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El arqueólogo que sirve café

Albert Vilaseca ha dejado de excavar para abrir un bar situado en los bajos de su casa, Cal Panxo, una mansión indiana con mucha historia en Torredembarra

Jordi Cabré

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En las paredes del local está la historia de sus antepasados y de la casa del siglo XVIII.

En las paredes del local está la historia de sus antepasados y de la casa del siglo XVIII.

Albert Vilaseca lleva tiempo alejado de la arqueología. La última aparición con eco mediático fue en 2011, cuando explicó el hallazgo por parte de su empresa, Cota 64, de un millar de monedas de la Guerra del Francès en un solar de la plaza del Rei.

Desde entonces la vida le ha cambiado a este torrense de 54 años. Una enfermedad y un cambio de estilo le han marcado. Hace un par de años decidió abrir un bar en los bajos de su casa, en la calle Antoni Roig.

No es una casa cualquiera, es Cal Panxo, una de las mansiones de los indianos torrenses que se reformó a partir de 1861 con Francisco Gatell, el primer Panxo (el sobrenombre que tenía esta familia con negocios en Matanzas, Cuba).

La casa no ha cambiado en 150 años y sólo los electrodomésticos y los puntos de luz recuerdan que la propiedad se halla en el siglo XXI.

Se cansó de la burocracia de la arqueología y cerró su empresa, Cota 64.

Precisamente en lo que en su día fue la entrada de los caballos hasta la cuadra se ha reconvertido con los años en tiendas y ahora en el bar Els 4 Panxos. «Me planteé ponerle el nombre de Els 5 Panxos, pues soy la quinta generación de Francisco Gatell, el primer Panxo de esta casa, pero comercialmente vende más como los 4 Gats», razona Vilaseca.

El local, al igual que la casa, rezuma historia. Un proyector pasa sin interrupciones imágenes antiguas de excavaciones donde Vilaseca ha participado en sus casi tres décadas de arqueólogo profesional. Las paredes tienen imágenes del pasado indiano de la casa y un elenco de fotografías en color sepia de las generaciones de Cal Panxo.

El local también es una sala de exposiciones. Empezó con vestidos de Conxita Gatell, la hija del primer propietario, y ahora tiene otra de pinturas. «Además de tomar un café, este es un lugar reservado para la cultura y la historia», concluye Vilaseca.

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