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César Aira gana el Premio Formentor de las Letras 2021

«Para escribir bien hay recetas, consejos útiles, un aprendizaje. Escribir, en cambio, es una decisión de vida, que se realiza con todos los actos de la vida»

Marc Caellas

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César Aira, recibiendo el premio Formentor de Marta Buadas y Simón Barceló. Foto: EFE

César Aira, recibiendo el premio Formentor de Marta Buadas y Simón Barceló. Foto: EFE

Como la partícula protagonista de 'El té de Dios', una de las ciento y pico novelas de César Aira, llegué a las Conversaciones Literarias de Formentor como un colado. No había puerta que estuviera cerrada en la torre circular del hotel Barceló Renacimiento. Así que no podía sorprender que apareciera en una fiesta a la que no había sido invitado, o a todas las fiestas.

“Era el prototipo del colado. Y en sus irrupciones era infalible, imparable, elegantísima. ¡Cuántos habrían podido envidiarla! Todos los marginados, resentidos, paranoicos, devorados por la envidia en la soledad de sus casas mientras los demás se juntan y disfrutan en otra parte, en los salones iluminados del Universo. Claro que tendrían que pensar en el precio que pagaba la partícula: la disminución, la insignificancia. ¿Valía la pena, en esas condiciones?”

Si es un escritor no es raro, ¿qué es?, se preguntó César Aira en la rueda de prensa del premio. ¿Convencional? ¿Cómo todos los demás? Asumo con gusto la rareza, concluyó. Bastaba con leer los artículos recopilados en La ola que lee (Literatura Random House, 2021) para comprobar lo acertado de la frase que le dedicaba Alberto Olmos en su última reseña: “Aira no escribe para ser leído, escribe para quitarse de encima su propia inteligencia”. Esa mañana necesitaba sacarse más brillanteces y así nos regaló el argumento definitivo para acabar con estas inútiles campañas para promover la lectura: los estados necesitan gente que produzca, no gente que se encierre a leer.

César Aira
César Aira

“Fue un gran artista, pero empleó su genio en hacerse un sitio marginal, donde se lo pudiera confundir con un no artista, con un diletante. No era nada definido, y por eso podía hacerlo todo. No sabía hacer nada, y por eso podía ser todo lo que quisiera. Pero no quería nada, y por eso podía atravesar todos los estratos de la ficción y la realidad, de la vida y la muerte”.

Este párrafo, dedicado a su admirado Copi, podría también haberlo escrito otro sobre el propio Aira, quién explicó en Sevilla que escribe con la mayor claridad posible. No le gustan los malabares que ejecutan ciertos novelistas, dijo, expertos en flashbacks y cambios verbales, como Vargas Llosa. Aira prefiere medirse con Salvador Dalí.

Teniendo una imaginación tan barroca, necesita una ejecución clara. Pero es Picasso quién protagoniza uno de sus relatos más brillantes, que empieza así:
“Todo empezó el día en que el genio salido de una botella de leche mágica me preguntó qué prefería: tener un Picasso, o ser Picasso. Podía concederme cualquiera de las dos cosas, pero, me advirtió, solo una de las dos. Tuve que pensarlo un buen rato; o mejor dicho, me obligué a pensarlo”. Estos días del congreso pensé en colgarme un cartel en el pecho que dijera: busco agente. Quizás hubiera llamado la atención de Michael Gaeb, el agente literario alemán de Aira desde hace 18 años. Durante su intervención, Gaeb dijo que un editor ha de generar fans, libreros y entusiastas de la obra de su representado. A día de hoy, Aira ya fue traducido a 32 idiomas. A su lado, el editor finlandés Aleksi Siltala mostró orgulloso sus “Airas” y se quejó de que los editores estén obsesionados con cifras y número de ejemplares, ¿es necesario? ¡Debería escribir un texto titulado Libreros airados!
“El viejo consejo sapiencial que adorna el frontispicio de mi ética literaria, “Simplifica, hijo, simplifica”, ¡otra vez dilapidado! Lo poco de bueno que he escrito, lo hice atendiéndome, por casualidad, a él. Sólo en el minimalismo se puede lograr la simetría que para mí es la flor del arte; en la complicación es inevitable que se configuren pesadas simetrías, vulgares y efectistas”.

César Aira es un hombre de ideas, las suyas -si es que hay ideas de alguien- que incorpora a sus novelas, y las que se apropia de otros, como la tesis de Philippe Sollers de que la novela es la mejor fuente de información que disponemos sobre la mutación de los estilos eróticos en la sociedad. Occidente no necesitó un Kama Sutra porque tuvo el arte de la novela.

Durante la ceremonia de entrega del premio, César Aira leyó un discurso que la mayoría de asistentes ya habíamos leído unos días antes, con el compromiso de no divulgarlo hasta ese momento. Aira lo leyó incómodo, como si se fuera dando cuenta al leerlo que leía un discurso escrito para agradecer otro premio. De ahí que cuando balbuceó un “qué desastre”, algunos nos acordamos de la anécdota del presidente argentino Carlos Menem, relatada por el propio Aira esa misma mañana, que fue capaz de leer el discurso de inauguración de una obra pública correspondiente a otra, o sea hablar de un pantano inaugurando una autopista. Como con todo lo relacionado con Aira, realidad y ficción se confunden, y ahora mismo ya no sé si estuve en Formentor o en Túnez, o si esto lo escuché en Sevilla o lo leí en 'El presidente', uno de sus últimas novelas publicadas en la editorial Mansalva, que trata sobre un presidente argentino que sale de incógnito por las noches y se mezcla con el pueblo mientras silba una hipnótica melodía.

“En la medida en que un narrador va apartándose de formas y contenidos convencionales, sus textos van haciéndose más breves”, escribe Aira en 'Continuación de ideas diversas' (editorial Jus, 2017), uno de los libros de Aira que tengo más subrayado. Un curso literario que no lo incluya en su bibliografía no merece ser atendido.
“Lo difícil es escribir, no escribir bien. En los talleres literarios se puede aprender a escribir bien, pero no a escribir. Para escribir bien hay recetas, consejos útiles, un aprendizaje. Escribir, en cambio, es una decisión de vida, que se realiza con todos los actos de la vida”.

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