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Josep Maria Llort: «No hemos promocionado el patrimonio lo suficiente»

Panadero, nastiquero, casteller, conserje, Tecler d’Honor y guía de la maqueta de Tarraco, este tarraconense vive su ciudad con pasión e invita a cuidarla y promocionarla a partes iguales

Gloria Aznar

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Josep Maria Llort, en l’Antiga Audiència. Foto: Alba Mariné

Josep Maria Llort, en l’Antiga Audiència. Foto: Alba Mariné

Durante 29 años Josep Maria Llort Porqueres dedicó las noches a elaborar pan de forma artesana en su panadería de la calle Maria Cristina. «Antes la teníamos en Gasòmetre, pero las bombas la derribaron», cuenta. Cuando ya decidió que quería vivir más del día y no tanto de la noche, Llort entró a trabajar en el Ayuntamiento, en los museos, en patrimonio. En un principio, solo para tres meses, que se convirtieron en 21 años, nueve de ellos dedicados a explicar a propios y turistas las virtudes de la maqueta romana de Tarraco, expuesta en la Antigua Audiència, centro cultural del que era conserje. Son dos profesiones que ha vivido con pasión. Pero no solo eso, porque Llort es, ante todo, un tarraconense. Casteller, nastiquero y Tecler d’Honor, vive su ciudad con fervor, un entusiasmo que le gustaría contagiar a aquellos encargados de cuidarla y de promocionarla.  

¿Qué destacaría de la maqueta de Tarraco?
Es un orgullo poder explicar a los turistas cómo era Tarraco y cómo es hoy en día. Es la segunda mejor del mundo después de la de Italia, que está en Roma. Para el que le gusta la historia, es una maqueta muy didáctica.

¿Cuál ha sido la pregunta más extraña que le han hecho?
En una ocasión me preguntaron si en la Antigua Roma había prostitutas. Les expliqué que por aquel entonces estaban legalizadas y pagaban sus impuestos. Iban por la calle y en la suela de las sandalias llevaban escrita la palabra Sígueme. Pero los tarraconenses lo que querían saber era dónde se encontraría su calle. Son detalles que les llamaban la atención.

«Se puede decir que ahora no comemos pan, sino chiclet. Yo era un panadero artesano y todo lo hacíamos a mano»

Ahora que se ha celebrado el veinte aniversario del patrimonio, ¿Cómo lo ve?
Yo me lo quiero mucho, pero está infravalorado incluso por mucha gente de aquí, porque hay personas que no han entrado nunca a ver la maqueta. Y tampoco lo hemos promocionado lo suficiente. Se nos caen los edificios, tardamos en reconstruir, tenemos muchos proyectos, pero no se hace ninguno.

A lo mejor hace falta un empujón.
Pues démoslo, porque tenemos un gran potencial. Decir que no hay dinero no es una razón, ya que sin dinero también se pueden hacer cosas. Hay que buscar los medios, la manera de promocionarlo para explotarlo. Esto no se hace y, por lo que veo, tardaremos tiempo en que se explote. Por ejemplo, ahora se quiere llevar una política de espacios abiertos. Quieren abrir las murallas, como un lugar público, gratuito. Y si se cae un trozo, ¿con qué la restauraremos? Si las cientos de personas que pasan cada día pagan, al menos tienes para el mantenimiento. En el Pont del Diable ocurre lo mismo, la visita es gratuita. Yo he viajado mucho a Francia y allí, por ver una piedra, pagas. 

¿Santa Tecla o patrimonio? 
Se tiene que equilibrar. Solo tenemos que copiar de las ciudades que lo hacen bien, como por ejemplo Girona con el Temps de Flors, que es fantástico. Es como el turismo que queremos. ¿El de andar por casa, que va a Salou y que no deja un duro? ¿O el cultural, que deja dinero para la ciudad, para las tiendas y restaurantes? Esto es lo que tenemos que potenciar.

¿Nos queremos menos que Girona?
Yo me quiero mucho a Tarragona, pero también a Girona. Si tuviera mar, sería perfecta. Pero lo tenemos aquí y también el Balcó. 

