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Javier Díez: «Hay gente que cada vez que pide justicia está exigiendo venganza»

‘Justicia’ es el título de la última obra de este bilbaíno que cada año pasa unos días de vacaciones en Tarragona. Novela negra, en ella acaudalados empresarios y financieros están en el punto de mira 

Gloria Aznar

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Javier Díez en el Camping Torre de la Móra, en Tarragona, este verano. Foto: Alba Mariné

Javier Díez en el Camping Torre de la Móra, en Tarragona, este verano. Foto: Alba Mariné

Los desahucios, la crisis de la vivienda o la precariedad fruto del estallido de la burbuja inmobiliaria de 2008 centran Justicia (Grijalbo. Penguin Random House), la última obra de Javier Díez Carmona, un escritor bilbaíno que cada año pasa unos días de vacaciones en la costa tarraconense. Justicia es una novela negra que tiene como escenario un oscuro Bilbao cuyas calles siembra de cadáveres de personas relacionadas con el mundo financiero y empresarial. Licenciado en Ciencias Económicas, otras de sus obras son E-king y Correr a ciegas.

Ha decidido eliminar a algunos banqueros y empresarios.
Es consecuencia de la crisis económica que comenzó en 2008, esa de la que dicen que ya hemos salido, aunque yo no me lo creo. La crisis estalló en buena medida por culpa de las actividades depredadoras de cierto tipo de empresarios y de sectores como el inmobiliario o el financiero. Y a mí siempre me ha llamado un poco la atención, al mismo tiempo que me ha alegrado, que no haya habido reacciones violentas por parte de personas que han visto cómo han sido estafadas. 

'Justicia' tiene como escenario un oscuro Bilbao cuyas calles el autor siembra de cadáveres de personas relacionadas con el mundo financiero y empresarial.

Sus personajes sí que actúan, pero hay una fina línea entre justicia y venganza.
Me da la impresión de que hay gente, en muchos ámbitos diferentes, que cada vez que pide justicia está exigiendo venganza. En el caso de mis personajes, estos buscan venganza pura y dura. Que firmen cada asesinato con la palabra justicia no deja de ser un quedar bien. Pero es una novela sobre venganza, sobre perdedores de la crisis y sobre la venganza de estos perdedores. Aunque hay que llegar hasta el final para ver si realmente es eso o no.

¿Cree que cuando se pide venganza es porque la justicia no actúa con celeridad?
El sistema burocrático no funciona o funciona muy lento. Pero aparte de eso, en la novela también hago referencia a cierto tipo de actitudes que a todos desde un punto de vista ético nos pueden parecer delitos y sin embargo la justicia no tipifica. 

«La crisis de 2008 estalló en buena medida por culpa de las actividades depredadoras de cierto tipo de empresarios y de sectores como el inmobiliario o el financiero».

¿Como por ejemplo?
Dar un préstamo a una persona cuando saben perfectamente que no lo va a poder pagar porque no tiene ingresos suficientes. Y coger como aval el piso de su madre viuda, que cobra una pensión de 600 euros. Eso no está tipificado como delito y sin embargo es un poco aberrante.

Ha puesto a investigar a Osmany, un militar cubano. 
Es un jubilado. Los protagonistas son sexagenarios. No buscaba una novela policiaca al uso, no quería una pareja de la Ertzaintza o de guardias civiles. Y aunque aparece Jon Larralde, que es ertzaina, quería un personaje recién llegado a la ciudad para mostrarla desde sus ojos. Esta ciudad preciosa que nos vende el Ayuntamiento.

Preciosa, pero muy oscura. Siempre encapotada.
Eso es Bilbao. La historia se desarrolla en seis días y seis días seguidos de lluvia en Bilbao son normales. El clima hace mucho. Parece que ayuda en el sentido de que hace la novela más incómoda, más oscura. 

Osmany viaja desde el Caribe hasta este clima en cierta manera hostil para él.
Sí. Tiene que ir a un bazar chino a comprarse un chubasquero de un euro. Me ha servido mucho que Osmany sea un viejo revolucionario cubano que conoció al Che Guevara o que estuviera en la guerra de Angola. Su mirada es el contrapunto a la del resto, que proviene de un capitalismo salvaje. En Justicia, los demás efectúan el análisis desde un punto de vista muy neoliberal. Es el caso de Borja, el abogado economista o de Antonio, exdirector de banca.

¿Qué es lo que más le gusta de Osmany?
Probablemente su sentido de la fidelidad o del compromiso. Es decir, él abandona una vida en Cuba en la que vivía tranquilo porque su hijo ha muerto en España y él tiene que hacerse cargo de la nieta mientras su nuera trabaja. Por otra parte, asume el deber de ayudar a descifrar qué es lo que hay tras los crímenes.

«Nuestros mayores no están dispuestos a perder lo que tenemos. Saben lo que ha costado ganarlo».

¿Cree que a este lado del Atlántico hemos perdido ese compromiso?
No sé si lo hemos perdido o cada vez está más diluido. Cuando estalló la crisis de 2008 se habló mucho de que se estaban tambaleando los cimientos del capitalismo y de que íbamos a otro modelo en el que no se premiara tanto el egoísmo individual. Pero ya se nos ha olvidado. Aunque tampoco es sorprendente porque a la mínima que te despistes te vas a la calle y no puedes pagar ni la hipoteca ni la comida de tus hijos. Pero sí, creo que cada día hay menos solidaridad y más egoísmo individual. Pero eso es porque yo soy pesimista por naturaleza.

Como sus protagonistas, nuestros mayores son los que más se han movido en esta crisis.
Hay una cosa obvia y es que una persona jubilada no teme que la despidan. Pero también estamos hablando de una generación que ha conocido la pobreza de la posguerra, la dictadura, que sabe que hemos mejorado muchísimo desde entonces y que no está dispuesta a que lo perdamos. Saben lo que ha costado ganarlo.

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