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La oscura noche del alma desgarrada

'El antropoide' es la segunda novela del escritor tarraconense Fernando Parra

Ramón García Mateos

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La oscura noche del alma desgarrada

La oscura noche del alma desgarrada

Fernando Parra Nogueras (Tarragona, 1978), tras una larga trayectoria como crítico literario, articulista y bloguero, se dio a conocer en el ámbito de la creación literaria con una primera novela deliciosa, 'Persianas' (Funambulista, 2019), que narra el despertar a la vida –un descubrimiento que supondrá también la pérdida del paraíso de la infancia– de un niño de barrio en la Tarragona de finales de los ochenta, con el atentado de ETA en las instalaciones de Enpetrol como telón de fondo. Una novela primorosamente escrita que refiere una historia de aprendizaje, con una subtrama cercana a los relatos de intriga, y que reivindica la vida y, por lo tanto, a las gentes de los barrios periféricos que crecieron con el aliento de las migraciones en la década de los sesenta. Ahora, apenas dos años después, aparece en los escaparates de las librerías un segundo relato, en esta ocasión de la mano de la prestigiosa Editorial Candaya, con el título de 'El antropoide' que supone, estoy absolutamente convencido de ello, la consagración definitiva de Fernando Parra como novelista. Mas nadie espere encontrar aquí la huella de Persianas, la claridad de aquel universo literario contemplado desde la mirada limpia de un niño, no, nada tiene que ver con aquello, al contrario, es como si el autor hubiera querido alejarse conscientemente de la orilla luminosa para adentrarse en los terrenos pantanosos de las pasiones ciegas, en la ciénaga de las pulsiones oscuras e inconfesables. Si Persianas era una libro complaciente para el lector, 'El antropoide' es una novela inquietante y perturbadora que nos obliga a mirar hacia lo más profundo de su protagonista, y por ende de nosotros mismos, hacia el lado oscuro que se oculta tras nuestra apariencia convencional: no son gratuitas las alusiones a El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, la obra de Robert Louis Stevenson, que jalonan la novela.

'El antropoide' narra la historia de Eduardo, un crápula al que su familia, los dueños de una de las más importantes editoriales del país, destierra a una ciudad de provincias donde realizará tareas menores, casi insignificantes, en el periódico local que dirige su tío, el hermano de su padre. Este alejamiento forzoso de su entorno, que busca, por un lado, distanciarlo de unos amores inconvenientes, y, por otro, reconducirlo al buen camino de la mentalidad burguesa, se convertirá sin embargo en el detonante de un proceso de destrucción interior cuando se enfrenten instinto y conciencia, cuando aflore el antropoide que todos llevamos dentro y no sea capaz de controlarlo con los grilletes de la moral y la sensatez. Todo contribuye a ello: en el periódico halla un ambiente abiertamente hostil (el sobrino del director que ni siquiera es periodista sino un filólogo cualquiera, un enchufado, vamos) y fuera de la redacción no encuentra, ni siquiera lo busca, asidero alguno que enderece el rumbo de su existencia. Solo la literatura, por la que Eduardo siente una pasión sin límites, y el sueño evanescente de un amor quimérico podrían ser sus tablas de náufrago, pero tampoco impedirán que caiga en el abismo de los deseos desbocados que, tamizados por el sentimiento de culpa, le harán un ser desdichado y tumultuoso.

