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Catalunya se asoma a un tablero ingobernable

Hay riesgo de un Parlament tan fracturado que imposibilite investir al nuevo President y obligue a una repetición de las elecciones

Ramón Gorriarán

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Mariano Rajoy convocó las elecciones en Catalunya el 21 de diciembre con la idea de que iban a ser la solución, de que devolverían la normalidad a la política catalana y de que abrirían una nueva etapa. «Ahora viene una temporada de gestión tranquila», ha pronosticado la vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría. Pero la realidad puede ser otra, y no porque la victoria caiga del lado independentista sino porque el resultado que surja de las urnas dibuje un escenario ingobernable, similar al que se vivió en España tras los comicios generales de diciembre de 2015 y su repetición en junio de 2016.

Con los datos demoscópicos que se manejan hasta ahora, nadie, ni los independentistas ni los constitucionalistas, tiene asegurado el triunfo. Esquerra, PDeCAT y la CUP perdieron la batalla de la ruptura unilateral, pero no se han rendido. Solo se plantean reescribir la partitura con un cambio de estrategia y el abandono de la unilateralidad, entrar en una fase de acumulación de fuerzas mediante consensos más amplios y un manejo más prudente de los tiempos. Las encuestas por ahora les sonríen, aunque lo justo, porque auguran una apretada mayoría soberanista en el próximo Parlamento catalán. Ciudadanos, PSC y PP han parado la fractura, se sienten más fuertes, pero tampoco cantan victoria porque no la tienen garantizada. De hecho, los sondeos les sitúan lejos de los 68 escaños de la mayoría absoluta en la Cámara autonómica.

Pero todos, tirios y troyanos, comparten que esos estudios tienen poca fiabilidad a un mes de las elecciones. Están hechos -argumentan los expertos pero también los partidos sin distinción de color- antes que se conocieran los avatares judiciales y políticos posteriores a la declaración de independencia y cuyos efectos son una incógnita. 

Tampoco tienen en cuenta que el soberanismo acude con tres candidaturas, una división que no se sabe si al final sumará o restará. Del mismo modo, no recogen los fichajes del PSC para echar las redes en el caladero catalanista moderado ni el acuerdo entre Catalunya en Comú y Podemos. En definitiva, faltan datos sustanciales.
A pesar de ello, hay análisis coincidentes entre las fuerzas políticas. En primer lugar, el del riesgo de un Parlament tan fracturado que imposibilite la investidura del nuevo president de la Generalitat y obligue a una repetición de las elecciones. Los puentes entre constitucionalistas e independentistas se han dinamitado. Pero ha surgido una nueva idea en el debate, transversalidad para la búsqueda de nuevas mayorías. A ella apelan los socialistas para encontrar alianzas con el PDeCAT o Esquerra siempre que arrumben sus planteamientos separatistas, y también se dirigen con esa idea a la coalición de Catalunya en Comú y Podemos. El PSC, dicen sus dirigentes, no se ve con la única compañía del PP y Ciudadanos. No es el único, la candidata naranja, Inés Arrimadas, también ha interpelado sin demasiada fe a la líder de los comunes, Ada Colau, para abrir la puerta a una alternativa. El que está encastillado en la pureza constitucionalista es el popular Xavier García Albiol, que solo contempla acuerdos en ese campo.

El coste de la gobernabilidad

En la galaxia soberanista, solo se abre la puerta, y con reparos, a En Comú Podem-Catalunya en Comú. El republicano Oriol Junqueras ha hecho un par de guiños a los comunes sin respuesta clara. La CUP, como los populares con lo suyo, se siente depositaria de los principios independentistas y no está cómoda con esos escarceos con los comunes. 

Así las cosas, dos fuerzas parecen predestinadas a tener las llaves de la gobernabilidad, En Comú Podem-Catalunya en Comú y el PSC. El coste, se inclinen por donde se inclinen, será alto para ambos. Los comunes, aunque sus líderes empatizan con los postulados soberanistas, tienen un electorado partido casi por la mitad. El acuerdo con PP, Ciudadanos y PSC ni entra en su imaginario.

Los socialistas lo tienen aún más complicado, ni están a gusto con lo que tienen a su derecha ni les entusiasma lo que ven enfrente, salvo que se produzca una reconversión sincera de los secesionistas que no se atisba. Los requiebros autocríticos de los últimos días son, a juicio del PSC, maniobras mendaces para justificarse ante sus seguidores y ante los tribunales.

A la luz de estos movimientos, el tablero postelectoral de Cataluña tiene visos de ser endiablado, cuando no ingobernable

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