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Ángela Cremonte: «En Argentina, las víctimas empujan la justicia»

La actriz debuta en la literatura con ‘Todos mienten a la noche’, una autoficción impactante, entre secretos familiares y relaciones amorosas. Una novela de emociones, íntima y honesta

Gloria Aznar

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La actriz y escritora Ángela Cremonte. Foto: Álvaro Serr

La actriz y escritora Ángela Cremonte. Foto: Álvaro Serr

Ángela Cremonte es una actriz de ascendencia argentina que no tiene edad, ya que solo cumple espíritu, como ella misma señala. Cremonte es conocida por sus papeles televisivos en Mentiras, Las chicas del cable y Amar es para siempre. También en Águila Roja y Los hombres de Paco, entre otros muchos. Ahora, se ha estrenado en el mundo literario con una autoficción impactante, Todos mienten a la noche (Editorial Planeta), en la que se adentra en su árbol genealógico hasta encontrar a su trastatarabuela Eufrosine y tirar del hilo de su historia. Realidad y ficción se entremezclan en estas páginas, en las que el lector encontrará violencia, amor, determinación y resiliencia femenina. Un relato de emigrantes, «porque lo somos todos», como defiende Cremonte.

¿Por qué la necesidad de contar esta historia tan personal?
Quería hablar de algo que yo tuviese muy pegado al pecho. Como hija de argentinos, de emigrantes, desarraigada, siempre he estado obsesionada con los árboles genealógicos y con la acumulación de células que somos todos, que se pierde en un linaje genético hacia atrás. Para mí estamos todos hechos de emigrantes. Se me aparecían constantemente mis abuelas, mis bisabuelas y el eslabón perdido y encontrado, el último que yo hallé, fue mi trastatarabuela, Eufrosine, la madre de mi tatarabuela, que creció en un pueblo muy pobre del Piamonte y emigró a Argentina. También tenía ganas de contar, aunque lo hago de una manera quizás inocente, desde la mirada de niña y adolescente, cómo fue en lo íntimo, en mi casa, el proceso de detención de Pinochet. 

Como hija de argentinos, de emigrantes, desarraigada, siempre he estado obsesionada con los árboles genealógicos y con la acumulación de células que somos todos.

¿Cómo fue?
Tuve la suerte de criarme con uno de los abogados que impulsó la querella argentina contra los militares de la dictadura militar y que llevó el juez Garzón contra Augusto Pinochet. Y en mi casa durante unos años venía gente, pues no sé si decir importante porque todos somos importantes, pero madres y abuelas de la plaza de mayo, personajes muy vinculados con todo el proceso. Y me nutrió y me impactó muchísimo. Escuchar determinadas cosas siendo una niña tampoco es común. 

¿De qué manera ve el proceso que vivió Argentina y el que no ha vivido España?
Creo que hay una gran diferencia, con todo lo bueno y lo malo que tienen España y Argentina. Y no estoy haciendo una apología de Argentina en su totalidad, pero a veces hay que abrir las heridas para ver si se nos ha quedado algo dentro. Habrá que sacar la bala. En este sentido, en Argentina se ha hecho un proceso, pese a que aún queda y hay muchos militares todavía libres que no han cumplido condena. Pero sí se ha hecho todo un proceso nacional, de reconocimiento de lo que ocurrió, de memoria y de lucha contra la impunidad. Y eso se ha hecho público, en la plaza pública. En el ágora. Se ha hablado y se ha honrado a las víctimas, que son profundamente poderosas porque son las que empujan la justicia hacia adelante. Se les ha dado el espacio porque ellas se han abierto a codazos. 

Tuve la suerte de criarme con uno de los abogados que impulsó la querella argentina contra los militares de la dictadura militar y que llevó el juez Garzón contra Augusto Pinochet.

¿Ha habido consenso social?
En general, la sociedad lo ha acompañado. Hay militares encarcelados. Hay bastantes niños robados recuperados, las abuelas y madres de la plaza de mayo tienen un espacio moral privilegiado y es algo de lo que se sigue hablando en las escuelas y en las casas. 

¿Y en España?
No se ha hecho. Y eso nos va a tener heridos para siempre, hasta que no lo hagamos.

Ha utilizado la palabra desarraigada. Pero usted es una persona de éxito.
Ahora sí. Pero cuando era niña, para terminar construyéndome más o menos en quien soy ahora, que la verdad, me siento bastante a gusto dentro de mi propia piel, he tenido que pasar por un proceso. Y quizá era una niña muy sensible. Soy hija de argentinos, hablamos el mismo idioma, dentro de todo, aunque hay palabras diferentes y el acento es distinto, pero yo sentía que la sensibilidad en mi casa, que era un pedazo de Buenos Aires, era absolutamente diferente a lo que yo me encontraba cuando ponía un pie fuera. 