Hablemos de su otra profesión. ¿Cómo ve el pan actual?
Un desastre. Se puede decir que ahora no comemos pan, sino chiclet. Yo era un panadero artesanal, de cuarta generación y todo lo hacíamos a mano, con productos naturales. Cuando empezó la modernidad, la gente quería pan a cada hora. Nosotros lo hacíamos por la noche y el último, el pa de pagès, salía del horno, como máximo a las nueve o diez de la mañana y ya no hacíamos más pan. Pero ahora se quiere caliente a las diez de la noche, donde sea. Caliente, pero no es pan. Lleva aditivos, conservantes, estabilizadores... Química. Sobre todo en Tarragona, al cabo de un rato, parece plástico. En Tarragona solo hay cuatro o cinco panaderías antiguas. Eso sí, aquí tenemos el pà de pagès, que no lo tienen en ningún otro lugar del mundo.

Es un bien de primera necesidad...
Sí. Ya lo dice la palabra, primer alimento. Pero ahora lo venden en las gasolineras. 

Y en los estancos.
Recuerdo que en casa teníamos la pastelería en un frigorífico y en otro, contiguo, los yogures. Y me pusieron dos multas de 60.000  pesetas de la época porque el frigorífico donde teníamos la leche y los productos frescos no era independiente. Dos multas porque la leche y los envases podían contaminar las pastas y el pan. Entonces, en una gasolinera ¿qué contaminas? O en un estanco. No somos conscientes de que esto nos afecta a la vida. El pan tiene que tener su reposo, su proceso, es un oficio artesano convertido en industrial.

Me han dicho que le gustan los  programas culturales.
Tengo una deria, que es ir a concursos de tele o de radio. Vengo de una escuela en la que nos enseñaban a memorizar y a mí se me quedaba mucho la geografía y la historia. Entonces, empecé con Pasta gansa, un programa que presentaba Mikimoto, en Catalunya Ràdio y me llevé el segundo premio. En el Setciències, de Enric Calpena, estuve los cuatro programas y me llevé casi un millón de pesetas, menos el 24% que recauda el Estado. En el Bocamoll éramos dos y batimos el récord de 13 programas seguidos. 

«Como mínimo, estaremos dos años sin Castells, por lo que perderemos la edad de oro que teníamos antes de la Covid»

¿No se pone nervioso?
Al principio sí, pero después te dejas ir. En una ocasión me preguntaron cuándo era la fiesta mayor de Tarragona y contesté el 24 de septiembre. Me equivoqué con la Mercè. Incluso pedí si me podían cambiar la pregunta, fallándola igualmente, porque en Tarragona me crucificarían. 

Esta es buena. Y usted, siendo Tecler d’honor. ¿Qué le dijeron aquí?
(se ríe). Que no parecía de Tarragona.

¿El Nàstic le da alegrías?
De pequeño mi padre me llevaba al fútbol. He jugado en las categorías inferiores, soy socio y accionista. Hemos tenido épocas buenas y ahora estamos viviendo una etapa muy crítica. Parece que vamos un poco bien, a ver si podemos quedar entre los tres primeros y quedarnos en segunda B porque si no, no ens en sortirem. Y después está el tema de los ingresos. Son cosas que no se entienden. Cómo es que a un campo de fútbol, abierto, no pueden ir 3.000 personas y en un espacio cerrado pueden entrar 500. Cosas de la Covid.

De Santa Tecla, ¿a qué actos acostumbra a ir?
Lo que no me pierdo nunca de Santa Tecla es la entrada del Braç. Como pertenezco a la colla Jove Xiquets de Tarragona, durante dos años tuve el placer, el honor, de que cuando entraba el pilar, lo paraba. Era un momento sublime. Y también me gusta ir al correfoc, ponerme bajo las llamas allí. Aunque ahora no puedo, por las rodillas. Y luego, claro, la diada castellera.

Y ahora ni Castells, ni Nàstic, ni Santa Tecla...
Con los Castells, lo que pasará es que perderemos la edad de oro que teníamos todos porque, como mínimo, estaremos dos años sin hacer. Entre los niños pequeños que no pueden entrar para hacer de enxanetes porque no hay actividad y los enxanetes que había, que se han hecho mayores, habrá un vacío generacional y costará empezar otra vez. Costará volver a subir aquellos castillazos inmensos que se hacían.

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