La familia del nido de ametralladoras de Les Madrigueres de El Vendrell

Durante cuatro años vivieron en el pequeño búnker de la playa

23 febrero 2022 18:37 | Actualizado a 23 febrero 2022 18:58
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Para nosotros era tener una playa en casa, explica Trinidad Cases. Otra cosa era para sus padres Eduardo y María que llegaron a El Vendrell con cuatro hijos desde Marmolejo (Jaén) un 16 de julio de 1949. Era la fiesta del Carme. Recuerda.

La familia tuvo que huir de su pueblo natal, de donde el padre de familia fue desterrado tras un consejo de guerra  y pasar cuatro años en prisión por sus ideas republicanas. Salió en 1942. 

A muchas de las familias que tuvieron que salir de sus pueblos se las ha llamado emigrantes, cuando en realidad eran perseguidas. Se fueron para salvar la vida, pese a que la guerra había terminado.

Eduardo Cases trabajó hasta 1945 en una minas de wolframio en un pueblo vecino para fabricar defensas para los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, pero aquella actividad cesó y tuvo que ir a otras minas en Pozoblanco.

Un futuro

La familia no podía regresar a su Marmolejo, así que optó por ir a El Vendrell para buscar un futuro. Años atrás habían llegado a Calafell otros vecinos de la localidad jienense, también perdedores de la guerra, que les dijeron que podría haber trabajo.

Llegaron a El Vendrell los padres y cuatro hijos. Olga de poco más de 5 años,  Trinidad, Manolita y Eduardo, el pequeño, de un mes. Sin un lugar donde alojarse, sin dinero para un alquiler.

 

Se instalaron el bunker y nido de ametralladoras que había en la playa de Les Madrigueres. Esa construcción de defensa se levantó en 1937 durante la Guerra Civil por los republicanos para hacer frente a un posible desembarco franquista que no se llegó a producir.

Era una de las defensas que se levantaron en toda la línea de costa. El de Les Madrigueres era el número 65. Tras la victoria de Franco esas construcciones se mantuvieron ya que el temor entonces era a un desembarco aliado que tampoco llegó a ser

Calafell

La familia aprovechó un búnker que quedó vacío en la playa. En otros como el que hubo en Calafell también se instaló otra familia. Entonces en toda la zona no había nada. Unas marismas, cañas y más allá campos de viñas. En esa construcción de defensa nació Josep Matías Casas, conocido como Iginio, un 21 de diciembre de 1950.

El padre de familia era mutilado de guerra con las dos piernas afectadas tras caer herido en la batalla de Brunete. Encontró un trabajo en el Sindicat de El Vendrell, pero la familia tuvo que seguir en aquel búnker.

Era muy pequeño. Oscuro. Con mucho frío en invierno. Sin luz, sin agua. Un candil. Los colchones en el suelo y una pequeña mesa. En el exterior se habilitó una cocina de petróleo para la que iban a pie a buscar el combustible a la gasolinera de Calafell.

Controles

Trinidad recuerda que había muchos controles de Guardia Civil. «Nos preguntaban que a dónde íbamos». También había miedo. «Ese búnker fue nuestra casa hasta 1953. Durante cuatro años». Después la familia se trasladó a una casa en Sant Salvador, donde ahora está el bar La Canoa.

Cuando eran niños disfrutaban de tener una playa en la que correr. «Pero de mayor me daba vergüenza decir que vivíamos aquí. Los veraneantes tenían carrera. Fue cuando me dije que tenía que estudiar», relata Trinidad, que llegó a ser psicóloga.

De aquellos años atesora recuerdos. Como aquel día de septiembre de 1952 cuando una riada sitió al búnker. Sólo estaban los hermanos que se subieron a lo alto  y los vecinos tuvieron que rescatarlos con la barca Manuela. Trinidad recuerda que su madre pedía salvar la máquina de coser. Por entonces el padre arreglaba jardines de casas de la zona y ponía toldos, después trabajó en una granja. La madre limpiaba casas y cosía.

Gernika

La historia de la familia se ha conocido coincidiendo con una intervención en ese nido de ametralladoras en la que se ha plasmado el Gernika de Picasso y en otra de sus paredes quedará uno de los poemas de Trinidad Casas. La concejal de Playas, Bárbara Peris, explica que quedará reflejado la destrucción de la guerra y la vida que acogió. «Fue un espacio de muerte y de vida».

 

Ese nido de ametralladoras, pese a estar militarizado durante toda la Guerra Civil no llegó a entrar en combate. En origen estaba medio enterrado en la duna, como puede apreciarse en sus paredes. Cuando llegaron las tropas franquistas se fueron dejando, pero se conservaron por si había un desembarco aliado. En 1945 quedó abandonado.

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