El personaje de Eduardo es complejo. En una primera lectura podríamos calificarlo como un auténtico cretino. Un niño rico, que no ha trabajado –lo que se dice arrimar el hombro– en su vida, calavera, caprichoso, sometido sin embargo a la voluntad familiar, irreverente y con una vertiente libertina que, en lugar de convertirla en camino hacia el placer, se transforma, por mor del tan religioso sentido de culpa, en motor de su frustración y su dolor. Pero solo es la lectura superficial porque después, aunque nada de lo anteriormente dicho deje de ser verdad, entramos en la construcción interior que nuestro personaje hace del mundo, en la que se amalgaman las vivencias personales, las referencias literarias, las emociones negadas, las contradicciones entre el instinto y la razón, entre la naturaleza y el arte, y vamos reuniendo todas estas piezas y obtenemos un dibujo claramente distinto: en el fondo nos interesa menos Eduardo que lo que Eduardo piensa y, sobre todo, cómo asienta y articula ese pensamiento. A su través contemplamos una realidad que se nos presenta desnuda, libre del velo protector de los biempensantes: la depravación, la venganza, la enfermedad, el deterioro físico, la vejez y la destrucción no solo del cuerpo sino también de la memoria y la palabra y con ella del pensamiento... Todo lo que sucede en 'El antropoide' se tamiza en el crisol de su mirada. Junto a Eduardo caminan Cloe y Paulino, los dos secundarios principales, ella es el sueño del amor redentor (a la manera de los poetas del primer renacimiento: la mujer como intermediaria entre el hombre y Dios, es decir, el  camino de salvación del amor puro, el buen amor, frente al amor fou, el mal amor) y él es el único compañero del periódico (un gacetillero especializado en temas singulares y excéntricos que vive con su padre centenario y enfermo) con quien traba una relación similar a la amistad. El resto son personajes adyacentes, nebulosos, incluso aquellos que llegan a tener un papel importante en el desarrollo de los acontecimientos que entretejen la trama novelística, a los que intuimos más que reconocemos; no obstante hay un ramillete de figuras, de esas que en el mundo cinematográfico denominaríamos de reparto, que alcanzan una altura literaria excepcional, así Hanako, la prostituta japonesa; Virginia, la hermana de Eduardo; o Guadalupe Hincapié, la joven colombiana que recoge conchas y limpia la playa de suciedad.

'El antropoide' está escrito en tercera persona, aunque el narrador tiende a mimetizarse con el protagonista (en el último capítulo descubrimos el porqué), y en una prosa exquisitamente cuidada, como ya ocurría en Persianas, a la que incorpora, en algunos momentos, un cierto distanciamiento irónico. Una prosa ondulante, lírica, con descripciones detalladas que algún crítico denomina azorinianas o vincula a Gabriel Miró. Hay un manejo preciso del lenguaje, acomodándolo a las situaciones y circunstancias que en él se reflejan, de forma que son las palabras, y no las acciones ni los gestos, las que configuran el mundo. Decía el añorado profesor Ramón Oteo que hay escritores de página, en los que un párrafo o un capítulo dan la medida exacta de su valía, sin duda ninguna ese es el caso de Fernando Parra: hay secuencias magistrales que justifican el libro entero, por su belleza evocadora, por su precisión lingüística, por su hondura literaria.

Y es que 'El antropoide' está empapado de literatura, tanto que podríamos hablar incluso de una novela metaliteraria, ya desde la misma estructura: se abre con una extensa cita de Mortal y rosa, la obra maestra de Francisco Umbral –uno de los prosistas más brillantes del pasado siglo–, que justifica el título del libro, y se cierra con un poema de Eloy Sánchez Rosillo que es una reflexión sobre la identidad personal; en el conjunto del texto las alusiones literarias son inacabables, algunas explícitas –como el caso ya citado de Stevenson, referencias a El Quijote y la poesía clásica, a Federico García Lorca...– y otras más sutiles, como el de Liliana, la cuidadora colombiana del padre de Paulino, que comparte nombre y nacionalidad con la mujer que atiende al padre de Esteban, protagonista de En la orilla de Rafael Chirbes. Guiños al lector y homenaje a la literatura, una pasión vital que comparten autor –la pasión de Fernando por la palabra no necesita argumentación alguna– y personaje, quien sitúa en el horizonte de su esperanza de salvación la escritura de una novela: la novela dentro de la novela, la literatura dentro de la literatura.

No puedo menos que invitarles a la lectura de 'El antropoide'. Pero aviso, no se trata de un relato benigno y obsequioso, no crean que van a salir indemnes ni satisfechos. Los grandes libros, y este lo es, son cauterio para el alma, nos hieren al tiempo que acarician nuestro corazón.

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