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Los talibanes reprimen a tiros las primeras protestas civiles

Miles de personas se echaron a las calles para exigir respeto a la bandera afgana frente a la del emirato, y al menos tres personas fueron abatidas por las nuevas fuerzas de seguridad

MIKEL AYESTARAN

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Los mulás Khairullah Khairkhwa (i) y Abdul Salam Hanafi (c), el martes en Kandahar, en una comparecencia ante periodistas. FOTO: STRINGER/EFE

Los mulás Khairullah Khairkhwa (i) y Abdul Salam Hanafi (c), el martes en Kandahar, en una comparecencia ante periodistas. FOTO: STRINGER/EFE

Los talibanes comienzan a tener los primeros problemas desde que se hicieron con el poder y tuvieron que sofocar por la fuerza manifestaciones en ciudades como Jalalabad, a 150 kilómetros de la capital. Miles de personas se echaron a las calles para exigir respeto a la bandera de la república islámica, la enseña tricolor del anterior Gobierno y, según los medios locales al menos tres manifestantes fueron abatidos por disparos de las nuevas fuerzas de seguridad. La prensa también fue objetivo de los islamistas y los periodistas de varios medios locales que intentaban grabar imágenes del cambio de bandera fueron golpeados. En Khost, al sureste del país, también hubo movilizaciones y en las redes sociales se difundieron imágenes en las que se podían ver cientos de personas en las calles.

El otro punto de oposición a los islamistas llegó desde la provincia del Panjshir. En ese valle de difícil acceso el vicepresidente del gobierno anterior, Amrullah Saleh, hizo un llamamiento a la resistencia armada y dijo que, tras la huida de Ashraf Ghani, él es el nuevo presidente legítimo según la Constitución.

Aunque los talibanes tratan de difundir estos primeros días una imagen amable del movimiento, la incertidumbre es enorme. En las calles de Kabul, de donde llegan cada día imágenes de talibanes comiendo helados, en el gimnasio o en autos de choque, se respira una aparente normalidad. A.N. es uno de los afganos que espera la llamada de la Embajada de España para ser evacuado. Vive días de «miedo, mucho miedo porque se pueden vengar de mi por mi trabajo con tropas extranjeras. Yo, además, escribo libros y seguro que su contenido no le gusta al Emirato por lo que debo salir lo antes posible». Su familia permanece en casa, pero él sale a la calle y confiesa que «en estos primeros días se muestran flexibles, al menos en Kabul. No hay obligación de dejarse barba, ponerse el burka o de no poner música, pero por si acaso no nos afeitamos, nuestras mujeres se cubren con el burka y nadie pone música. No sabemos cómo serán las nuevas normas, pero sabemos como fueron entre 1996 y 2001».

La falta de confianza de algunos afganos en el cambio de actitud que aparentan los talibanes contrasta con la opinión del jefe de la Defensa de Reino Unido, Nick Carter, quien en declaraciones a la BBC pidió «ser paciente con ellos, contener nuestros nervios y darles tiempo para formar gobierno. Puede que estos talibanes sean distintos a los que recordamos de los años noventa». Una afirmación más fácil de realizar a miles de kilómetros de Kabul que cuando uno espera con miedo una evacuación por su colaboración con las fuerzas de la OTAN.

La situación de la mujer en el emirato es uno de los temas que más preocupa a los organismos de derechos humanos. Los talibanes aseguraron que respetarían sus derechos dentro de los márgenes de la ley islámica, pero con la interpretación rigorista que hacen de la misma se teme un regreso a lo vivido en la etapa anterior de su mandato.

Fatana Gailani, responsable del Afghanistan Women Council, en una entrevista a Al Jazeera pidió a los nuevos mandatarios que hagan público «su programa de futuro respecto a las mujeres». La veterana activista aseguró «no tener miedo», pero exigió saber «qué tipo de sharia van a imponer. Somos mujeres musulmanas, no tememos a esta ley, pero queremos saber qué pasará con nuestros derechos». Esto, como el resto del programa talibán, es una incógnita que se resolverá con el paso de los días.

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