¿Por qué?
Sentía mucha fricción con el entorno. También quizás porque en mi colegio todavía no habían llegado otros hijos de inmigrantes. Yo era muy rubia, no iba a religión... Todo eran marcadores que me hacían sentir diferente. Unas veces lo llevaba mejor y otras, peor y en realidad cuando no te sientes igual a tu entorno, puede ser muy enriquecedor. Pero, por otro lado, te hace preguntarte de dónde eres. Y ese país, ¿cómo es? Entras en zonas de búsqueda identitaria, básicamente.

¿Cómo se llega a una trastatarabuela?
Siendo muy pesada con mi familia, preguntando mucho. Volviéndolos locos a este y al otro lado del Atlántico. Por suerte, en mi familia creo que tenemos síndrome de Diógenes emocional y mi tía guarda cartas de Eufrosine escritas en una especie de español-argentino, mezclado con su dialecto piamontés, de cuando ella ya estaba en la provincia de Buenos Aires. Eso me ayudó a acercarme mucho a ella. Yo ya la siento como si fuera mi colega, la tengo en el fondo de pantalla de mi móvil. Y también hay mucho ficcionado. Porque por mucho que tenga tres cartas, me he tenido que estudiar la historia del Piamonte, del norte de Italia, del siglo XIX y luego darle a la imaginación. Está claro.

¿Qué le ha dicho su familia?
Tenía un poco de miedo porque al lector se le plantea el juego morboso de que intente averiguar, si le apetece, qué es lo que ha sucedido realmente y lo que no. Pero mi familia sí que lo sabe. Pero les ha gustado mucho. Evidentemente, mi madre está fascinada, en la típica objetividad de madre. A ella le ha llegado profundamente porque habla de algo que le toca de lleno. Su familia, que es la mía, y de mi mano. Se dan todos los ingredientes emocionales para que a ella se le encienda el corazón.

Mi tía guarda cartas de Eufrosine escritas en una especie de español-argentino, mezclado con su dialecto piamontés, de cuando ella ya estaba en la provincia de Buenos Aires.

La violencia machista se vive en muchas familias, aunque no se diga. ¿Ha sido duro tener que plasmarla?
Fue una elección absolutamente consciente. Desde el momento en que la hice, sabía a lo que me exponía. Pero yo estoy en un momento, en general el mundo, en el que quiero darme verdad y darla. Y si quiero que me la ofrezcan, tendré que predicar con el ejemplo. Quería hablar de esto porque me gustaría que se convirtiera en un tema que no nos cueste tanto sacar a la luz porque evidentemente, nos está pasando y todavía es muy tabú. Nos da vergüenza. A mí me ha pasado, a mí me ha dado vergüenza. Ahora ya no. Aunque una vez que decidí hacerlo, me preocupaba más cómo se lo tomarían las personas que se pudiesen sentir aludidas que yo misma. 

Usted habla de verdades y el título, de mentiras. ¿Ha mentido a la noche?
Por supuesto. No es fácil tirar de la tirita. No es fácil llegar a un momento en el que uno pueda darse verdad. La mentira nos protege. A veces uno está muy tierno para abordar determinadas cosas, a veces uno es un niño, aunque tenga 40 años. Siempre que se camine hacia eso, yo creo que hay que respetar el proceso personal de cada uno. Claro que he mentido a la noche. Si no hubiera tenido que mentir nunca, mi vida hubiera sido absolutamente idílica y eso no es real. Si uno nunca tiene que mentir es que vive entre algodones o no se relaciona con nada ni con nadie. Es imposible.

¿Cómo compagina las profesiones de actriz y escritora?
Haciendo malabares. Robándole horas al sueño y a los amigos, cuando se podía salir a tomar cañas. Pero soy muy trabajadora. Cuando me pongo con algo, lo hago de manera obsesiva, para bien y para mal. Ha sido un proceso intenso.

Claro que he mentido a la noche. Si no hubiera tenido que mentir nunca, mi vida hubiera sido absolutamente idílica y eso no es real.

¿El gusanillo literario va a continuar?
Para mí escribir es como actuar. Lo hago desde siempre, aunque haya sido como una pulsión más íntima y menos pública. Si dejo de escribir, igual que si dejo de subirme a un escenario, es como si me quitaran dos litros de sangre. Lo seguiré haciendo. No sé si escribiré otra novela pronto porque he puesto tanta carne en el asador en esta que casi me he quemado. Ahora mismo estoy como vacía, pero supongo que sí. 

¿Qué proyectos lleva entre manos?
Estamos terminando de grabar una serie que se llama Feria, para Netflix. Con tintes fantásticos, una especie de thriller paranormal, un poco punky. Creo que va a estar muy bien. 
 

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