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Los placeres de las mujeres

Amistades que sobreviven a pandemias y atentados

Marc Caellas

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La escritora nacida en Canadá y residente en Inglaterra Rachel Cusk pone su divorcio en el centro del relato de ‘Despojos’. Foto: Vimeo

La escritora nacida en Canadá y residente en Inglaterra Rachel Cusk pone su divorcio en el centro del relato de ‘Despojos’. Foto: Vimeo

Hay algo perturbador en la lectura de ciertos libros escritos por mujeres. Hay una manera de narrar las rupturas amorosas que ilumina y asusta al mismo tiempo. Hay una belleza soterrada en la violencia que se describe. Hay un enfrentamiento. Hay buena literatura. 

“Un hombre feminista es un poco como un vegetariano: lo que defiende es el principio humanitario, supongo”, escribe Rachel Cusk en Despojos (Libros del Asteroide, 2020). Estamos ante un libro de autoficción, sí, ese género que no se agota, especialmente en manos de estilistas del lenguaje como Cusk, y porque todo es auto ficción de alguna manera, y porque la buena auto ficción refleja la vida de los otros, que es la nuestra. 

Cusk se da cuenta que dejó de ser la protagonista de la obra de su vida para convertirse en una espectadora, en una observadora. “Observar no es sentir: de hecho, es ponerse a merced del sentimiento, como la pálida piel del niño expuesta al aire frío a media noche”. La narradora siempre creyó que la única manera de conocer algo era experimentarlo, que el conocimiento profundo era personal. “Ahora imagino un conocimiento distinto, un conocimiento sin exposición, sin riesgo; el conocimiento del voyeur, que observa y juzga a escondidas”. La narradora siempre admiró a una pareja de amigos que cocina juntos en una aparente felicidad, pero ahora esa admiración se convirtió “en una especie de voyeurismo, en la percepción fragmentada del vagabundo que merodea alrededor de las ventanas iluminadas”. 

La estrategia de Cusk es justamente ésa, situarse fuera de sí misma, verse desde la barrera o a través de los ojos ajenos, tratar de entenderse viendo las reacciones de los demás ante su nueva vida, como en el desgarrador capítulo final en el que narra el final de un matrimonio desde los ojos de la sirvienta, una extranjera que toma las riendas de una casa que se desmorona.
El cristianismo es, a juicio de Cusk, el otro responsable del fracaso que supone una separación. La sagrada familia cristiana es un fraude institucional, una mentira. Nos iría mejor si hiciéramos más caso a los clásicos griegos, a su honradez, a su violencia emocional y a su desacato a los tabúes. 

La dramaturga y escritora María Folguera publica la novela ‘Hermana. (Placer)’.

Las herramientas de María Folguera para conocerse son teatrales. Folguera cree en la representación, en la manera cómo se nos presentan las escritoras. Folguera sabe de la importancia de saber colocar bien el foco de luz, de iluminar unas zonas y no otras para explicar las vidas de las escritoras. Su narradora afirma que “nunca he sido libre, y siempre me ha importado más dar buena impresión que ser original”. En Hermana. (Placer), publicado por Alianza Editorial, Folguera narra el proyecto de una Enciclopedia de los buenos ratos de las escritoras. Cansada de que se explique la vida de sus autoras de referencia mediante sus desgracias o sufrimientos, Folguera se centra en los momentos en que lo pasaron bien, en tratar de concretar ese hedonismo o ese algo que las llevaba a la felicidad temporal. 

Por el libro desfilan los placeres de Carmen Laforet, Elena Fortún o Carmen Martín Gaite, autoras leídas y llevadas al escenario por la directora María Folguera, que rechaza elegir entre una y otra disciplina, ¡no hay necesidad!, y va tejiendo una obra que se nutre de ambos mundos, la literatura y el teatro. En paralelo, el libro narra la historia de una amistad entre dos artistas, la propia Folguera y una cantante y actriz, reconocible para los cercanos, con la que ha ido haciendo camino entre los pasadizos no siempre agradables de la creación contemporánea. Se nota la admiración de una amiga más centrada en cumplir con obligaciones y tareas laborales o domésticas versus la otra centrada en satisfacer sus múltiples deseos. Dicha amistad se pone a prueba durante los primeros meses de la pandemia, cuando la amiga se instala temporalmente en el hogar de la narradora. El libro se convierte entonces en un reflejo de una pandemia que sacó lo mejor y lo peor de nosotros, capaz de despertar el sentimiento del cuidado pero también de echar por la borda, por miedo o desinformación, relaciones construidas durante años. Algo se resquebraja y Folguera trata de recomponerlo con palabras, con cariño, con poesía, consciente que “las relaciones, como las creencias, se anquilosan porque no se renuevan: ahí está el error”. 

Las relaciones que se establecen en Soñó con la chica que robaba un caballo, la nueva novela de Sabina Urraca, no son nada complacientes, tóxicas incluso. Ambientada en las horas posteriores al atentado del 11-M, los protagonistas son veinteañeros llegados a Madrid con la coartada estudiantil para justificar el tiempo que necesitan para hacerse adultos. Los temas de Belle and Sebastian que sonaron esa noche del atentado en la Sala Aqualung de Madrid marcan el ritmo de este primer ejemplar de una nueva colección de Episodios Nacionales, que ha colocado en las librerías la editorial Lengua de Trapo. Se trata de contar momentos clave de la historia española reciente a través de los ojos de personajes de ficción. El momento histórico como escenario del colapso personal de unos personajes atrapados en un contexto que es más fuerte que ellos. 

“Pocas horas después de saber la noticia, mientras observaba a los amigos de Juampe, o Juanlu o Josecarlos abrazarse entre lágrimas, se había imaginado por un momento caminando sola entre los cuerpos destrozados, sabiendo, drogadicta de la oscura esperanza adolescente, que la persona o las personas destinadas a ser sus amigas, las que la iban a salvar de su amiga chiflada y de sí misma, iban en aquellos trenes”. 

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