La exposición japonesa de madrugada de Jordi Isern

Los seguidores incondicionales del paisajista de Alcover celebran una muestra en directo con el pintor, vía skype. Un encuentro «emotivo» y singular en tiempos de pandemia.

Gloria Aznar

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Captura de pantalla de la muestra virtual entre Alcover y Nagoya. Foto: cedida

Captura de pantalla de la muestra virtual entre Alcover y Nagoya. Foto: cedida

«De los lienzos que compran lo preguntan todo. Especialmente el lugar, dónde está ubicada la pintura, ya que manifiestan la intención de venir a visitarlo en un futuro. Pero también se interesan por las construcciones, tan diferentes de las suyas, por los campanarios, las estaciones del año o los colores que utilizo para cada momento del día. Y esta vez no ha sido diferente». El paisajista alcoverense Jordi Isern lleva casi una década exponiendo sus obras en diferentes ciudades japonesas, donde lo reciben con veneración y, bolígrafo en mano, a la caza de un autógrafo. Unos encuentros que, como todo, se han visto interrumpidos desde la irrupción de la Covid-19. Sin embargo, sus fans más incondicionales no se resignan a prescindir de sus obras. De tal modo que recientemente se ha organizado en el país nipón la última de sus muestras, a distancia, de la manera más fidedigna a como hubiera tenido lugar con su presencia.

«El encuentro fue emocionante y, al mismo tiempo, cómico, por la situación», explica Isern. Y es que entre las cuatro paredes de su estudio y vestido para la ocasión, el autor recibía, de madrugada y vía skype, a los organizadores de la exposición, así como a las autoridades y los visitantes, presentes del otro lado del mundo. «Se mantuvo la formalidad, igual que si hubiera estado allí», dice. La primera noche tuvo lugar la inauguración, con los medios y las autoridades, entre ellas el alcalde de Nagoya, «quien me hizo prometer que lo visitaría la próxima vez que viajara».

A partir de aquí, en noches sucesivas, entre breves espacios de duermevela en horas intempestivas debido a la diferencia horaria, Isern se conectaba para conversar con sus fans y compradores de su obra. «Cada vez que se vendía un cuadro me llamaban porque allí el protocolo marca que hay que hacerse una foto con las personas que la han adquirido», una instantánea que esta vez se solucionó con una imagen de Isern en una pantalla gigante, en directo, junto a la que se colocaban los visitantes japoneses. 

Los beneficios iban destinados a una escuela para niños pobres y víctimas de maltrato.

Como es tradicional, las conversaciones versaron sobre el artista y su obra. «Quieren conocer hasta el último detalle de la historia del lienzo, el motivo por el cual lo he plasmado», comenta Isern. En este sentido, señala que ha sido en esta muestra cuando se ha vendido su pintura más grande, que ya viajó hasta Japón en 2013 y que representa los campos de alforfón de Olot. «En la capital de la Garrotxa existe la montaña Gra de Fajol. Y es en el único lugar de Catalunya donde se planta este cereal. Se trata de una planta que en septiembre luce una flor blanca muy llamativa, que de un tiempo a esta parte la restauración utiliza para hacer pan, pasta y elaborar platos». Curiosamente, este trigo sarraceno existe en grandes cantidades en Japón, conocido como soba. «Prácticamente todos los fideos que consumen son soba, por lo que cuando les llevo pintados los campos de alforfón les apasiona». 

Contacto humano
Pese a todo, en un mundo globalizado como el actual, donde la tecnología ha salvado todas las distancias es justamente el calor humano lo que se encuentra a faltar. La relación con sus seguidores, las palabras de aliento, de agradecimiento o las emociones que cuesta captar a miles de kilómetros. En definitiva, el contacto personal. «Cada exposición tiene una parte benéfica, que este año iba destinada a ayudar en la construcción de una nueva escuela para niños sacados de la pobreza y el maltrato. Por ello, me ha sabido muy mal no poder pasar un día con ellos, pintando, como siempre hago. Ha sido la parte negativa».

Las pinturas de Jordi Isern son fruto de horas de sosiego, entre los parajes que le rodean. Una imagen grabada en la mente para después recuperar sus recuerdos en casa, entre pinceles y tonos. Paisajes de Alcover, pero también de Montblanc, donde tiene su galería; de Tenerife, territorio con el que tiene una vinculación especial o los Pirineos, a donde va a buscar el manto blanco de la nieve. Tiempo de contemplación y de trabajo en estudio, recompensado por la felicidad de sus devotos admiradores nipones. «Es todo un honor», reconoce el pintor.

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