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La mala suerte del ingeniero Pau Pérez, víctima número 15 de los atentados de Barcelona

Antes había trabajado en las bodegas Miguel Torres, en La Caixa y también probó suerte en una panadería. Había sido futbolista aficionado

Diari de Tarragona

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Pau Pérez, como solía hacer cuando se desplazaba a Barcelona, iba a aparcar su coche, un Ford Focus blanco, en la Ciudad Universitaria. Era entre las seis y veinte y seis y media de la tarde, según explicó ayer el mayor de los Mossos d’Esquadra, Josep Lluís Trapero, cuando apareció por allí Younes Abouyaaqoub, que una hora antes había abandonado en la Rambla, frente al mercado de la Boquería, la furgoneta con la que había dejado un reguero de 13 cadáveres y más de cien heridos. Abouyaaqoub le hizo salir, le apuñaló, colocó su cadáver en el asiento de atrás, se puso al volante y huyó por la Diagonal en busca de una salida de Barcelona, para entonces una ciudad enjaulada.

El Ford Focus se topó con un control policial a la altura de Esplugues de Llobregat. Abouyaaqoub  se saltó el control y arrolló a una sargento de los Mossos. Los policías dispararon contra el vehículo hasta perderlo de vista. Lo encontraron en Sant Just Desvern cerca de las ocho. Había un cadáver dentro. En un primer momento, las fuerzas de seguridad pensaron que habían abatido a uno de los terroristas, pero al lado del cuerpo había una mochila. 

Los artificieros
Los protocolos policiales establecen que en estos casos se debe requerir la presencia de los artificieros, que se presentaron en el lugar y descartaron que hubiera explosivos en la bolsa. Los ‘mossos’ descubrieron entonces que no fueron sus balas las causantes de la muerte del ocupante del asiento trasero. Había sido apuñalado. Pero en la confusión del momento no se le consideró una víctima de los yihadistas; es más en un primer momento se pensó que era un cómplice o un miembro más de la célula. 

Abouyaaqoub le hizo salir, le apuñaló, colocó su cadáver en el asiento de atrás, se puso al volante y huyó por la Diagonal

Han hecho falta cuatro días para que se confirmara de forma oficial, aunque fuentes de la investigación ya apuntaban en esa dirección, que Pau Pérez, de 34 años, había sido asesinado por el conductor de la furgoneta de la Rambla, y que no tenía nada que ver con los atentados. 

Era la víctima número 15, se sumaba a las 13 de Barcelona y a la mujer atropellada por los yihadistas en Cambrils. Con una particularidad, murió sin estar en el escenario de los atentados. Puñetera mala suerte.

En su familia, residente como él en Vilafranca, no se explican qué hacía en Barcelona. Había estado unos días de vacaciones en la localidad castellonense de Benicassim con sus tíos, primos y una abuela. El miércoles regresó a Vilafranca del Penedès y durmió en la casa de sus padres, José María, natural de Navalmora de la Mata, en Cáceres, y Conchita, burgalesa. El jueves se fue a Barcelona no se sabe a qué pues nada dijo. No iba mucho a la capital catalana, y cuando lo hacía aparcaba en la Ciudad Universitaria, una de las pocas zonas de la ciudad con estacionamiento gratuito, y de ahí se desplazaba en autobús a donde tuviera que ir.

Soltero y sin hijos, ahora trabajaba en la Seat. Era ingeniero electrónico, pero un culo inquieto, al decir de sus amigos. Antes había trabajado en las bodegas Miguel Torres, en La Caixa y también probó suerte en una panadería, según cuentan en su círculo cercano. Había sido futbolista aficionado, jugó en las categorías inferiores del equipo del pueblo, el Vilafranca F. C. y también en la Agrupaciò Esportiva de la localidad vecina de Moja. 

También colaboró con varias organizaciones no gubernamentales, sobre todo en Haití, país al que viajó tras el terremoto de 2010.

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