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'Convivimos dos mercadillos casi todo el año, el legal y el ilegal'

Los paradistas del mercado ambulante de l'Hospitalet de l'Infant lamentan que la situación ha empeorado en los últimos años

Mònica Just

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A la derecha, una parada de fruta y verdura, en uno de los extremos del mercado. Justo detrás empieza el mercadillo del ‘top manta’  FOTO: m. j.

A la derecha, una parada de fruta y verdura, en uno de los extremos del mercado. Justo detrás empieza el mercadillo del ‘top manta’ FOTO: m. j.

Son las 12.30 horas de 11 de noviembre. Es un día radiante. El mercado ambulante de L’Hospitalet de l’Infant luce su género entre un goteo constante de clientes, que aprovechan el llamado Estiuet de Sant Martí para pasear y hacer algunas compras. Pero lo que se encuentran son dos mercados paralelos, uno a continuación del otro. El legal, y el ilegal. Y es que los marchantes se ven obligados a convivir durante prácticamente todo el año con el fenómeno top manta. Algo que, si bien inicialmente se concentraba sobre todo en los meses de verano, ahora aseguran que tiene presencia en el paseo marítimo cada domingo y durante casi todo el año.

«Nosotros pagamos impuestos y en cambio ellos se instalan aquí sin gastos. Yo hoy he hecho 60 euros de caja. Y tengo que pagar los impuestos, la ocupación de la vía pública, los autónomos... Ellos simplemente se instalan aquí y a vender», explica Noemí, quien asegura que para poder tener su parada paga un canon anual de 1.100 euros. Esta vendedora es consciente de que la situación no es sencilla. De que cuando hay presencia policial, el mercado ilegal se disuelve, pero en el momento en el que los agentes se marchan, los manteros regresan a sus puestos. «Cada vez hay más», lamenta, contemplando el medio centenar de mantas tendidas unos metros atrás. Noemí también se muestra comprensiva con la situación de los vendedores del top manta y asegura que entiende que deben ganarse la vida. «Pero al menos que paguen, como todos», lamenta. Y recuerda el caso de un florista que estuvo años con  parada en el mercadillo, «pero luego tuvo una mala racha y no podía pagar. Así que le echaron», añade mientras intenta sumar algunas ventas más.

Cinco años atrás
Otro vendedor que tiene una parada de ropa desde hace cerca de una década y que prefiere mantener el anonimato recuerda lo vivido también en otros municipios donde instalan sus paradas. «En Tortosa vinieron los antidisturbios y se acabó el problema. Y en Vinaroz», explica. Reconoce que todo empezó a empeorar hace unos cinco años. Y quiere dejar claro que no tiene nada en contra de los vendedores del top manta. Solo quiere que se regularice. «Se podría crear, por ejemplo, un mercado diferente y alternativo donde puedan tener cabida, y que se celebrara otro día, explica el comerciante, procedente de la zona del Delta de l’Ebre.
A pocos metros de distancia está la parada de Jose. Prácticamente en la mitad del largo mercado que recorre el paseo marítimo. «El año pasado vinieron varias furgonetas de los Mossos pero no pudieron echarlos. Hay que buscar otra solución. Y es algo que debe venir de más arriba que de un Ayuntamiento», apunta el paradista, quien señala que hace años que viven esta situación pero que últimamente ha empeorado. Y es que ayer podían contarse unas 50 mantas tendidas en el paseo marítimo, con figuras de madera, zapatillas, bolsos, camisetas deportivas y muchos más objetos, mayoritariamente ropa y complementos. «Pero no es suficiente hacer que paguen por instalarse allí. Porque hay otro problema: casi todo lo que venden es producto falsificado», remarca, lamentando que la situación se repite todo el año, tanto en L’Hospitalet como en el paseo de Miami Platja. «Convivimos dos mercadillos paralelos. El legal, y el ilegal, y se llevan parte de la clientela», lamenta Jose. Él insiste en que la solución debe llegar de arriba. «Un agente o dos de policía no pueden hacer nada. Es mucho más complejo» , manifiesta.

«Lo mejor posible»
Mientras, reconoce que él no tiene más herramientas que «hacer mi trabajo lo mejor posible. Dentro de lo malo, lo buenos es que se ponen fuera y al menos podemos mantener nuestro espacio. También es comprensivo: «Tienen que ganarse la vida. Si no vendieran, ¿qué harían para poder comer?», se pregunta. Cree que echarlos o utilizar la fuerza no sería la mejor solución. Y que habría que apostar por la regulación. Por el control. «Lo suyo sería  dar con alguna alternativa. Pero insisto, lo que venden no es legal», añade.
La mayoría de clientes son conscientes de la situación y compran en los puestos legales. «Hay que ayudar a la gente que hace bien las cosas. No fomentar las prácticas ilegales», señala María, una asidua a los mercados ambulantes que ya conoce dónde está el género que más le gusta. Pero también los hay que no lo ven como un problema. «Si no estuvieran aquí, no compraría. No tengo mucha información, pero veo que están instalados en el paseo y venden productos bonitos», señala Isabelle, una turista irlandesa que pasa unos días de desconexión en la Costa Daurada.

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