de experimento estadounidense en Afganistán.

Kabul es el centro de las miradas mundiales, pero en la jornada negra de ayer para las autoridades locales los talibanes avanzaron hasta Bagram y se hicieron con el control de la base en la que tampoco encontraron resistencia alguna.

Por si esto fuera poco, la insurgencia capturó la frontera de Torkhan, paso principal hacia Pakistán, y ya tienen todos los pasos fronterizos del país. Veinte años después, los talibanes disponen de un control de Afganistán que nunca alcanzaron en los cinco años de emirato entre 1996 y 2001. Arranca una nueva era en un país que regresa a ese 2001 en el que la invasión estadounidense echó del poder a los islamistas. Arranca la era del mulá Hebatulá Ajundzada, un líder al que corresponde dirigir a los talibanes del siglo XXI.

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