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El negocio turístico de la provincia, en manos de unos pocos

Los grandes caseros controlan más de la mitad de la oferta que se publica en Airbnb

Raúl Cosano

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FOTO: DT

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El negocio turístico de la provincia, en manos de unos pocos. La supuesta economía colaborativa, filosofía de las plataformas de intercambio de pisos turísticos, está más en entredicho que nunca.

Una disección en profundidad, a cargo del proyecto DataHippo, de la oferta en webs como Airbnb o HomeAway permite ver por primera vez quién está detrás de cada anuncio de pisos turístico.

¿El resultado? Que más de la mitad de la oferta permanece en manos de unos pocos anfitriones o caseros, en algunos casos empresas. Esa situación es especialmente llamativa en aquellos municipios de la provincia que aglutinan más oferta y que son también los más potentes desde el punto de vista turístico. Quizás el ejemplo más significativo es el de Salou, con 1.663 alojamientos. De esos, 905 (casi el 55% del total) están en manos de únicamente 46 anfitriones, que tienen cinco anuncios o más ofrecidos.

Son, por lo tanto, dueños o gestores de más de la mitad del parque turístico. Los 758 anuncios restantes están en posesión de 598 anfitriones, que son los que tienen entre uno y cuatro propiedades brindadas.

En parecida situación está Cambrils. Un total de 553 anuncios recaen en manos de solamente 28 caseros. Es el 54,1% del total de 1.022 alojamientos de este tipo que se ofrecen en la villa marinera a través de las diferentes plataformas digitales. Ese más del 50% registrado en ambas localidades supera a la media de aquellas ciudades donde los pisos turísticos son una cuestión a abordar. En Barcelona, Madrid o Sevilla, los grandes propietarios controlan un tercio de la oferta.

Esa inmersión en los datos de las páginas de alquiler muestra  en la provincia que se trata de una casuística muy ligada a los epicentros de la Costa Daurada. En Tarragona capital, sólo el 14,7% están en manos de anfitriones con cinco o más propiedades. En Reus, con una cantidad de alojamientos muy reducida (131), la cifra se eleva al 16,8%, pero está muy lejos de la registrada en las zonas del litoral tarraconense con más presión turística.

Calafell y El Vendrell también se salvan de esa dinámica, pero no así otras poblaciones con fuertes reclamos como Torrdedembarra. Allí 175 anuncios están en manos de únicamente tres anfitriones. Son el 52,4% del total. En Mont-roig del Camp, el porcentaje del 50,9%, con 447 anuncios repartidos entre sólo 26 caseros. L’Ametlla de Mar o Deltebre son otras poblaciones donde más de la mitad de pisos y habitaciones recaen sobre grandes propietarios.

«No es economía colaborativa»

Los expertos inciden en que estos modelos distan mucho de los patrones que se entienden como economía colaborativa. «Hay que distinguir entre la economía de plataforma, que no es más que el negocio de empresas que viven de internet, y los soportes de intercambio, que suelen ser gratuitos o de ‘quid pro quo’, y con un alcance más limitado», cuenta Sergio Nasarre, catedrático de Derecho Civil y director de la Cátedra de Vivienda de la URV. 

Nasarre incide en cómo la proliferación de pisos turísticos tiene sus derivadas. «Hay que evaluar las consecuencias negativas de este negocio, en el sentido de que expulsa a población estable de ciertos barrios. La consecuencia es la generalización del turismo para todo el mundo. Llegados a ese punto, hay dos opciones. O que todo el mundo sea turista, como ahora en ciertos sitios como Barcelona o Venecia, o tener que empezar a limitar y prohibir. En la Costa Daurada aún no hemos llegado a eso, estamos todavía en ese punto de querer que vengan más turistas», aporta Nasarre. 

Mayo Fuster, directora de investigación sobre economía colaborativa en la UOC, insiste en esa línea: «El porcentaje en estas plataformas de multipropietarios es muy elevado, igual que la cantidad de actividad ilegal. No se puede calificar como algo colaborativo, porque se actúa más como una gran empresa. No entra una lógica de compartición de un recurso, no predominan las relaciones ‘peer to peer’ y ni siquiera se basa en el conocimiento abierto».

Para Fuster, sólo una parte de las ofertas generadas en estas plataformas pueden catalogarse como economía colaborativa: «No se trata de ir contra la innovación pero lo colaborativo tiene que cumplir requisitos como una responsabilidad social por los impactos o el ‘open source’. No se facilitan los datos, a no ser que se hagan técnicas de ‘scrapping’ para obtenerlos y el usuario no puede hacer portabilidad de esa información, está como encerrado». 

Lo que está claro es que Airbnb, convertido en un fenómeno global, ha revolucionado en una década los modelos de hospedaje. A pesar de que hay acercamientos con parte del sector, las patronales hoteleras han acusado a la plataforma de ser el nido de apartamentos turísticos ilegales que eluden sus obligaciones fiscales, con lo que logran ofrecer precios más competitivos al quedarse fuera del marco normativo.

La compañía admite moverse desde el inicial espíritu colaborativo a la profesionalización, lo que no comporta, según la firma, tener a huéspedes con mucha cantidad de pisos. El objetivo es potenciar a anfitriones pequeños que sean autónomos y sigan todas las reglas. 

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