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Jordi Soler: «Cada vez más el mundo real es el virtual»

El poeta y novelista mexicano reivindica en La orilla celeste del agua el aquí y el ahora. Soler defiende el diálogo, así como una mirada activa y la pausa contra la hipervelocidad de este siglo.

Gloria Aznar

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Jordi Soler.

Jordi Soler.

Jordi Soler vindica en La orilla celeste del agua (Ediciones Siruela) los espacios para la introspección y el pensamiento en el siglo de la hipervelocidad y el multitasking. Y sugiere, asimismo, aplicar una mirada activa para ser conscientes del entorno y disfrutarlo, fuera de las pantallas de los smartphones, aunque sin renunciar a todo lo bueno que tiene la tecnología. La orilla celeste del agua es su ensayo más personal, en el que traza una peculiar cartografía del enamoramiento, repasa algunos mitos y evoca música, lecturas y películas. Soler es autor de dos libros de poesía, trece novelas y dos libros de ensayo. Vive en Barcelona, ciudad que abandonó su familia tras la Guerra Civil y es Caballero de la irlandesa Orden de Finnegans.

¿Practica la mirada activa?
Nos perdemos muchas cosas por no aplicarla y en este ensayo trato de atornillar esa idea, que debiera ser un poco más natural. Porque no puedes salir de casa sin atender el entorno que te rodea, que es lo que hacemos normalmente. Salimos para ir a algún sitio y no nos damos cuenta de que durante el camino nos van acompañando los alibustres, los plátanos, las acacias…

Las nubes...
Como proponían los indios navajos. Porque vamos siempre con una misión que cumplir y, últimamente, mucha gente va caminando con los cascos puestos, lo que es el aislamiento total. Yo creo que la manera de resistir el multitasking, tan de moda en el siglo XXI, es haciendo una sola cosa. Es decir, cuando me siento a oír música yo no hago otra cosa. Aunque también es cierto que me concentro tanto en la música que si me pusiera los cascos, me partiría la cabeza contra un árbol. Quizás esto se debe también a la inquietud por la mirada activa. Soy, por ejemplo, muy entusiasta de los microviajes.

«Nos perdemos muchas cosas por no aplicar la mirada activa. Salimos de casa para ir a algún sitio y no nos damos cuenta de que durante el camino nos van acompañando los alibustres, los plátanos, las acacias».

Parece que esto la pandemia lo ha resituado.
La pandemia nos ha forzado, efectivamente, a mirar de otra manera. Aunque esta exploración de la zona doméstica, por llamarla así, me parece que no va a quedar. La mirada que yo propongo es la concéntrica y el siglo XXI es totalmente excéntrico. Todo el mundo quiere ir cada vez más lejos, conocer cosas. Yo, que nací en una selva mexicana y he vivido en varios países, creo que todo está concentrado en el kilómetro cuadrado que nos rodea, donde vivimos. Por lo que antes de plantearnos ir a un safari a África, deberíamos conocer las seis manzanas que rodean nuestra casa. Parece ridículo, pero la gente conoce más Nueva York que la manzana que está al lado de la suya. Esa es mi idea.

Habla de mitos y de la antigüedad. ¿Propone empezar de cero?
No. Sobre todo no creo que fuera deseable porque hay un montón de cosas rescatables de la forma en la cual vivimos. Y este ensayo no es el de un escritor que está en contra de los avances. De hecho, trasluce que soy usuario de las ventajas y con frecuencia me entusiasmo con ellas. Lo que me preocupa es que por estar tan concentrados en la pantalla, perdamos de vista el mundo real. Ya, a estas alturas, cuando uno dice mundo real y mundo virtual, esa división ya no queda clara. Creo que cada vez más el mundo real es el virtual. Si no aparece en la pantalla, no existe.

«Todo el mundo quiere ir cada vez más lejos, conocer cosas. Yo, que nací en una selva mexicana y he vivido en varios países, creo que todo está concentrado en el kilómetro cuadrado que nos rodea».

Pero entonces, ¿el mundo físico…?
Simplemente nos acompaña. El subtítulo del libro lo dice con mucha claridad. Es un ensayo para explorar la realidad que está fuera de los mapas. Esto no quiere decir que sea un libro esotérico ni de las ciencias ocultas, sino de esa realidad que está aquí y que está quedando fuera del mapa porque hoy todo el referente aparece en las pantallas. Es sintomático, por ejemplo, cuando nos guiamos con Google Maps, algo que hemos hecho todos. A veces te lleva a un lugar absurdo, a una calle que ya no existe o que es de otra dirección y a pesar de saberlo, seguimos sus indicaciones, dudando de si somos nosotros los que estamos equivocados. A ese grado termina uno confiando en la pantalla. Una situación un poco ridícula.

Le ha quitado todo el romanticismo al beso. Eso no se hace.
Cito a la señora que lo dice. Y en el ensayo queda claro que me escandaliza. Susan Erdman dice que cuando quieres besar a alguien no es porque te guste, sino porque estás buscando un banco bacteriano que te ayude a tener una vida más saludable. Y también hablo del gran neurofilósofo Daniel Dennett, que he leído con mucha atención, escudriñando el fenómeno del enamoramiento.

