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«Tuvimos que emigrar porque nos amenazaron con matarnos»

Sandra y Julio son dos refugiados de El Salvador víctimas de las ‘maras’. Les amenazaron de muerte varias veces

Maria Pedrerol

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Sandra y Julio llegaron a España el pasado 4 de octubre. FOTO: Pere Ferré

Sandra y Julio llegaron a España el pasado 4 de octubre. FOTO: Pere Ferré

«Tuvimos que emigrar porque nos habían amenazado con extorsionarnos y matarnos». Así comienza la historia de Sandra y Julio, dos refugiados de El Salvador que desde el viernes se alojan en el hotel VM Torredembarra by Check-in, antiguo hotel Morros. 

Hasta hace poco más de un año, a este matrimonio con dos hijos (uno chico de 16 años y una niña de 4) les iban muy bien las cosas: «Teníamos un negocio: una tienda con un comedor que abrimos con toda la ilusión del mundo». Todo funcionaba de maravilla hasta que en diciembre de 2017 fueron víctimas de las maras, esas temibles organizaciones criminales de las que El Salvador no se ha librado. «Nos pidieron dinero», explica Sandra, «pero no podíamos dárselo porque teníamos créditos pendientes de pago por nuestro negocio. Entonces nos robaron todo lo que teníamos en casa». 

«Me dijeron que, si no pagábamos, me darían donde más me dolía, mi mujer y mis hijos», Julio Domínguez, refugiado

Este fue solo el principio de la pesadilla que Julio y Sandra estaban a punto de vivir. Muertos de miedo por lo que podía pasar, decidieron denunciar lo sucedido a la policía, pero «pronto retiramos la denuncia. Nos decían que la policía estaba con ellos y entonces dijeron que si seguíamos por esa línea nos matarían». Ya no podían confiar en la autoridad. Estaban solos. Desamparados. Y asustados. «Entonces empezaron a exigirnos más dinero. Primero 200 dólares, luego 500 y al final, 1.000». «Llegaron a hacerle fotos a mi hijo», explica Julio, «y me dijeron que, si no pagábamos, me darían donde más me dolía, mi mujer y mis hijos». 

La familia entera estaba completamente acorralada, parecía que no tenían salida, nada a lo que acogerse, nada que les pudiera salvar. No podían pagar porque no tenían el dinero que les exigían y, sin eso, estaban condenados a muerte. Además, las maras les empezaron a seguir. Sandra recuerda que «un día, después de acompañar a nuestro hijo al instituto, vi a unas personas que nos grababan desde destrás de unos árboles. Corrimos y nos siguieron. Estábamos atemorizados. A mi esposo lo llegaron a apalear».

La decisión final
Sandra, Julio y sus dos hijos tenían claro que así no podían vivir. Casi podían decir que tenían la muerte asegurada. Dispuestos a salvar su vida, tomaron una última decisión: irse sin dejar rastro. «Lo dejamos todo a cero, incluso cancelamos el seguro social», explican. También vendieron su negocio y todas las pertenencias que tenían para huir lo antes posible. «Es cierto que malvendimos porque todo lo dimos a precio muy barato, pero con el dinero que sacamos pudimos venir a España». 

«Dijeron que la policía estaba con ellos y que si no retirábamos la denuncia nos matarían», Sandra Guadalupe, refugiada

El 4 de marzo hará cinco meses que esta familia de El Salvador llegó a nuestro país. Lo primero que recuerdan de ese 4 de octubre es estar en un parque y que «un señor nos dejó una habitación de su casa y luego nos dijo donde podíamos ir a pedir ayuda». Desde entonces, las cosas para Julio, Sandra y sus hijos parece que van un poco mejor: «No podemos estar más agradecidos. Por ahora el Gobierno nos ha ayudado muchísimo y aquí estamos. Es un hotel, pero estamos a salvo. Nadie nos va a matar». 

Cierto es que la tranquilidad que ha ganado esta familia de El Salvador es inimaginable. Pero esto no quita que, aun así, les quede esa incertidumbre que posiblemente les acompañe toda su vida: «Tres días antes de venir aquí, me llamó uno de las maras preguntándome dónde estaba. Aunque no era verdad le dije que en casa, y me dijo: Quédate allí que vengo a matarte». Julio llevará eso consigo hasta la eternidad. De hecho, parece tenerlo muy claro: «Este tipo de gente si quiere encontrarte, te encuentra», sentencia. Por suerte aquí tienen garantizada una protección. Al menos, la protección de sus vidas.
 

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