Cultura Cómic

El éxitasis y la neurosis de la autora de 'Fun Home'

Bechdel se abre, con mirada vital y a la vez melancólica al paso del tiempo, la conciencia de la propia caducidad que se presenta de manera urgente, con la muerte de sus padres, con los primeros contratiempos físicos

Ivan Pintor Iranzo

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'El secreto de la vida sobrehumana' de Alison Bechdel. Foto: Cedida

'El secreto de la vida sobrehumana' de Alison Bechdel. Foto: Cedida

“De repente tuve una revelación. ¡Eres una puñetera neurótica! ¿Y qué? ¿qué es más real para ti, tu problema o tú mismo?”, anota Alison Bechdel en uno de los pasajes de El secreto de la fuerza sobrehumana, mientras pedalea para sortear la pendiente de una escarpada cadena montañosa. Corriendo, practicando esquí de fondo, spinning, meditación, artes marciales, pesas, o encarando maratones de trabajo, la obsesión de Alison Bechdel por rebasar sus límites físicos se convierte, a través la honesta ligereza con la que se encabalgan sus viñetas, en una crónica inclemente del ser humano occidental contemporáneo.

'El secreto de la vida sobrehumana'
'El secreto de la vida sobrehumana'

Casi una década de publicar ¿Eres mi madre? y quince años después de que Fun Home: una familia tragicómica obtuviese un premio Eisner, fuese finalista del national Book Critics Circle y diese lugar a un exitoso musical de Broaway galardonado con cinco premios Tony, Bechdel regresa para trazar una autobiografía donde lo aparentemente trivial de sus neurosis se convierte en un retrato universal de la ansiedad por la construcción de una identidad y el paso del tiempo.

En la imagen de su anhelo por dar forma a este libro, encerrada y empleando una bici estática para concentrar al máximo los períodos de entrenamiento, se formula el gran interrogante que, empuja, con la energía y la sabia dosificación de un triatlón, las viñetas de Bechdel. ¿Dónde está el otro? ¿Dónde están los demás? es la pregunta que emerge del testimonio de toda una serie de prácticas, de la meditación al zen que, incorporadas por Occidente, se convierten a menudo en una mera praxis terapéutica como las benzodiacepinas, que nos permiten seguir adelante sin cambiar nada, que nos empujan con frecuencia a rehuir a los demás.

El contrapunto constante del transcendentalismo y el romanticismo de Emerson, Wordsworth, Coleridge y Margaret Fuller, o de la generación beat de Gary Snyder y Jack Kerouac no sólo permite a Bechdel hallar un paralelo de su propio afán de medirse con el paisaje, sino también un retrato descarnado del perfecto ensamblaje entre la constante atomización de identidades y egos inflamados y el capitalismo neoliberal.

Si de acuerdo con el famoso Test de Bechdel, que nace en el contexto de la serie Dos lesbianas de cuidado para verificar si el género femenino está bien representado en una película, en ella tienen que aparecer al menos dos mujeres, que hablen entre sí y cuyo tema de conversación no sea un hombre, la gran cuestión que plantea Bechdel en El secreto de la fuerza sobrehumana es hasta qué punto la capacidad de llegar al otro, en todos los sentidos, comparece en nuestras vidas.

Con la misma crudeza con la Klaus Ove Knausgaard levanta acta notarial de su vida cotidiana, sus amores, dudas y ansiedades, pero con la virtud añadida del sentido del humor, Bechdel muestra cómo nos colocamos sobre esteras para hacer estiramientos huyendo de algo a lo que regresamos en cuanto se acaba la sesión de yoga. “Al parecer había venido a las ciudades gemelas para recuperarme. Como aquel puñetazo en el ojo, la depresión había sido un regalo, un pinchazo en mi burbuja de autosuficiencia. Había afrontado tan bien la muerte de mi padre porque, en ningún momento, me había enfrentado a ella. Pero ¿Cómo iba a saber que debía tener sentimientos?”, señala después de una pelea en el metro de Nueva York.

Entre la huida constante del éxtasis físico, el hallazgo del budismo, la revelación que supone el descubrimiento del monomito descrito por Joseph Campbell en El héroe de las mil caras, el poliamor concebido como atletismo emocional y la obsesión por la adquisición de material deportivo -sobre la que resuena la secuencia de El club de la lucha en la que el protagonista imagina un planeta sólo configurado a través de marcas comerciales, como un catálogo de Ikea sin mayor presencia de lo político-, Bechdel se abre, con mirada vital y a la vez melancólica al paso del tiempo, la conciencia de la propia caducidad que se presenta de manera urgente, con la muerte de sus padres, con los primeros contratiempos físicos, en un fresco que se devora con la misma tensión que si fuese, como Fun Home ha acabado siendo, un medido y preciso musical.  

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