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Cambrils, orgullo y paz

La villa marinera retoma el pulso tras el ataque terrorista la madrugada del viernes. Los ciudadanos desafían al miedo e intentan enseñar normalidad. Las calles, poco a poco, recobran la luz

Marc Libiano

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Imagen del minuto de silencio tras el intento de atentado terrorista en Cambrils. Foto: Alba Mariné

Imagen del minuto de silencio tras el intento de atentado terrorista en Cambrils. Foto: Alba Mariné

En la licorería de Mercè, Jomari y Siscu, lugar de culto en la enciclopedia de la villa marinera, han limpiado el escaparate para decorarlo con un inmenso globo blanco y el mensaje innegociable. ‘Cambrils, t’estimo’. Ni siquiera se han consumido 48 horas después de la barbarie humana que ha amenazado la integridad de ese lugar con olor a mar salada. Quizás, los terroristas no conocían que el alma de Cambrils anda cosida de valentía. Los restauradores, los comerciantes, los obreros, sus gentes, a fin de cuentas, han desafiado al miedo. Acuden a sus obligaciones con ese orgullo que siempre distinguió a los cambrilenses, da igual pescadores o vileros. Ni siquiera la advertencia de la muerte les ha hecho abandonar sus tradiciones, sus raíces, ese status vital que defienden a capa y espada. Así conviven en un pueblo que ha enseñado su capacidad integradora, que se desvive para entregar servicios a los turistas que pretenden invertir su tiempo libre y el fino paladar en él.

David exhibe virtudes artísticas en el local que dispone a pocos pasos del lugar del terror, en pleno apogeo del puerto. ‘No tenim por’ colorean la pinturas del buen gusto y esas manos privilegiadas. En las calles donde todavía existe el rastro sangriento de la pesadilla, los chascarrillos no cesan. Cada corrillo es monotema. Algunas miradas todavía desprenden lágrimas. Las cámaras y los micros mediáticos inundan la zona, también los abrazos a los héroes de seguridad que evitaron la masacre. Cambrils no olvida y aplaude a los que luchan por su salud. El politiqueo y los mensajes oficiales no alborotan la ‘normalidad’, aunque reina en el clima un murmullo preocupante. El miedo al miedo.

A primera hora de la noche, Xavi, un cambrilense de la vieja escuela, hasta la médula, publica un mensaje que se convierte en viral por las redes sociales. Se trata de un llamamiento insistente a los hábitos, a la fidelidad turística, a dar ejemplo ante los visitantes. Que la estampa bella de goteo humano en el pueblo, en pleno mes de agosto, no la rompa el terror. Resistir a la amenaza cobarde de las armas con paseos eternos a la vera del mar. Mostrar al mundo que Cambrils es un nido de paz, no un campo de batalla. Siempre fue así.

Probablemente no existe mejor homenaje a los que esquivaron las balas, a los que protegieron a sus hijos entre disparos y carreras, a aquellos que ofrecieron sus casas, sus locales o tendieron su mano ante el peligro de la muerte durante esa noche desgraciada, que abrir las puertas de la ciudad, salir a la calle, sonreír y revelarse ante el terrorismo. Así lo ha decidido Cambrils, que también recuerda con nostalgia, mientras retoma el pulso, a esa víctima que perdió la vida sin esperarlo, una noche de verano en la que sólo aspiraba al disfrute.

A menudo, Franc Artiga, uno de los técnicos más admirados del fútbol formativo del Barcelona, me advierte “recuerda que somos del mejor pueblo del mundo”. Me he acordado mucho de ello en las últimas horas. Esa fortaleza ante la tragedia, ese orgullo cambrilense, me ha hecho sentir lo mismo que siente Franc. Sobre todo tras esa noche de insomnio, de tristeza y miedo. El que produce el ruido del fuego, los gritos de auxilio. El que produce padecer en silencio por esa persona influyente en tu vida, inmersa en una guerra surrealista simplemente con el afán de resguardar la vida de los demás. Mientras, el rock and roll sigue sonando en la licorería de Mercè. Bonita señal. Hay vida.

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