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Catalunya ENTREVISTA

Yasmina Khadra: «La cultura es la base de cualquier emancipación»

El autor argelino vuelve a desgranar las pasiones humanas en ‘La deshonra de Sarah Ikker’, una novela de intriga ambientada en Tánger, que es la excusa para hacer una prospección social

GLORIA AZNAR

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El escritor argelino Yasmina Khadra en un momento del BCNegra, que recientemente se ha celebrado en Barcelona. FOTO: ALIANZA EDITORIAL/CEDIDA

El escritor argelino Yasmina Khadra en un momento del BCNegra, que recientemente se ha celebrado en Barcelona. FOTO: ALIANZA EDITORIAL/CEDIDA

Yasmina Khadra es el escritor en lengua francesa más traducido, en más de 45 países. Con más de 20 libros en su haber, destacan El atentado, Lo que el día debe a la noche, Dios no vive en La Habana o Las sirenas de Bagdad. Muchas de sus historias han sido llevadas al cine y también al teatro. Precisamente su best-seller Las golondrinas de Kabul se estrena hoy en España de la mano de la distribuidora Night Drive. Este año acaba de publicar La deshonra de Sarah Ikker (Alianza Editorial), relato ubicado en Marruecos, sociedad que radiografía a través de los problemas de una pareja. Una novela de intriga que, como es habitual en el escritor argelino, es la excusa para abordar temas como la corrupción, la diferencia de clases, el ansia por llegar a las costas europeas o algunas polémicas leyes que todavía perviven en el país norteafricano.

Ha centrado ‘La deshonra de Sarah Ikker’ en Tánger a petición de un grupo de mujeres. Sin embargo, ¿cree que la protagonista las representa?

No, para nada. La historia es particular. Es el relato de una pareja que se ha visto rota por un episodio desgraciado. Y esto simplemente es una entrada en materia para poder hacer un poco de prospección del país a través de su cultura, su mentalidad, su concepción de la pareja... Esas cosas.

En su libro retrata una diferencia abismal entre las clases sociales. ¿Es posible ascender socialmente en Marruecos?

Pues depende un poco de las casualidades, del azar. Lo que yo sé es que los pobres normalmente siguen siendo pobres y los ricos se hacen cada vez más ricos y eso creo que es válido tanto para Argelia como para Túnez, Francia o España. La fractura social que existe en nuestros países, en el Magreb, es vertiginosa.

Usted lucha por un gran Magreb, ¿cree que la cultura puede ayudar a que desaparezcan esas fronteras entre Marruecos, Argelia y Túnez?

La cultura es la base de cualquier emancipación en el mundo. Sin cultura lo único que se puede hacer es ir hacia atrás, descomponerse y caer en la barbarie. Así que para cambiar las mentalidades hay que hacerlo a través de las artes y la literatura porque son las únicas herramientas posibles de emancipación. Las naciones no las forman los políticos. Las naciones son los artistas, son los escritores, los intelectuales, los cineastas... Es decir, toda la gente que arroja un tanto de luz en nuestras vidas.

«El repudio debería estar prohibido. Hay que generalizar el divorcio sin olvidar, como se olvidan, los derechos de las mujeres»

Sus páginas también destilan corrupción. Sin embargo, no es algo único de Marruecos.

No. Yo nunca he dicho eso. La corrupción es el deporte planetario por excelencia en la actualidad. Todos los que tienen poder intentan tener la máxima cantidad de dinero posible y todos los que tienen dinero intentan acceder al poder. Y para ello es necesario que corrompan. La corrupción es algo que podemos encontrar en lugares como La Meca, el Vaticano, China y El Salvador, sin problema alguno.

¿Cómo se vive la emigración y la muerte continuada de personas en el Mediterráneo desde este otro lado del mar?

La emigración es la búsqueda neurótica de la felicidad. En África, la gente vive tan desgraciada que prefiere morir antes que seguir sufriendo un martirio cotidiano. Así que la idea de ir a otra parte se convierte en una especie de acceso a la supervivencia. No sorprende para nada que la gente intente huir de su miseria porque la miseria cosifica los seres humanos y la única manera de seguir siendo humano es soñar.

Soñar con Europa...