Al que le dedica todo un capítulo.
Es un misterio que me parece importante y además me interesa mucho. Y los neurofilósofos me dejan tan frío como la doctora de los bancos bacterianos en la boca. Dicen que todo se resume a una explosión neuroquímica en la cabeza.

«A pesar de saber que Google Maps te está llevando a una calle que ya no existe o que es de otra dirección, seguimos sus indicaciones. A ese grado termina uno confiando en la pantalla».

Si ya nos quitan esto…
Claro. Yo ahí propongo que sigamos haciendo caso de los poetas y los novelistas.

De lo que supuestamente ‘no nos sirve para nada’. La música y la poesía.
Exacto. No nos sirve para nada, pero es lo que al final te orienta. Porque estos datos duros de la ciencia, que deben ser verdad, pues tampoco nos sirven para el fenómeno amoroso que, por fortuna, sigue estando en la bruma.

¿Usted ha encontrado su otra parte de los andróginos?
De momento, sí. Visto desde el punto de vista de André Breton, que cuento en el ensayo, ella sería la suma de todos los amores anteriores.

Entonces, si Zeus nos dividió, dejó el embrollo por toda la eternidad…
Eso dicen, que fue el que nos dividió. Yo voy revisando todas las teorías.

«Por fortuna, el fenómeno amoroso sigue estando en la bruma».

¿Cree que si hiciéramos como Quetzalcóatl seríamos un poquito más humildes? Si nos miráramos al espejo con más calma…
Esta es una de las grandes metáforas de la mitología mexicana de Nagua, digamos, porque no existía México entonces. A todos nos pasa lo que le ocurrió a Quetzalcóatl el cual, como buen mito, tiene que ser una cosa hiperbólica. Pero nosotros no nos vamos a prender fuego a la orilla celeste del agua.

El poeta y escritor Jordi Soler.

No. Pero podemos sufrir una crisis o tirarnos de los pelos.
Sí, nos podemos decepcionar. Podemos pensar dos o tres veces muchas cosas cuando nos encontramos en el espejo. La mirada activa, que es como empezó nuestra conversación, propone mirar en el espejo la forma en que nos vamos descomponiendo y esta, que es una idea medieval, a mí me gusta mucho. Cada instante nos vamos descomponiendo y acercándonos más hacia la salida y a mí me gusta poder ver esto frente al espejo. Este sería un complemento del espejo de Quetzalcóatl. Además de todo lo que ves y no te gusta, encima ves la descomposición.

¿No le gusta Camilo Sesto?
Cuando éramos jóvenes, con 16 o 17 años, o al menos en México era así, el mundo se dividía entre rockeros y tontorrones que oían a Camilo Sesto y a Julio Iglesias. Yo militaba por Led Zeppelin y por Black Sabbath. Y estábamos continuamente enfrentados con los que escuchaban a Camilo Sesto.

«Cada instante nos vamos descomponiendo y acercándonos más hacia la salida. Pero a mí me gusta la idea de poder ver esto frente al espejo».

¿Y qué cree que pasaría si de pronto desaparecieran los calendarios y los relojes?
En primer lugar, el tiempo es una forma de ponernos de acuerdo. Tendríamos ese problema, por lo que seguramente recurriríamos a la fraseología de los hombres primitivos: Nos vemos en la colina del oso amarillo cuando se ponga el sol. Literariamente sería fantástico, ahora que lo estás planteando así. Pero sí, tendríamos que inventarnos otra manera de convenir cómo organizarnos todas esas convenciones como son el tiempo, las horas, el calendario… Inventar otra forma porque son indisociables de nuestra especie, ya que podríamos hacer muy poquita cosa.

Somos esclavos.
El universo es así. No es que hayamos inventado nada. El calendario está basado en los ciclos agrícolas que ya existían. Lo que hicieron nuestros antepasados fue simplemente ordenarlo. Por ejemplo, en Europa, que es una sociedad mucho más tradicional que la latinoamericana, seguimos yendo con el ciclo agrícola, lo que quiere decir que los grandes cambios vienen en septiembre, que es justamente cuando toda la naturaleza ha acabado de morir y empieza a recomponerse. En cambio, del otro lado del mundo, de donde yo vengo, esto ocurre en enero. Es decir, en México agosto es un mes como cualquier otro, no se muere todo. Y sin embargo, aquí sientes cuándo la naturaleza ha muerto oficialmente. El 15 de agosto no hay nadie en la calle. Esta es una costumbre que se arrastra del calendario original, que es el agrícola.

«Además de la revolución tecnológica, la verdadera revolución de fondo de los últimos tiempos es la de las mujeres».

¿De verdad cree que viene la época del yin, femenino?
Sí.

Esto sería una vuelta a los inicios, ya que fueron matriarcales.
Toda la historia de nuestra especie es una vuelta a los inicios. Todos son ciclos. Hay unos más largos, como este, pero no cabe duda de que, además de la revolución tecnológica, la verdadera revolución de fondo de los últimos tiempos es la de las mujeres porque como lo digo en el ensayo, impacta absolutamente en todos los niveles de la vida. Voltea de cabeza la estructura tradicional de la sociedad. Creo que sí, que esto es lo que viene.

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