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La Guerra Civil, sin tanta fecha ni nombre propio

Libro. Eladio Romero y Alberto de Frutos recorren treinta paisajes representativos del enfrentamiento, entre ellos el Ebre

JOSE OLIVA

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El Ebre desde las trincheras de Berrús. FOTO: © Archivo del Consorci Memorial  dels Espais de la Batalla de l’Ebre

El Ebre desde las trincheras de Berrús. FOTO: © Archivo del Consorci Memorial dels Espais de la Batalla de l’Ebre

30 paisajes de la Guerra Civil reinterpreta la contienda a partir de centenares de imágenes inéditas o rara vez vistas, explica Alberto de Frutos, coautor con Eladio Romero de un libro que intenta enseñar la historia «sin tanta fecha ni nombre propio».

Alberto de Frutos asegura que «si siguiéramos el ejemplo de Mary Beard con Roma, dejando de banda tanta fecha y nombre propio, los jóvenes se interesarían más por su pasado».

30 paisajes de la Guerra Civil (Larousse) ilustra con fotos y mapas actuales, testimonios de autores contemporáneos y abundante documentación algunos de los paisajes del enfrentamiento en los cuales se decidió el destino de España e incluso del continente, con nombres propios como Melilla (‘Hora cero’), Sevilla, Barcelona, Madrid, Lopera, Jarama, Guadalajara, Segovia, Brunete, Belchite, Lleida o el Ebre.

Los dos autores son conscientes de que se han escrito miles de libros sobre la Guerra Civil, por lo cual, a estas alturas, a los historiadores y divulgadores solo les hay que proponer, tal vez, un enfoque diferente, y de aquí surgió la «presentación poliédrica» que el historiador de la Universidad del País Vasco Carlos Tejerizo subraya en el prólogo.

«No es un libro sobre batallas, aunque no faltan; ni una colección de biografías, aunque hay; ni una retahíla de curiosidades, aunque se incluyen; ni una crónica de la España real, la intrahistoria, frente a la historia oficial de los partes de guerra, aunque está cuajado de calamidades humanas; ni un itinerario por estos decorados de piedra y sangre en los cuales tantos compatriotas (y voluntarios extranjeros) perdieron sus vidas, aunque una sección discurre sobre ellos», explica Frutos.

Fuerte de Milet, en Caseres. 
FOTO: © Archivo del Consorci Memorial dels Espais de la Batalla de l’Ebre

Para la elaboración del volumen, los dos autores, que no habían trabajado nunca juntos a pesar de sus intereses comunes por la geografía de la Guerra Civil española, consultaron archivos históricos y militares, centros de interpretación y documentación, bibliotecas especializadas, tesis doctorales, censos, hemerotecas y fototecas, tanto dentro como de fuera de España. Cuando concibieron la obra, se impusieron que «la voz de sus protagonistas se escuchara, es decir, se transfiriera nuestra visión y perspectiva de la guerra a quienes la sufrieron».

Así, surgieron las secciones ‘Testigo directo’, que reconstruye las circunstancias vitales de sus principales actores, y ‘Otras miradas’, que reúne diferentes textos, la mayoría contemporáneos en los hechos que se narran. Para el historiador, «hay un punto irrebatible: durante décadas, la generación que hizo la guerra guardó silencio, y cuando quiso hablar, en ocasiones, sus descendentes juzgaron que ya había pasado el tiempo de las ‘batallitas del abuelo’». Afortunadamente, continúa Frutos, «cada vez hay más textos, más memorias que arraigan en el papel, y en este libro hemos tenido la necesidad de recoger algunas».

30 paisajes de la Guerra Civil aúna la rigurosidad con la divulgación. «La alta divulgación», como la denomina Frutos, es necesaria para «contagiar la pasión por la historia». Enseñar la historia de otro modo es posible y Frutos piensa que «la historia de España es mejor que una novela de aventuras o que una tragedia de Shakespeare, pero, si se le da la forma de un ladrillo, entonces se levanta un muro que muchos jóvenes no se van a atrever a saltar».

Sobre el número de paisajes, Frutos aclara que treinta es una cifra justa para «abordar con suficiente profundidad todos los temas» y con menos «habrían quedado muchas historias al tintero».

La selección se justifica, según el coautor, por cuatro criterios: «diversidad geográfica; diversidad temporal; tipo de episodio, muy tratados por la bibliografía, como Teruel o el Ebre, pero también menos divulgados, como Lopera, Menorca o la Línea P -defensa de los Pirineos-; y, finalmente, por la propia naturaleza del enfrentamiento».

Los autores antepusieron aquellos paisajes en los cuales hubiera presencia de ambos bandos contendientes y las víctimas fueran, en su abrumadora mayoría, fuerzas movilizadas, no civiles. Por este motivo descartaran bombardeos anihilados como Guernika o episodios de represión, in situ o en retaguardia (Badajoz o Paracuellos, por ejemplo), paisajes que solo pueden ser, hoy, añade, «recuerdo de atrocidades y que, en definitiva, valdría conceptuar como ‘lugares de memoria’».

Ultimado en parte en época de confinamiento, el libro despertó en los autores una sensación extraña: «Nuestro trabajo tenía poco de escapista, explicábamos el mayor drama de España del siglo XX, mientras a nuestro país –y al resto del mundo–, se desarrollaba otro drama terrorífico, angustioso. Las postales de la Guerra Civil fueron de ruido y furia; las de la pandemia, de silencio y lágrimas».

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