Europa y Occidente parecen un poco lugares de sueño. No hay que impedir a la gente que sueñe, aunque sí que se puede ayudar a que intente cumplir los sueños en su propio país. Pero desgraciadamente, las grandes potencias industriales impiden a los africanos que puedan soñar en sus propios países.

Algunas de las frases contra el machismo las pone usted en boca de Narimène. ¿Cómo ve a la mujer en el Magreb?

Queda todavía una larga andadura. Pero las mujeres tienen unas buenas piernas, tienen piernas sólidas y estoy convencido de que algún día finalmente alcanzarán su objetivo. Y entonces se producirá la emancipación de toda la nación y no solo de las mujeres.

«Desgraciadamente, las grandes potencias industriales impiden a los africanos que puedan soñar en sus propios países»

¿Cree que en el Magreb hay una mentalidad medieval como dice Sarah Ikker en su novela?

No, para nada. Tenemos tradiciones que son singulares, que nos impiden evolucionar de una manera suficientemente sana, pero también somos muy abiertos al mundo occidental. Quedan algunos islotes de resistencia que podemos combatir precisamente gracias a la cultura.

Una frase que me sorprendió es la que dice que en la pareja siempre hay una madre y un niño mimado. ¿Cree que es así?

Sí. Pero tanto en Oriente como en Occidente. El hombre se hace mimar por su esposa, siempre. Se convierte en el niño mimado y como además es un ingrato, no sabe ser agradecido.

¿Quién pierde el honor, Sarah o Driss?

En esta novela es, ante todo, Driss. Y se entenderá por qué.

¿Todavía existe el repudio en Marruecos?

Sí.

¿Qué es más fuerte, el repudio legal o el repudio social?

En ambas situaciones cualquier repudio es realmente muy difícil de vivir. Pero creo que el repudio de la pareja es mucho más violento incluso que el social.

¿Normalmente, quién es el repudiador y quién es el repudiado?

Siempre es el hombre el que repudia a la mujer. Precisamente por eso hay una injusticia social muy concreta y es algo que debería estar prohibido. Hay que generalizar el divorcio, sin olvidar, como se olvidan los derechos de las mujeres. Porque en nuestro país la mujer está muchísimo más mermada que el hombre.

«Las naciones no las forman los políticos. Las naciones son los artistas, son los escritores, los intelectuales, los cineastas...»

Como escritor, ¿estaría dispuesto a acabar en la cárcel como reflexiona el secretario particular del comisario, Slimane Rachgoune?

Personalmente, defendería mi texto y lucharía contra los que quisieran meterme entre rejas porque mi libertad es básica y no permitiré que nadie la toque.

Esta novela es el inicio de una trilogía.

Espero.

¿Pero volveremos a encontrarnos con Driss Ikker?

Sí, sí. Volveremos a encontrarnos de nuevo con diversos personajes, puesto que hay una continuación. La historia no ha terminado aquí.

Por cierto, no cuadra muy bien la supuesta integridad del teniente con su primera escena.

Precisamente esa es la ventaja de La deshonra de Sarah Ikker. El lector tiene que preguntarse cómo un tío íntegro ha llegado a ese estado y al final del libro ya entenderá el motivo.

¿Nos podría decir de qué tratará su próximo libro?

Pues no. Hay que esperar a que llegue la traducción en castellano y precisamente España es el país que más me traduce. Lo ha hecho con todos mis libros.

¿Le aporta algo la escritura que no le aportara el Ejército?

La escritura me aporta todo lo que el Ejército me quitó.

Usted adoptó el seudónimo de Yasmina, que en castellano significa jazmín, ¿le gusta esta flor?

La mía, me encanta.

El autor
Mohammed o Yasmina 

Yasmina Khadra es el seudónimo femenino del excoronel argelino Mohammed Moulessehoul. En 1964 su padre lo matriculó en una academia militar, profesión que enseguida compaginó con la literatura.

En 1989, tras haber publicado seis obras con su nombre real, se refugió bajo el seudónimo para evitar la autocensura que marcó sus primeras novelas y poder adentrarse con mayor libertad en la recreación de la Argelia de su tiempo, marcada por el antagonismo entre el gubernamental FLN y el FIS islamista, que pronto dio lugar a una auténtica guerra civil en la que Moulessehoul, como miembro de las fuerzas armadas, combatió.

El seudónimo lo forman los dos nombres de su esposa.

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