Este sitio web puede utilizar algunas "cookies" para mejorar su experiencia de navegación. Por favor, antes de continuar en nuestro sitio web, le recomendamos que lea la política de cookies.

«Los turistas no tienen memoria»

Un año después de los atentados de Las Ramblas nada recuerda la masacre, más allá de los nuevos bolardos que cierran el paseo. La mayor parte de visitantes son ajenos a lo que pasó

Diari de Tarragona

Whatsapp
Unos turistas paseando por las Ramblas de Barcelona, el lugar donde se produjo el atropello mortal durante los atentados del 17 de agosto de 2017.  FOTO:efe

Unos turistas paseando por las Ramblas de Barcelona, el lugar donde se produjo el atropello mortal durante los atentados del 17 de agosto de 2017. FOTO:efe

«Los turistas no tienen memoria». Cinco palabras certeras le bastan a José Moyá para retratar, con una fidelidad que asusta, la realidad con la que convive cada día: la de ver a miles de personas paseando por Las Ramblas de Barcelona totalmente ajenas a lo que ocurrió hace un año. Moyá, sin embargo, no podrá olvidar nunca lo que tantos turistas no recuerdan. Él estaba allí a las 16.57 horas de aquel jueves 17 de agosto de 2017. Estaba en la puerta de su puesto de flores, en el número 11 del bulevar, el Moyashop, casi frente al mercado de La Boquería. «La furgoneta –rememora– me pasó a menos de un metro tras llevarse por delante uno de mis expositores».

Sus palabras, aunque él dice que entiende que la «vida sigue», tienen cierto tono de reproche a los que pasan sin dedicar un simple pensamiento a las 16 personas asesinadas por la furgoneta de Younes Abouyaaqoub. «Solo los primeros días, cuando esto se convirtió en un altar improvisado, la gente se paraba. Luego, cuando a los pocos días desaparecieron las flores, todo volvió a la más absoluta normalidad, como si nada hubiera ocurrido», relata con pesadumbre Moyá, al tiempo que despacha pequeños cactus a los turistas, producto estrella de su puesto.

«Es una sensación extraña»
«Es una sensación extraña seguir trabajando aquí. A veces, cuando estoy en la faena, todavía me vienen a la mente los sonidos de los golpes secos de los atropellos. Todavía me veo mirando hacia un lado al tiempo que el panel blanco de la furgoneta se me viene encima. A veces parece que fue ayer. Pero otras veces, cuando observas el bullicio del paseo, parece que todo ocurrió hace más de diez años», abunda el florista, que todavía recuerda como «Las Ramblas fueron como cortadas como un puñal» al paso de la furgoneta.

Esas Ramblas bullen, mientras José Moyá, absorto en los recuerdos que solo él parece conocer, relata cómo ayudó a una pareja de ancianos (él, en silla de ruedas) aquel fatídico jueves y cómo cerró su puesto de flores para convertirlo en refugio de los heridos. A solo unos metros de su tienda un guía explica a un grupo de estudiantes de Wisconsin el trabajo de Joan Miró. Los jóvenes norteamericanos están justo encima del famoso mural del artista catalán. Es precisamente el lugar exacto en el que la furgoneta de Abouyaaqoub terminó su carrera asesina tras recorrer en zigzag 530 metros de Las Ramblas. 

El guía se vuelca en las explicaciones sobre el mural de Joan Miró pero ni una palabra del 17-A

El guía se vuelca en las explicaciones sobre Miró, pero ni una palabra del 17-A. «Esto es un ‘tour’ turístico, disculpa. No vienen a hacer un ‘tour’ del atentado», apunta con malas formas el guía al periodista. De la veintena de estudiantes estadounidenses a solo dos chicas, Nancy y Estella, les suena que en Barcelona hubo hace un año un atentado yihadista, pero ni idea de que fue exactamente aquí.

Una improvisada encuesta no es mucho más halagüeña. De la quince de personas escogidas al azar en el lugar solo tres –un italiano, un alemán y una francesa– son conscientes de que pisan la acera en la que fueron atropelladas más de un centenar de personas el pasado agosto. Al resto, les suena a chino. El experimento (nada científico) parece darle la razón al florista.

«No piensan en esto»
«Nadie se acuerda. O casi nadie. Solo cuando hay un ruido fuerte, como un camión de la basura recogiendo o alguien tirando vidrios en un contenedor, ves que alguno se asusta demasiado, pero eso es todo», relata David Pont, dependiente en un puesto de ‘souvenirs’, delante del popular hotel Royal de Las Ramblas. «Los turistas no piensan en eso. Yo diría que, incluso, hay más gente por aquí que el año pasado», afirma Pont, mientras el continuo ruido de las ruedas de las maletas traqueteando sobre la acera casi impide escuchar sus palabras. Pont, como la gran mayoría de los dependientes de la zona (con contratos temporales), no estaba el 17-A.

Sin apenas testigos de lo que aquí ocurrió y sin una placa en memoria de los fallecidos, solo algún coche de los Mossos atravesado en Las Ramblas y los bolardos que el Ayuntamiento de Ada Colau decidió colocar a los pocos días de la masacre recuerdan lo ocurrido. Quince cubos de hormigón blanco y doce pivotes de metal barrean ahora el acceso a Las Ramblas desde la Plaza de Catalunya, el lugar escogido por el terrorista para acceder al bulevar. En dos de esos pilotes alguien ha escrito en inglés y castellano: «Too late». «Demasiado tarde».

Temas

Comentarios

Lea También