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Consumir cultura no es pagar la suscripción a Netflix

Nueva normalidad. Las restricciones al 50 por ciento de los aforos 
provocan que muchas de las actividades culturales no sean viables

David Sancho

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Kutxi Romero, cantante de Marea, actuó en el Centre Cultural de Valls el pasado mes de febrero. foto: dt

Kutxi Romero, cantante de Marea, actuó en el Centre Cultural de Valls el pasado mes de febrero. foto: dt

El trecho que separa el dicho del hecho es a veces muy largo de recorrer. Y sí, en el mundo culturoso (o cultureta, como prefieran), es muy habitual que todos se pongan las buenas intenciones en la boca, pero que finalmente queden en eso: en nada. A ver, en nada, en nada, tampoco. Siempre podemos poner un post en Facebook o Instagram blandiendo hachas de guerra que, esas sí, acaban en nada.

Pero, filosofías de postureo aparte, la realidad es que hubo una época en la que todo el mundo se puso al lado de la Cultura, blandiéndola como algo tan esencial como el pan para superar un confinamiento, a sabiendas de que el sector iba a ser muy castigado y que debía ser tan protegido como el tigre de Sumatra. ¿Y qué pasó el verano pasado? Pues que muchas de las actuaciones y eventos culturales agotaron sus localidades.

¿Con aforo reducido? Sí. Pero algunos de los artistas hubiesen firmado llenar la mitad del aforo antes de la pandemia… Muchos disfrutaron incluso de poder hacerse una foto al lado de un cartel de ‘agotadas las localidades’, situación inédita en muchos casos. Pero… también hay que decir que muchas de las actividades gratuitas agotaron las localidades, pero no llenaron. El hecho de que se tuviesen que reservar las entradas y que no fuesen de pago propició que, en muchos casos, el asistente en cuestión optara por quedarse en casa, entrada en mano, mientras otros se habían quedado fuera. La vida siempre ha sido cruel.

Los artistas hoy se ven abocados a ajustar sus cachés en aras de trabajar. Hay de todo. Otros mantienen sus precios, pero la tendencia es tratar de que los espectáculos sean viables.

Por ejemplo, el grupo Marea no sale de gira en gran formato, pero sí lo hace su cantante Kutxi en una propuesta reducida. Pese a todo, esa viabilidad es imposible. Con el 50 por ciento del aforo los números no salen. Es utópico. Ahí sí juega un papel importante la Administración (léase Ayuntamientos) para demostrar que sus apuestas culturales son a fondo perdido y que no son empresas.

Es decir, que si pierden, pierden. No son ellos los que deben hacer negocio con la Cultura, que es una inversión intangible (o así deberían hacer la lectura, cosa que nunca sucede). En cambio, en el sector privado… ya es otra cosa.

Los ingresos en el sector cultural, en general, han sufrido una reducción de casi un 35% en lo que va de año. Pero en el caso del mundo del espectáculo esas cifras son todavía más altas. Se agudizan las pérdidas en el sector privado, y son terroríficas en el sector independiente.

La única manera real de echar una mano al sector es que empecemos a consumir Cultura. De verdad. Y no, no entiendan que consumirla es pagar su suscripción a Netflix, no hace falta que venga a contártelo un payaso. Hablo de cultura hardcore, primera división. Teatros, circos, conciertos, exposiciones… Y háganlo con consciencia. Y sin miedo. Y no, no soy de los que gritan «la cultura es segura».

En pandemia no hay nada seguro al cien por cien. Ni en los teatros, ni en el supermercado. Nadie está tocado por una varita mágica de salubridad, pero tampoco está apestado como punto de infección. Tan pronto nos lavamos las manos tres veces por hora como nos hacinamos en el Bravium a ver un espectáculo de variedades… Ui, no. En el Bravium ya no. Pero bueno, esa ya es otra película en plan Cinema Paradiso de la que prefiero no hablar.

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