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'Mi casa es el único sitio donde estoy segura, libre de productos químicos'

A la vilasecana Mariví Ortega le diagnosticaron sensibilidad química y ambiental múltiple hace seis meses
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Mariví Ortega, en su casa, de donde apenas sale. Fotos: Javier Díaz

Mariví Ortega, en su casa, de donde apenas sale. Fotos: Javier Díaz

Mariví Ortega no puede salir a la calle ni ir a sitios públicos sin una mascarilla con filtro de carbono. Hace aproximadamente seis meses le diagnosticaron el síndrome de sensibilidad química y ambiental múltiple. No tolera nada que sea químico. Ni siquiera su olor. Productos inofensivos de la vida cotidiana de cualquier persona, como el champú, jabón, suavizante o colonia, son una amenaza para ella. Al más mínimo contacto, los bronquios se le inflamaban y le cuesta respirar. «Esta mañana me he despertado con mucha tos y angustia porque mi hijo estaba usando un gel especial para la piel. Yo estaba en mi habitación y él en el cuarto de bañó», comenta.

Mariví tiene cincuenta años. Es de Vila-seca, aunque ahora vive en La Canonja con su marido y sus dos hijos. Apenas sale de su casa. «Es el único sitio donde estoy segura, libre de cualquier producto químico. Vivo encerrada aquí», asegura. Allí tiene instalado un purificador de aire que elimina cualquier partícula dañina para ella. «Lo tengo encendido las 24 horas del día».

Se alimenta a base de comida ecológica. Su dieta incluye casi de todo, siempre que sea natural: verdura, carne, pasta, arroz... «Con el pescado tengo que ir con cuidado porque tiene mercurio. El marisco no lo puedo ni probar», dice. Sólo bebe agua (previamente filtrada) y zumos. Nada de refrescos o alcohol.

Para asearse emplea geles y champús inodoros que le traen de Alemania. Su marido instaló un filtró de carbón en la toma de agua de su casa para que sea lo más pura posible. «Como espuma del pelo usamos clara de huevo. Hemos sustituido muchos productos por cosas caseras», dice. Friega el suelo con agua, vinagre y bicarbonato.

Su enfermedad le impide trabajar. Tampoco tiene ni espera cobrar una ayuda. Su marido ha tenido que buscar dos empleos para hacer frente a los gastos ‘extra’ de Mariví. «Los alimentos ecológicos cuestan cuatro veces más que los normales. Sólo en mi comida, gastamos cada semana unos cien euros», afirma. A eso hay que sumarle que cada visita al médico le sale por entre 100 y 250 euros. No están incluidas en la Seguridad Social.

Mariví recoge tapones para comprar sartenes de acero inoxidable (sin teflón) y un purificador de aire para el coche. Ahora sólo puede conducir con la mascarilla puesta. «Me dificulta la visibilidad y, además, es un peligro para los demás: todo el mundo que me ve con ella por la calle se gira para mirarme», apunta. Obtiene 150 euros por cada tonelada de tapones.

La sensibilidad química y ambiental múltiple no tiene cura. Es crónica. Mariví se ha resignado a convivir con ella. Ya lleva muchos años así. «Al principio, los médicos me dijeron que sufría asma. Cada vez que usaba el ventolín lo pasaba fatal», recuerda. Además, padece fatiga crónica. Apenas puede realizar las tareas del hogar. «Hago la cama en diez veces. Tengo que hacer parones constantemente porque me canso». No se puede permitir pagar a alguien para que vaya a limpiarle la casa.

Echa en falta llevar una vida normal. «No puedo salir a comer o cenar a un restaurante porque no me puedo quitar la mascarilla». Ir de vacaciones también es un trastorno para ella: «Fui un fin de semana a Madrid para ver un concierto de Warcry y cuando volví estuve dos semanas mala».

Su familia se ha tenido que adaptar a su enfermedad. «Ya nos hemos acostumbrado», señala su marido. Antes de entrar en casa, tanto sus hijos como él dejan en un percha en el rellano sus abrigos. «Es para que no entre la contaminación de la calle», concluye Mariví.

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